domingo, 31 de marzo de 2013

LOS OTROS SUYOS Y LOS OTROS NUESTROS



¿Por qué mis amigos piensan que me gusta la soledad?. Es muy sencillo: lo piensan porque me conocen: es que realmente me gusta, me encuentro bien en ella. Pero esto podría tal vez no haber sido así. Aislarme representa la solución a tres problemas.
El primer problema es que no deseo compartir la vida con quienes explotan a los demás. Me resulta agrio, incómodo, desagradable, intercambiar palabras -que expresan desvaídamente nuestras emociones- con esos seres que viven del sudor ajeno. Eso incluye a los emprendedores, tan bien vistos en la actualidad, a los ángeles de las Startups, a los grandes banqueros, a toda esa parte de nuestra especie que dispone de capital suficiente como para apropiarse de la fuerza de trabajo ajena.
El segundo problema es que tampoco deseo compartir la vida con los capataces de los capitalistas. Esos sumisos ayudantes que reparten látigo -a veces perfumado- a los demás, para servir mejor al amo. ¿Diré que los directores de oficinas bancarias y los brokers, los prestamistas, son algunos de ellos?  El mundo está lleno de estos rectores, que creen que no pertenecen al mismo proletariado al que pertenecemos todos nosotros. Algunos hasta aspiran a tener eso que llaman clase, elegancia, compostura. Salvo de 8 a 3 (casi siempre más), horario en el que viven sin escrúpulos.
El tercer problema es que tampoco deseo compartir la vida con aquellos de entre mis compañeros a quienes los dos primeros problemas han conseguido alienar. Copio del DRAE: “Alienación: Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.” La alienación es lo que permite que tantos caigan en las garras de los amos y de sus sicarios.
Si eliminamos a los tres grupos, quedan cuatro gatos. Por eso nunca me ha importado que esos cuatro gatos estén vivos o muertos. Si están vivos, disfruto enormemente con ellos. Si están muertos, también: son literatura.
Hay quien piensa que la soledad es un infierno. Evocando las palabras de Sartre: “el infierno son los otros”. Los otros suyos, no los otros nuestros. Por los otros suyos también siento compasión, pero desde una inevitable -para mí- distancia.
Ah... y no; no estoy libre de pecado.