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miércoles, 24 de marzo de 2010

STENDHAL, OTRA VEZ


Leer y viajar son dos actividades que responden a una misma afición; en los dos casos, los libros y las ciudades son paisajes donde podemos dar cauce a nuestras emociones. Creo que no es relevante que tales paisajes pertenezcan a dos ámbitos distintos: para el verdadero viajero, así como para elverdadero lector, no hay más recorridos que los que puedan ser hollados por el espíritu. Y siendo el espíritu quien transita por las páginas y los campos, poco importa que se le exija  un esfuerzo físico mayor o menor. Quede para otro momento la discusión de si la pintura y, sobre todo, la música, pueden incorporarse a esta forma de interpretar el arte.
Ciñámonos a la lectura y a los viajes. En ambos mundos es preciso dedicar muchos años de gozos y de contrariedades para poder llegar a gustarlos del modo en que son más placenteros. Este modo, o esta manera, es la que consiste no en leer, sino en releer y no en viajar para descubrir algo nuevo, sino en viajar para recobrar algo ya visto.
¡Qué encanto tienen las ciudades que, siendo extrañas, hemos visitado muchas veces! En ellas podemos vivir -por no ser la nuestra- una vida paralela, entre paréntesis, de modo que, en cada visita, asociamos unos paréntesis con otros y damos cauce a una nueva vida. Esa nueva vida nos pertenece tanto como la que sentimos de ordinario, pero qué emocinante es, qué bella. En esa vida se impone casi siempre la fugacidad. Y lo que no vemos en nuestro lugar de residencia habitual, la ciudad extraña que amamos nos lo muestra con lucidez y a saltos: nos muestra que nos estamos deshaciendo en el tiempo. Habíamos conseguido engañarnos, ayudados por la continuidad diaria de nuestra experiencias, y ahora lo vemos claramente. Cerramos el paréntesis.
Del mismo modo que los lugares una y otra vez visitados, las relecturas nos entregan un aroma a veces un poco alcanforado; alcanfor que trata de salvar de la polilla  a nuestro propio corazón. Para llegar a la relectura ha sido preciso transitar por muchas páginas absurdas o ligeras, caminos intelectuales de los que nos despedimos para siempre en la primera visita. Pero, después de la selección que impone ese recorrido, al llegar a las relecturas, qué nostalgias tan consoladoras descubrimos, qué compañías tan queridas recuperamos, qué amistades tan relevantes tratamos otra vez.
Releamos a Stendhal. Abrimos los Paseos por Roma. ¡Qué amigo tan ingenioso y tan sincero es Stendhal! ¡Qué acompañada se siente con él el alma, acostumbrada a luchar cada día contra las rigideces y los prejuicios! A luchar, no porque nos moleste que nuestros compañeros los tengan, sino porque tememos ser devorados por ellos al avanzar en la edad. Stendhal: qué ligero, qué fresco, qué desenfadado, qué natural, qué alegre, qué buen amigo.
Releemos a Stendhal e inmediatamente nos sentimos llenos de compañía y de libertad. Y no podemos por menos que asombrarnos al ver cómo en él van intrínsecamente unidas estas dos palabras: compañía y libertad. Mirad: Stendhal comienza ahora a pasear por Roma. Van con él otras siete personas que tienen las mismas intenciones. Ante todo, Stendhal nos previene por si nos ponemos en disposición de imitarlo. Dice así: "Imaginad dos viajeros bien educados corriendo el mundo juntos; cada uno de ellos se complace en sacrificar al otro sus pequeños planes de cada día y al final del viaje resulta que se han importunado constantemente". Estamos releyendo a Stendhal. Y lo que habíamos pensado que se refería al modo de hacer turismo, lo interpretamos ahora como un consejo que se da al matrimonio convencional. Las palabras son las mismas que las de hace diez años, veinte años. Sin embargo, en la relectura, nosotros las hemos sentido de un modo muy diferente. Pero veamos cómo sigue escribiendo Stendhal. Dice así:
"Cuando los viajeros son varios, si quieren ver una ciudad, pueden convenir la una de la mañana para salir juntos. No se espera a nadie; se supone que los ausentes tienen razones para salir esa mañana solos.
"En el camino se conviene que el que pone un alfiler en el cuello de su levita se hace invisible, y ya no se le habla. En fin, cada uno de nosotros podrá, sin faltar a la cortesía, pasear solo por Italia e incluso volverse a Francia: esta es nuestra constitución [...]. Por medio de esta constitución esperamos que nos querremos al volver de Italia lo mismo que al ir."
Qué agradable y qué sagaz nos resulta la voz de Stendhal. Parece que estas recomendaciones escritas el 15 de agosto de 1827 son difíciles de aceptar hoy en día. Me aventuro a pensar que si se las sugiriéramos a un grupo de compañeros de nuestro tiempo, tal vez pocos creerían que la intención es esa: "Que nos queramos al volver de Italia...". Italia puede ser una pequeña salida, pero también una vida entera. Y es que, ayer como hoy, es difícil resignarse a la falta de libertad propia y tal vez también difícil respetar la libertad ajena.
Terminamos con otras dos breves citas. Mirad cómo se describe a una mujer con unas pocas palabras: "Hay otros dos viajeros de una clase de inteligencia bastante seria, y tres mujeres, una de las cuales comprende la música de Mozart". ¿No quisiérais conocer a esa mujer que "comprende la música de Mozart"? En cinco palabras, Stendhal ha conseguido despertar en nosotros el deseo de poder hablar con esa mujer, mirando previamente, eso sí, si lleva puesto un alfiler en el cuello de su levita.
Finalizamos. "Yo diría a los viajeros: -sigue hablando Stendhal- Al llegar a Roma, no os dejéis envenenar por ninguna opinión; no compréis ningún libro: demasiado pronto la época de la curiosidad y la ciencia reemplazará a la de las emociones."
Supongo que seguir hoy en día este último consejo de Stendhal será ya para casi todos imposible. La época de las emociones pasó hace mucho; Recordemos el párrafo de Kandinski que ya citamos una vez, en el que describe el absurdo de tantos visitantes de museos: "Libro en mano, la gente se pasea de pared en pared volviendo páginas, leyendo nombres. Y luego marchan, ni más ricos ni más pobres, y vuelven a sus quehaceres, que no tienen nada que ver con el arte. ¿A qué vinieron?".  
Adiós, Stendhal. Esperamos seguir compartiendo tus palabras algún día.
(Publicado en la revista Pasos, 1994)

viernes, 7 de agosto de 2009

MIRADAS


I
Alguien observa que las mismas personas que no soportarían ver sufrir a su perrito o a su gatito devoran sin duelo varios cerdos y terneras al año. Dice también que esto es consecuencia de su falta de vista. Miremos: trescientas terneras en la pubertad se encuentran en un campo para refugiadas en un país de oriente próximo. La cámara se desliza por sus ojos y retrata su desamparo, su miedo, su condición infantil y femenina. Llegan unos bárbaros con alfanjes e inician el degüello generalizado. Gritos, gemidos, sangre, estertores. No es una broma: es cuestión de mirar. Si miráramos lo suficientemente cerca, sería tan difícil ingerir una ternerita como a nuestro perro. No más, pero no menos.
Alguien observa también que valoramos con afecto a nuestros hijos gracias a que los miramos, y que no amamos a los hijos de los demás de igual modo por falta de vista. Se supone que es casi imposible hacer daño a alguien de quien hemos contemplado el primer puchero. Imposible, lleve nuestra sangre o no. Pero ocurre que sólo miramos sesgadamente y, por una extraña forma de educación, apartamos los ojos de los pucheros de quienes no son de nuestra familia. Eso nos permite el asesinato.
Son modos de mirar, con nuestro condicionamiento o sin él, como individuos o como simples seres humanos. Si miráramos, veríamos que las abstracciones clasificatorias que hacemos, en la realidad no existen. Nuestro cerebro utiliza tontamente varios diafragmas. El más cercano y fino sólo para mirarnos a nosotros mismos. El siguiente diafragma para mirar a nuestra familia. El siguiente, a nuestro grupo de amigos. El siguiente, a nuestro barrio, y así utilizamos otros para nuestra ciudad, para nuestra provincia, para lo que llamamos nación, continente, planeta. Es el uso de esos diafragmas lo que nos permite cerrar las fronteras. Es el uso de esos diafragmas lo que nos hace pensar que la tierra, cualquier tierra, es nuestra. Si miráramos, veríamos que la tierra es común y que no hay parcelas que sean de un hombre más que de los otros hombres.
Raza, nación, clase, estilo, swing; diafragmas, filtros de Bausch & Lomb, made in Hong-Kong, que nos permiten difuminar la realidad y establecer que en una región cualquiera de España pueden entrar 1727 inmigrantes por año, cuando basta mirar para ver que hay cinco o seis mil millones de personas que tienen derecho a vivir allí.
Estos filtros nos permiten no mirar, a costa de nuestra desgracia.

II

Nuestro ser es percibir. Es decir, es un ser cambiante como un espejo. Si el espejo no deja de reflejar sus antiguas visiones la imagen se empaña. Si se educa al espejo para que piense que es una lente, comienza a provocar reacciones químicas en el azogue, que se va degradando mientras intenta grabar un pálido recuerdo de lo que pasó. Después de unos años de grabación la mezcla de las imágenes se confunde con sabiduría y empezamos a emitir opiniones, a elaborar juicios, a valorar. Los espejos se distinguen unos de otros en lo que reflejan, y se aman naturalmente. Pero los espejos con grabaciones las comparan con otras y, al mismo tiempo que dejan de ver, dejan de amar. Comparar grabaciones es comparar futuro material velado, es decir, nuestro yo.
Elegimos escribir con tinta negra y necesitamos saber nombrarla en la papelería. Como la tinta es una obra humana, su representación mental puede abarcar su significado. Pero las obras de la naturaleza son infinitas para nosotros y asimilarlas a un concepto, nombrarlas, es reducirlas a nuestras limitaciones. Decimos: negro, gitano, murciano, moro. Y reducimos la maravilla y el deslumbramiento a una imagen breve que nos impide mirar. Otro diafragma que de nuevo nos permite el asesinato.
Envejecer es nombrar la naturaleza y cuanto más nombramos más reducimos la vida y más envejecemos. Con todo ya sustantivado, los filtros se superponen unos con otros, el espejo se llena y no refleja más. Bienvenidos el cristasol y el borrador de tiza que sólo pueden rejuvenecernos y que nos permiten mirar de nuevo. Y mirar, es seguro, produce amor y el amor, es seguro, convierte la vida en maravilla.
Según dijo mi amigo Eugenio Martínez Pastor con inteligencia y emoción, diez mil personas mueren de hambre en este momento. Hay tres palabras que son la peor respuesta posible a su informe: Ya lo sé.
(Publicado en la revista Agua, agosto de 1998)

jueves, 3 de abril de 2008

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


A Joselu, que es profesor y amigo y enseña a sus alumnos la maravilla; no como los otros "catedráticos" a que se refiere este artículo.

Pretendo escribir en las siguientes entradas un resumen de los sucesos que dieron lugar, a finales del año 1953, a la ruptura de Orígenes. A mi juicio, esa ruptura es una explicación capital del devenir de la literatura en lengua española. Como Saulo de Tarso, creo haber visto la luz. A la inversa de Saulo, siempre he barruntado la realidad de la cuestión, lo que me ha evitado perder mucho tiempo leyendo mala poesía y malos poetas.
Como primera introducción a mi afán, voy a publicar aquí, hoy, un artículo que me editó la revista Agua en el año 1994, en el ejemplar del mes de junio. Tengo que decir que tal revista fue una aventura literaria que vivimos en su día diez amigos, financiándola nosotros mismos para ser libres. Se editaban unos quinientos ejemplares; doscientos cincuenta de ellos se enviaban por correo a distintas universidades del mundo; los otros doscientos cincuenta se dejaban, de veinte en veinte, sobre el mostrador de un bar donde se reunía el "consejo de redacción" en aquellos tiempos, para que quien quisiera se la llevara a su casa. Tenía en su cabecera un lema, que nunca se cambió: "Aunque en el agua mueras, canción, no has de quejarte". Se imprimía con buen papel, buenas prensas y una edición cuidada. Duró doce o catorce años.
En cuanto al artículo sobre Juan Ramón, es largo y tal vez el tiempo ya ha empezado a desgastarlo. Jorge Guillén está mucho más olvidado que entonces, como tal vez le corresponde. También advierto que ahora habría intentado yo ser menos directo y más comprensivo con algunas situaciones, señal de que voy envejeciendo también. Aquí va, tal como se publicó:

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Por alguna razón escondida, el libro de Rafael Alberti "Marinero en Tierra" comienza con una carta-prólogo de un tal Juan Ramón Jiménez. Hay quien opina que ese señor Jiménez es un seudónimo del propio Rafael Alberti; hay quien dice que bajo tal nombre se esconde la figura de una amante del autor, contemporánea de María Teresa León, a quien Alberti añora todavía. Por último, se sabe que un grupo de profesores universitarios sostiene que el bondadoso Alberti quiere con ello mantener en el recuerdo, aún en nuestros días, a un oscuro escritorzuelo exiliado, anterior a la guerra civil, tal vez español o hispanoamericano.
¿Están en lo cierto los profesores universitarios? Si pensamos en las características generales de estos profesores, podemos dudarlo. Los profesores no suelen seguir el consejo de Matisse, o más bien, por definición, no lo han seguido. Matisse decía: "Si fuera un pintor joven me buscaría un trabajo con sueldo fijo y sería independiente y podría pintar lo que me diese la gana. Eso no perjudicaría a mi arte. Lo que me haría daño sería verme obligado a pintar postales, cursilerías. Trabajar en un banco o cargar ladrillos me parece bien". Los profesores deben, en primer lugar, enfrentarse a una oposición y a unos estudios convencionales para serlo; eso implica aceptar multitud de juicios de valor ajenos en materia de belleza y de gusto, ya que a menudo es necesario opinar de lo que no se ha podido leer. La literatura crítica española está repleta de malentendidos que se repiten con las mismas palabras a través de los siglos; una vez que se ha adquirido autoridad -y hay que hacer muchas concesiones y sacrificios para lograrlo- no es posible aducir ignorancia para no emitir una opinión. Así pues, los profesores, críticos por oficio y no por afición, resignados a repetir diriamente las opiniones que no han podido contrastar, con frecuencia se equivocan. Las historias de la literatura más ajustadas a la realidad son las de los aficionados, que pueden permitirse el pasar de largo por un siglo o por un autor mediante la breve confesión de que tal siglo o tal autor no es de su interés. No es posible imaginar a Azorín catedrático.
Es tal vez ésta la razón por la que la crítica se equivoca en la valoración de los autores de poesía española de este siglo [el siglo XX]. Causa una gran tristeza contemplar cómo se confunde a los estudiantes con la valoración que se les exige aprender acerca de nuestros poetas. Esta valoración habitual sustenta que los autores de la generación de la dictadura -que ellos disfrazan aludiendo al año 27, por ver si con esa cifra abstracta olvidamos quién gobernaba el país desde el año 23, año en que tales poetas comenzaron verdaderamente a florecer- son los instauradores de un nuevo Siglo de Oro; establecen como pilares básicos del grupo a Federico García como poeta para los profanos y a Jorge Guillén como poeta para entendidos; por fin, dejando de lado la gran maraña de consideraciones eruditas y valoraciones críticas con que adornan sus juicios, relegan a Juan Ramón Jiménez hasta un escalón ínfimo del siglo, apoyándose sobre todo en ciertas cualidades de rareza de carácter y de excentricidad de conducta que han inventado.
No sé a quién se debe el origen de la maledicencia imperante en el ámbito universitario acerca de Juan Ramón; intuyo que algo de culpa puede atribuirse a Luis Cernuda, que aduló tanto a Jiménez mientras Jiménez vivió y que con motivo de su muerte escribió de él palabras tan terribles. Para quien esté interesado en la verdad, diré que a mí me basta para juzgar la relación Cernuda-Juan Ramón con sentir la envidia destilar de los escritos de Cernuda y la bondad de las cartas de Juan Ramón. A quien busque razones más objetivas, le remito al artículo que Cernuda publica a la muerte de Juan Ramón y que titula aludiendo expresamente a Jiménez-Jeckyll-Hide, alusión que posteriormente elimina de sus obras completas pero que queda íntegra en el contenido del artículo. Sea quien sea el que da comienzo a los malentendidos sobre Juan Ramón -en resumen, la envidia, sin acepción de personas-, vamos a tratar de apuntar, en los párrafos que siguen, la que podría ser la razón objetiva de estos errores. Si la causa que voy a exponer es acertada ello implica que el destino es el único responsable de esta equivocada valoración, que, por tanto, probablemente se seguirá perpetuando, al menos hasta que la etimología profesor-prostitutor no cambie.
Para que nuestro análisis pueda ofrecer un contraste mayor, enfocaremos la polémica en los dos opuestos, es decir, Juan Ramón como el odiado de los profesores y Jorge Guillén como su preferido; para empezar exponiendo nuestro principal argumento, es preciso aludir a alguna de las opiniones de Azorín acerca de la poesía clara y de la poesía oscura.
Dice así Azorín: "¿Versos claros? ¿Versos oscuros? Todo el mundo escribe versos claros, y nada hay más raro que unos versos claros que sean bellos. Pocos son los que escriben versos oscuros, vulgares. (...) Lo cierto es que ser oscuro en poesía es cosa que está al alcance de cualquiera. Si el poeta que escribe versos es persona prestigiosa, los versos serán buenos. En la región de la poesía enigmática, todo depende del prestigio personal del poeta. Son buenos los versos si el poeta tiene prestigio; son malos si el poeta no es más que un hombre mediocre. Todo es cuestión de autoridad en esta materia. Todo lo fiamos en lo que nos digan los hombres que gozan de respetabilidad. ¡Cuántas cosas se ven en los poetas lóbregos! Se ven después que las han visto escritores renombrados. Se ven cuando nos han dicho que, en efecto, allí en los enigmáticos versos, existe lo que dicen que existe".
Sigue diciendo Azorín: "Escribe mucha gente versos claros; los escriben los poetas que no se deciden a escribirlos lóbregos. Escribir versos claros y que tengan un contenido de sustancia poética es algo más arduo que hacer lo contrario. En un verso claro, ¿qué es lo que podemos ver? Las palabras allí están en su recto significado; no hemos construído la frase laberínticamente. Se dice lo que se dice y nada más. ¿Cómo podremos encandilar al lector?".
¿Vais viendo por dónde va nuestra explicación? ¿Veis que, como corolario de todo lo expuesto se comprende que es mucho más fácil también comentar versos oscuros que versos claros? Para comentar versos claros es preciso indefectiblemente comprenderlos. Es necesario, además, ser capaz de captar el núcleo poético de los versos. ¿Y cómo exponer con palabras sencillas ese núcleo que tan pocos poetas saben expresar? ¿No será preciso ser un poco poeta para poder explicar algo de poesía? En cambio, explicando versos oscuros, todo es fácil. La explicación de los versos oscuros se sustenta en la autoridad del que los explica. Y de tal autoridad -ya que no de la sensibilidad necesaria- no cabe duda de que disponen los profesores, que pueden aprobar o suspender a su antojo. Y así los profesores van perpetuando sus valores castrados y obligando a los adolescentes a que se los aprendan de memoria, porque no hay otro modo, más que abusar de la memoria, de repetir los disparates que se enseñan.
¿Parece a los profesores parcial la opinión de Azorín?¿Puede ser fruto esta opinión de la envidia hacia Jorge Guillén de los seguidores de Juan Ramón? Escuchad a Han Fei, otro envidioso de Jorge Guillén, muerto en el 234 a.C.:
"-¿Qué son los temas más difíciles de pintar?
-Perros y caballos.
-¿Y los más fáciles?
-Los fantasmas. Los perros y los caballos los conocemos porque los vemos todos los días y es difícil pintarlos de forma que parezcan verdaderos. Pero nadie ha visto a un fantasma y pintarlo resulta facilísimo. Un monstruo nunca está mal pintado".
Cuando un verso de un buen poeta nos parece oscuro es por falta de conexión cultural con su ambiente. No hay verso oscuro en Góngora, sino ignorancia del lector acerca de la cultura clásica. Escuchemos a Juan Ramón Jiménez:

El horizonte es tu cuerpo.
El horizonte es mi alma.
Llego a tu fin: más arena.
Llegas a mi fin: más agua.

También Juan Ramón ha sido acusado de oscuridad por los profesores; es evidente que toda la poesía es oscura para quien no la comprende. Aún a quien comprende los versos de Juan Ramón le resulta difícil comentarlos, y del todo imposible elaborar un laberinto de exégesis que dé de comer a quien lo redacta. Son versos que se comprenden o no; más aún, que emocionan o no, aunque no se llegue a su comprensión abstracta cabal, aunque esta comprensión no pueda expresarse con palabras. Escuchemos a Juan Ramón:

Tu cuerpo: celos del cielo.
Mi alma: celos del mar.
(Piensa mi alma otro cielo.
Tu cuerpo sueña otro mar.)

Si quisiéramos hablar sobre el significado de estos versos nos resultaría harto difícil, porque su significado excede su contenido, que no es lo más importante. Lo más importante son sus emociones remotas, que nacen de lo hondo de nuestro ser. ¿Cómo explicar lo que sentimos al ser traspasados por la lluvia o por el fuego? O somos capaces de hacerlo como Juan Ramón o debemos callar. Veamos ahora algunos versos de Guillén, extraídos de su libro fundamental, Cántico [nota actual: y el colmo es que estos versos son los ampliamente corregidos de las últimas ediciones de Cántico; en Orígenes he encontrado de qué calaña eran cuando nacieron]:

PASMO DEL AMANTE
¡Hacia ti que, necesaria,
Aún eres bella! (Blancura,
Si real, más imaginaria,
Que ante los ojos perdura
Luego de escondida por
El tacto.) Contacto. ¡Horror!
Esta plenitud ignora,
Anónima, a la belleza.
¿En ti? ¿En quien? (Pero empieza
El sueño que rememora.)

¿no seríais capaces de escribir un libro con motivo de estos versos? Solamente medio libro, decís? Pues veamos cómo completarlo. Después del pasmo, es bueno que el amante recobre las fuerzas:

PAN
En el pan de tanta miga
-Apretadamente suave-
A más sol de julio sabe,
Dorada quietud de espiga.
La corteza. Siga, siga
Variando el atractivo
Mi gusto. Bien lo acompaña
-esencia que fuese entraña-
El pan, el pan sustantivo.

Leyendo estos poemas se comprende el placer que las personas detenidas en la fase sádico-anal de su evolución deben sentir al excretar a los jóvenes a su cargo una hora diaria de ripios y trivialidades de Guillén. ¿Verdad que ya os sentís capaces de completar vuestro libro? ¿Verdad que a la sensualidad del espíritu del amante ya podemos oponer con este otro poema la espiritualidad de los sentidos? Mientras el espíritu gusta de la carne, la naturaleza produce el pan para que la carne guste del espíritu. Si poco a poco sustituimos el universo corriente por un universo propio de Guillén y nuestro, construído en trescientas o cuatrocientas páginas, tal vez podamos aspirar a la cátedra.
Es obvio que no todos los profesores son indignos. Algunos podrían explicar que Juan Ramón Jiménez desechó la obra de sus primeros treinta y cinco años cuando comprendió el camino que la poesía española debía seguir. Ese camino, que era el de la tradición, aceptaba las premisas del Movimiento Moderno y concordaba con lo que en otros ámbitos estaban haciendo Le Corbusier y Picasso. Tiempo después, un grupo de poetas burgueses apuntaron a algunos de sus fieles al partido comunista y se legitimaron para encabezar la reacción. Tal reacción dura y durará mientras el sentimentalismo sea más accesible que las emociones. Valga decir que durará mientras los profesores no sean aficionados a la literatura.
Si uno de los problemas de nuestro siglo es o no que los profesionales están sujetos al mercado en el ejercicio de su profesión, será discutible en otro momento. Mientras tanto, tratemos de aplicar a los profesores lo mismo que a los médicos: pagarles porque estamos sanos, no sea que nuestro tabardillo les dé de comer.
En nuestros días, casi nadie vive de lo que ama. Demos dineros a los profesores por estar callados y no asistir a clase y reemplacémoslos por las buenas gentes que viven de otra cosa y que con gusto se acercarían a las escuelas a comentar aquello que aman y de lo que no viven. Tal vez entonces nuestra sociedad avanzaría menos lentamente. Mientras tanto, si podemos escoger, leamos a Juan Ramón y dejemos a Guillén para los escolares.
[Ufff]

lunes, 21 de enero de 2008

LOS AMIGOS DE JOSÉ

Parece que hay cierto paralelismo entre escritura y bolsa: todo escritor de auténtica valía ha de pasar por una cíclica etapa de descenso unos años después de su muerte y de su primera máxima cotización. Por ese camino discurre hoy la obra de Azorín, atravesando su correspondiente momento de depreciación y, tal vez, de olvido. Desde hace demasiados años es imposible adquirir sus obras completas; la editorial Aguilar, despojada del antiguo bien hacer de su fundador, no acaba de reeditarlas, en aras de conseguir cuanto antes la septingentésima edición de Federico García, cuyas obras pueden adquirirse en cualquier supermercado en su versión en tagalo; las obras escogidas de Biblioteca Nueva sobreviven a su mutilación interna gracias al tono verde de las pastas y a las estampaciones en oro. Sin embargo, como a veces ocurre con los valores de cotización suspendida, un librero de Sevilla ofrecía aún el año pasado los nueve tomos de la colección joya al precio de varias semanas de trabajo de un funcionario de nivel treinta de la administración.
¿Y quién es Azorín? Todo el mundo lo sabe. Según mi amigo Manuel Martínez Pastor, Azorín es un viejecito. Un viejecito: creo que no es errada la definición. La ternura, la perspicacia, la discreción, la mansedumbre, la bondad, son virtudes propias de la edad bien aprovechada. Y de ellas disfrutó Azorín desde su juventud. "Las obras de la juventud son fuego y oro; las de la madurez, sobriedad y plata". Esta madurez, así expresada por Cervantes, es el retrato de Azorín. Es Azorín, también, el escritor del maravilloso silencio.
"Reinaba un maravilloso silencio", comienza a decir Cervantes en uno de sus párrafos. Y es que en el silencio se dan las más intensas comunicaciones entre los hombres. ¿No habéis vivido aquella situación en que dos personas se lo dicen todo sin palabras y se comprenden? Porque, en la literatura como en la vida, ¿qué es, de aquellas cosas que nos importan, lo que puede decirse con palabras? La maestría de Azorín en el uso del lenguaje puede engañarnos. La palabra acompañará al contenido, pero no lo encierra. La palabra será necesaria, pero siempre necesaria para llevarnos, como un vehículo, hasta el lugar donde ya no nos hace falta; hasta el lugar donde lo vemos todo y donde no tenemos más remedio que callar, como en el monte Tabor.
Toda la obra de Azorín está llena de este maravilloso silencio. "Primores de lo vulgar", se ha dicho. Cuando se ha comprendido que lo verdaderamente vulgar es lo brillante, lo aparente, el fuego y el oro, sólo queda pasear la vista por la vida hablando de la vulgaridad de las despedidas, que llenarán nuestro tiempo sin duda; de la soledad de las plantas y las campanadas; de la fugacidad de los pueblos y los zaguanes vacíos. Soledades compartidas, que nos permiten sentir las dulzuras ligeramente amargas de la amistad y el amor a través del tiempo.
¿Y quiénes son los amigos de Azorín? Los amigos de azorín son aquéllos a quienes dedicó su trabajo y su tiempo: Cervantes, Góngora, Fray Luis de Granada; Montaigne, Larra, otra vez Cervantes. San Juan de la Cruz, Fray Luis, Cervantes. Por Cervantes sintió Azorín verdadera amistad, sentimiento compartido por un grupo de compañeros que se identificaban a sí mismos por el nombre que consideraron más característico: Los Amigos de Miguel. Estos Amigos de Miguel se reunían periódicamente con el simple propósito de disfrutar de su afinidad, que sentían como un nexo de unión íntimo.
La literatura de Azorín es, afortunadamente, un paisaje que no cambia, que no cambiará. Las calles de Riofrío de Ávila descritas por su mano conservan todos los amaneceres el mismo idéntico rocío; todas las primaveras suenan las mismas campanadas en el reloj municipal, reloj que ya no puede atrasar. Cuánto más hermoso será recorrer estos paisajes fijos, que no se desmoronan -mientras se desmorona uno mismo- que caminar por las calles de las ciudades diseñadas por cualquiera de nuestros alcaldes, con regularidad más ajadas que en nuestra visita anterior. Al terminar estas líneas veo cuánto me queda por hablar de mi amigo Azorín. Cuánto puede decirse de Tomás Rueda, de Doña Inés, de Al Margen de los Clásicos. Otro día será.
Al igual que existieron los Amigos de Miguel, los Amigos de José también existimos ahora. Una diferencia, sin embargo, nos separa. Como aquéllos, también nosotros recorremos las calles descritas en sus pueblos, también compartimos la emociones del muro blanco de Salamanca, también hemos sentido la tolvanera de los dos besos. Ellos se reunían públicamente. Nosotros no nos reunimos y somos secretos. Somos secretos, no por ocultismo, sino por necesidad. Como amigos de Miguel (algunos lo somos doblemente), dejamos traslucir nuestras emociones; como amigos de José, estamos comprometidos con el maravilloso silencio. Por este maravilloso silencio tal vez nunca lleguemos a hablarnos, pero a través de la distancia nos miramos y las calles nos conocen y eso nos basta.
Como amigo de Miguel y de José, me alegro y me lamento de haber roto con estas líneas el lenguaje mudo en que nos comunicamos. A ello me han forzado otros amigos, compañeros de Agua, amigos a su vez de Miguel pero no de José, por el momento. En cualquier caso, espero que mi falta sea leve: escribir en el agua es, todavía, uno de los maravillosos modos de ejercer el silencio.
(Artículo publicado en la revista "Agua" , 1989)