martes, 20 de diciembre de 2011

POR QUÉ NO CREO EN LOS REYES MAGOS. LA INDIFERENCIA EN EL AMOR


A M.M.
La misión de los padres no consiste en que sus hijos tengan una infancia feliz. El propósito de toda educación no se reduce a la infancia, sino que pretende tener efectos a lo largo de toda la vida. He escuchado a muchas personas referirse a su etapa escolar con añoranza. Yo no pienso así. Si el resultado de nuestros estudios no consiguió elevarnos a una posición mejor, ¿para qué sirvieron?. Asimismo, si la consecuencia de nuestra educación infantil no fue una vida adulta más plena, pobre educación infantil y pobre infancia en sí misma, por mucho que queramos idealizarla.
¿Alguien duda de la superior capacidad en recursos de un adulto? Con más información, más desarrollo y con un cerebro plenamente formado lo lógico es enfrentarse a las circunstancias de la vida con mayor probabilidad de éxito. Si nuestra vida es un fracaso tan grande como para que añoremos la época en que nuestro arsenal era mucho más escaso, algo tremendamente equivocado ocurrió en nuestra educación.
Cuando nació el primero de mis hijos tuve que buscar respuestas a muchos problemas que antes no me había planteado. Y una de las primeras decisiones a tomar fue si escogería el camino de la verdad o el de la "mentira piadosa" en cuanto a mi relación con los niños. Una vez planteada la cuestión parece difícil no escoger la verdad. Tal vez esta sea la razón por la que la mayoría de los padres que conozco prefieren no preguntarse cuál deberá ser su conducta con respecto a esto.
Una de las innumerables consecuencias del compromiso con la verdad es que para quien lo asume no es posible engañar a los niños con respecto a los Reyes Magos.
La cuestión de los Reyes Magos os perecerá una tontería sin mayores consecuencias, una futilidad. Yo no lo pienso así. Y después de pasados los años, comprendo que lo que parecía una decisión intrascendente ha tenido consecuencias notables. Es por eso que me atrevo a intentar describir mi experiencia. No pretendo juzgar a los demás padres por seguir otros caminos. Pero lo que me ha decidido a escribir es pensar que existirán siempre padres primerizos y que mi caso puede ayudarles.
Al tomar la decisión de excluir a los Reyes Magos de nuestra vida, lo primero que me sorprendió fue la tremenda, inconcebible presión social que provocamos. Los adultos que nos rodeaban empezaron a comportarse con tanto ímpetu como si trataran de evitar que diéramos diez latigazos a los niños cada mañana. Los argumentos más peregrinos, desde "fomentar el desarrollo de la fantasía en los niños", "no despojar a los niños de la belleza y felicidad de su infancia", hasta los recursos increíbles al "hazlo por mí", "confía en mí, que sé de lo que hablo", "qué trabajo te cuesta..." pasando por las alusiones, siempre tan efectivas, al miedo: "piensa qué gran error puedes cometer", "considera si no harás un perjuicio irreparable"; se nos dijo de todo. Pero no hicieron la menor mella en nuestra decisión. Hay una piedra de toque para el amor: la indiferencia con que se expresa. Me explicaré. Una característica esencial del amor es que es gratuito; es decir, que quien ama no tiene el menor interés personal en las consecuencias de ese amor. El amor consiste en buscar el bien de aquél a quien se ama, no en buscar el bien propio. Si por amor criticamos la conducta de nuestros semejantes, no sentiremos la menor conmoción personal en que nos hagan caso o no. Nosotros ya dimos lo que nos correspondía, ellos harán  lo que consideren más justo.
Pues bien, esta decisión acerca de los Reyes Magos no producía esta "indiferencia" amorosa en los demás. Provocaba más bien irritación, conmoción de valores, y sobre todo un deseo de conseguir reafirmación propia por medio de nuestra aceptación de lo convencional. Bien, en resumen, decidimos no aceptar esta convención.
Y es que en esta cuestión de los Reyes Magos hay muchísimas más cosas en juego de lo que parece. La primera de ellas y la principal es que introducimos en el cerebro de los niños una concepción del mundo en la que interviene lo mágico como parte fundamental de nuestra estructura. Y con lo mágico abrimos muchas puertas. Abrimos la puerta a la superstición y también a la idea de los poderes ilimitados de alguien. Y con estos poderes ilimitados llega la desigualdad social. Hay seres que lo pueden todo y otros que apenas si consiguen lo razonable. Detrás de esta idea está sembrada la semilla de las instituciones trascendentes, de la metafísica. Pero también la semilla que nos hará creer que algunas personas son diferentes a nosotros, que poseen unas cualidades inalcanzables. En definitiva, tras los Reyes Magos está la justificación de la autoridad como principio y desligada de la razón. No solamente eso, con la mentira de los Reyes Magos estamos sembrando la necesidad de desconfiar de las aseveraciones de nuestra familia. Si nuestro padre nos engañó ya una vez, ¿cómo sabremos que no lo está haciendo en el futuro? Una cosa es mostrar a los niños nuestra fragilidad, con la que deben contar siempre, y otra engañarlos a conciencia.
La vida ha de ser bella tal cual es; quiero decir que nuestro propósito debe ser construir la belleza de la vida real. Toda belleza que se sustenta en un ensueño no es tal; es alienación. Con el agravante de que lo bueno real es mejor y más bello que lo bueno ficticio y artificialmente formado. Que los padres, trabajadores normales, hagan un esfuerzo por obsequiar a sus hijos es mil veces más emocionante a que ese esfuerzo, sin esfuerzo, lo hagan unos seres lejanos, desconocidos, Reyes de no se sabe qué ni dónde.
Y emocionante también ha sido acompañar a los niños en la aventura de no vivir la navidad y de no tener Reyes Magos. Cuando cumplían tres años y empezaban a ir al colegio solíamos dejarlos en casa los días más conflictivos. El colegio al que iban era público y ellos no acudieron nunca a clases de religión; no obstante, casi todo diciembre se dedicaba a la navidad, a la fiesta de navidad, a las limosnas de navidad, etc., etc. También teníamos que hablar con ellos desde muy niños analizando la opción que habían tomado los otros padres para poder respetarla. No queríamos que mis hijos estropearan ningún secreto ni coartaran las otras decisiones educativas de sus compañeros. Así que durante algunos años tuvieron que callar ante las descripciones de la noche de Reyes, juguetes, etc. Mis hijos nunca tuvieron juguetes esa noche, claro. Tuvieron cariño y atención cada día, fuera o no navidad. Y tuvieron que compartir con sus padres, desde niños, la responsabilidad de nuestras elecciones. Ya que sin complicidad mutua, sin razonar juntos el por qué de nuestras opciones no hubiera sido posible el que respetáramos a los otros.
Pasó el tiempo y llegó el momento de la desilusión para los otros niños. Muchas veces mis hijos me contaron las decepciones de sus compañeros, que a menudo no pueden comprender el por qué del engaño, burdo, por parte de sus padres.


La mejor suerte que podemos tener al aterrizar en un planeta es encontrar a alguien que nos lo describa lealmente y con la verdad. Solamente de esa manera podremos adaptarnos cuanto antes a sus condiciones, sin dar carreras en la dirección equivocada. No comprendo cómo, al aterrizar en nuestro planeta nuestros hijos, nosotros, en lugar de ejercer ese papel, elegimos repetir las instrucciones que los jefes de las distintas tribus nos dan. Sabiendo que son mentiras, aunque las disfracemos con el nombre de mentiras piadosas. 
El compromiso con la verdad en los niños es un criterio que, en mi experiencia, solamente produce resultados positivos. No nos deja más autoridad que la que nos corresponde; yo, por ejemplo, creo tenerla bastante afianzada en cuanto a resolver problemas o en cuanto a vigilar la ortografía. No puedo tenerla en cuanto dictaminar regímenes alimenticios, ya que están hartos de verme incumplirlos. La vida es bella, frágil, emocionante y sencilla. Y el verdadero amor es una suerte de indiferencia.

21 comentarios:

Nicolasa Quidman dijo...

Lo primero: mi admiración más total y sincera. Por muchas cosas, pero en este caso, por haber sido capaz de no sucumbir ante la presión social. Yo sucumbí, o debería decir, nosotros sucumbimos, con todo el dolor de mi corazón, a las súplicas de mi familia y los hechos consumados de mi familia política. Y durante muchos años sufrí (no sabría, ahora mismo, decir si mi pareja también) por semejante falta de consecuencia, y por lo que dificulta en época de bonanza tener semejante avalancha de "riquezas" que mágicamente aparecían, y conseguir una educación de la austeridad, del consumo responsable o necesario para tus hijos. Cada año he vivido como un drama este momento, el del intercambio de cosas que uno no necesita y en las que se gasta un montón de pasta... que no todo el mundo tiene, además. Mis hijos se han creído todo el cuento, aunque me guardé dos ases en la manga: el primero, jamás contestar con una mentira a las preguntas sobre logística de sus majestades y su primo Claus (esa fue mi salvaguarda moral, pobre, lo sé) solo fui capaz de desvelar el secreto cuando me hicieron la pregunta directa "¿Existe...?"; y el segundo, huir de toda celebración familiar después de Año Nuevo, y tratar de que la magia real fuera, cuando menos, limitada en su presupuesto.

En una familia manifiesta y militantemente atea, todo esto es un gran sinsentido, lo sé. Pero no me siento satisfecha. No me enorgullece. Todo lo contrario, porque siento que me he traicionado, especialmente, a mí.

Creo que, sin embargo, hemos hecho un buen trabajo de "compensación". Mis hijos siempre han vivido en su planeta de seres pokemónikos (los tres) y demás criaturas fantásticas, que permitían dar rienda suelta a su imaginación y evadirse convenientemente en la escuela, pero a medida que van creciendo su realismo, su solidez intelectual, sus ganas de saber, y sus dilemas morales, filosóficos, políticos, me ayudan a perdonarme por ese fraude del que he sido partícipe por debilidad y miedo a la confrontación.

Así que no bromeo cuando digo que te admiro.

En cuanto a la indiferencia en el amor, tengo que leer de nuevo - me resulta aún más difícil que el helado de fuego. Pero cuando lo entienda, te cuento.

Abrazo con inclinación y sombrerazo.

Joselu dijo...

Nada importante que añadir a lo que has expuesto. Tú, como padre, has tomado una serie de decisiones sobre la educación de tus hijos. Es lo que hacemos todos. Es nuestra potestad y ello implica también riesgos. Solo el tiempo dirá si acertamos o no. Saludos.

Animal de Fondo dijo...

Querida Nicolasa (de Animal a Nicolasa no te creas que va tanto), me parece que la diferencia entre nosotros es que yo me he traicionado muchas más veces porque soy más viejo. Pero siempre que me traicioné me repetí a mí mismo que por qué fui tan débil si ya lo sabía. Me parece que nos traicionamos por un malentendido, por seguir un consejo de quien apreciamos, pero de alguna forma antes de hacerlo ya sabemos que el resultado será fatal.
Me has enseñado al menos dos cosas en poco tiempo. Que la D se parece a una boca; que se puede pensar en red. Ahora mismo, que estoy releyendo tu comentario, me da envidia tu descripción del estado actual de tus hijos. No sé qué edad tendrán. Pero los míos, a los 8, 10 y 12 años, de dilemas morales, filosóficos o políticos nada de nada. De momento viven una infancia en todo sentido; han viajado, empiezan a conocer el Museo del Prado, pero creo no habrán visto jamás ni un telediario ni una serie española (yo tampoco esto último). En algún momento deberán tomar contacto con nuestra miseria moral. El problema es: ¿cuándo? ¿Pensamos en red? (claro, en mi caso, siempre será una red pequeñita, aunque apreciada).
Lo de la indiferencia en el amor seguramente lo expreso mal. Lo expresaré peor: si quiero porque soy yo quien quiere no me vale; prefiero querer independientemente de mí; es el único amor en el que creo (lo estoy arreglando, jaja). ¡Y lo he probado! Está relacionado con una idea que mi amigo Maykel piensa que solamente siento yo, y se equivoca (pero poco):Por qué es tan agradable no ser nadie.
Abrazos.

Animal de Fondo dijo...

Querido Joselu, tú siempre tienes cosas importantes que añadir. No estoy seguro de que todos tomemos decisiones; muchas veces simplemente nos dejamos llevar; eso no es decidir, sino eludir los problemas, y yo no lo hago menos que los demás.
No estoy seguro tampoco de podamos calificar nuestra conducta como acierto o fracaso en función de los resultados. Primero, porque los resultados son complejos y es difícil relacionarlos con una variable determinada. ¿Puede juzgarnos alguien sino nosotros mismos? Me parece que, vista la inmensidad de nuestras limitaciones, apenas si podemos seguir otro criterio que el de la rectitud de nuestras intenciones.
¿Somos ciegos guiando a otros ciegos?
Lo que te agradezco inmensamente es que hayas vuelto a dejar tu comentario. A veces disentimos cordialmente, en paralelo y hasta en oposición. Yo lo hago desde la confianza de saberte al mismo lado y con la convicción de que nunca nos enfadaremos. Si expongo planteamientos radicalmente opuestos a los tuyos considero que se trata de un contraste de ideas y que lo mejor es que ambos sigamos fieles a lo que nuestras luces nos permitan comprender, que nunca será demasiado.
Insisto en que me encanta la energía con que has planteado este año el blog.
Un abrazo, Joselu. ¡Gracias!

Nicolasa Quidman dijo...

A ver si lo he entendido bien: ¿una especie de "amor extramuros", en el que lo que yo sienta es indiferente, porque lo que cuenta es hay una persona, animal o cosa amada, independientemente de quién ama?

De acuerdo, y no. Como explicas, el amor es una suerte de indiferencia, pero no hacia todo lo propio. Creo que existe un motivo último para amar, que es mezcla de regocijo (no encuentro otra palabra) y satisfacción, y estos sentimientos están, en gran medida, en clave de una misma, aunque no por lo que se recibe sino por lo que se construye...

Mis hijos son un poco más mayores (18, 14 y 10) y hablo de evolución, de progresión, de crecimiento. Tienen dilemas cada día, de todos los tipos, porque viven en un mundo lleno de contradicciones, y para explicarlas sólo caben la magia y la reflexión. La magia, como decíamos, solo es un entretenimiento, no es la vida. Así que solo les queda hacer lo que ven a su alrededor: pensar, en voz más alta o más baja, en red o sin red. Si tuviera que elegir un camino para recomendar padres primerizos es aceptar a sus hijos e hijas en su conversación interior. Sobre lo que ocurre fuera de nosotros, y sobre lo que ocurre dentro. Con prudencia para no infringir dolor, pero con honestidad, y con abrazos de amor cuando este es inevitable.

Y tienes razón. La familia, los hijos, son algo muy personal. Pero compartirlo me ayuda a entenderme, y a quererme (¿indiferentemente?) también.

Seguimos, ¿no? :D

Animal de Fondo dijo...

Es que en el caso de nuestra relación con los niños, por ejemplo, se ve claro. Es tanto el privilegio de asistir tan de cerca a su desarrollo... y es tanta la gratificación que multiplica por mil cualquier pequeño detalle, que se pregunta uno cómo querer sin aferrarse a lo querido, dejándolo libre. Porque el propósito ha de ser convertirse cuanto antes en un antiguo apoyo ya prescindible, antes a los dos años que a los cuatro (exagero). Es muy delicada la distinción entre querer de veras, sin más, y aprovecharse de ello. Claro, si la gratificación (el refuerzo en suma, en el conductismo) es una consecuencia siempre de nuestras acciones puras, es natural que pase así. Pero el filo entre nuestras intenciones, conscientes o inconscientes es muy sutil. Siempre me encantó el consejo de Séneca (que lo refiere a Epicuro, creo, "Hecatón", como él suele decir): "Te daré un procedimiento para que no necesites de ensalmos ni versos de bruja: Si quieres ser amado, ama." Pero si usas la receta como tal, ya no puedes amar, jajaja.
Y siempre me aterró convertirme en uno de esos padres que, bajo pretexto del amor, se aferran a sus hijos, los pobres, y no hacen mas que proyectarse en ellos, vivir otra vida de prestado.
Estoy completamente de acuerdo en que "lo que se construye" es una salvación. Y nunca lo había pensado así. ¡Gracias!
Releo nuestra conversación y realmente pienso que ya lo dejaste claro en tu comentario; así que sobran mis palabras. En este punto tengo por costumbre borrar; esta vez no lo haré. Quede lo escrito.
Y sí, seguimos, claro :D

Yolanda Molina Pérez dijo...

Pertenezco a una generación que no conoció los reyes magos, de ellos tenía la referencia de los cuentos de mis padres, en especial experiencia traumática para mi madre que siendo hija de personas de clase media, propietarios de finca de café, el Día de los Reyes magos se sentía culpable porque los reyes o pasaban por la casa de los hijos de recogedores de café que trabajaban en las tierras paternas y no podía entender porque si ella les hacía también cartas no respondían al llamado en eso hogares, mi abuelo un revolucionario ateo, adelantado a su tiempo aclaró tempranamente el hecho y fue un duro entendimiento para ella de la realidad.
Mis padres siempre nos hicieron parte de los planes y decisiones de casa y fuimos educadas en un sistema de disciplina, respeto, independencia y cariño (aunque no en ese orden) del cual me siento agradecida y que adecuándolo a los tiempos actuales trato de replicar en mis hijas, ellas viven ajenas a esos engaños y votamos por la cruda verdad, siempre a pesar del impacto y las consecuencias, de hecho no prometemos nada que no podamos cumplir y en consecuencia si mamá o papá prometen se da por hecho.
En casa la mentira se sanciona de la peor manera y rinde frutos, en detrimento de salvaguardar su responsabilidad, cualquier esclarecimiento lleva con rapidez a la verdad y está dicho "la mentira tiene patas cortas", así que no se miente bajo ningún concepto, claro como padres implica mucha responsabilidad, porque al excluir la posibilidad de cualquier engaño, asumimos también estar expuestos ante ellos para ser juzgados, no queremos sólo por un vínculo físico, el amor siempre lleva en el nacimiento admiración por el ser amado, a partir de nosotros o a pesar de eso mismo, pero siempre en el ámbito de la confianza, ¿sino como sustentar cualquier relación deudora de afecto?
La educación de los hijos es quizás el mayor desafío al que nos enfrentamos y saber si lo hacemos bien o mal es algo tan poco medible como inabarcable, me atosigan eso pensamientos con frecuencia y otras veces he compartido esas dudas y miedos.
Por experiencias ajenas siempre dije que no aceptaría ayudas excesivas para el cuidado de mi prole porque concede derechos de opinión a quienes la brindan así que en buen cubano he pasado mucho trabajo “como un forro de catre” quitándome horas de sueño y descanso para tareas domésticas, renunciando a más de un proyecto personal, pero dejando claro que las decisiones sobre educación familiar no se consultan fuera de casa, a no ser criterios de especialistas cuando lo hemos considerado necesario.
Para nosotros el conocimiento como proceso docente y de vida resulta lo básico y no exigimos calidad, sino empleo máximo de capacidad, por suerte nuestras niñas parecen estar bien dotadas para el aprendizaje y nos ofrecen un regocijo enorme. A fin de cuentas ningún bien podremos dejarle mejor que la certeza de soñar todo lo que sean capaces de hacer.
Un abrazo.

Animal de Fondo dijo...

Querida Yolanda: No sé si te habré dicho ya (te he contado tantas cosas...) que una de las características que más me impactó de Cuba, tal vez la que más, fueron los niños. Acostumbrado a los niños españoles, mimados, caprichosos, refitoleros, ver a los niños cubanos me conmocionó. ¡Así que esos niños que yo imaginaba existían realmente! Niños sin boberías, fuertes y suaves, de mirada penetrante y comprendedora. Niños con los que se puede hablar de cualquier tema, limpios, puros, nobles. Y al mismo tiempo me impactó también la maravillosa relación de cada persona con sus padres y sus abuelos. En España los padres muestran una relación a menudo absorbente -pero sin dedicación- hacia sus hijos y, en apariencia, los quieren mucho. Y los hijos parece que están deseando salir de las garras de sus padres para nunca volver. En Cuba es todo lo contrario: los padres confían en sus hijos hasta un extremo que asusta; y al mismo tiempo adoran a sus mayores interminablemente, con un cariño que desborda el vaso. Ahí se afianzó uno de los fundamentos de mi admiración por lo cubano. Las relaciones familiares, la educación y, por qué no decirlo también, las relaciones entre los esposos, que se casan y se descasan sin el menor rencor, son una lección y un ejemplo para el mundo materializado. ¡Cuántas veces he visto a la mujer cederle un televisor al antiguo marido con el argumento de que su nueva pareja tiene ya uno!. He visto también a la esposa actual y a la anterior turnarse junto a la cama de un hospital, con una camaradería y un compañerismo bienhumorado inconcebibles aquí. Y he visto dejar marido e hijos para atender al padre que lo precisaba. En fin, ya sabes que todas estas cosas de Cuba, que ni son divulgadas por los medios ni siquiera se valoran allí son las que más me admiran; y son también, cuando alguien se empeña en incidir en tal o cual defecto, aunque sea real, las que me hacen mirar en conjunto lo conseguido y pensar que es mucho y muy grande.
Comparto todas las decisiones que nos cuentas con respecto a tus hijas, Yolanda. Y veo con gozo florecer a tus niñas, con esa hermosura deslumbradora que nos muestran siempre sus ojos en las fotos que nos das a conocer. No sabes -yo creo que sí- la alegría que me da escribirme contigo.
Besos, saludos a tu esposo.

Yolanda Molina Pérez dijo...

Francisco me encuentro entre las descasadas en un ambiente amigable, mi hija mayor no es hija de mi esposo, aunque eso no cuenta, él también tiene una hija de un matrimonio anterior y aunque no suelo hablar sobre ella, no es por carencia afectiva pues nuestras panificaciones familiares son siempre sobre la base de cinco, pasa mucho tiempo con nosotros, incluso su mamá estuvo fuera de Cuba por compromisos de trabajo dos años y permaneció todo ese tiempo en casa, no hay diferencias entre unas y otras, en ningún sentido, ni afectivas, ni materiales.
Mantenemos las mejores relaciones con nuestros ex conyugues y siempre sobre el precepto de que ellas son lo primero, la pequeña nos preocupaba que no entendiera esas cosas pero fluye todo con tal normalidad que lo asume como un hecho natural, pregunta a sus hermanas o por su papá o su mamá, sin traumas ni extrañamientos y creo que ellas aunque lamentablemente perdieron sus familias de nacimiento se han visto beneficiadas por recibir amor de otras personas con la misma intensidad que podría signarla un lazo biológico.
Nadie se casa pensando en que se va a divorciar y mucho menos traemos hijos al mundo planificando distanciarnos de ellos, pero si las circunstancias cambian y eso llega a ser la realidad, pues poner por encima el bienestar de todos es lo mejor y la paz es indudablemente muy saludable, así que para qué consumirse en minúsculas querellas, cuando la discordia llega sin buscarla y de cualquier forma siempre hay que recordar que en algún momento y por alguna razón amamos a esas personas, que pueden haber cambiado, que pueden ya no merecer ese sentimiento, pero por respeto a nosotros mismos, lo que fuimos y seremos, le debemos respeto y consideración, principios sobre los cuales se puede sustentar una relación diferente y no por ello menos digna de admiración, además si a dos personas las sigue uniendo el interés por el bienestar de una tercera, no hace falta muchos argumentos.
Par mí, y también espero que lo sepas, no es menos el placer de poder leerte.
Abrazos.

Animal de Fondo dijo...

Ay, Yolanda, todo eso que cuentas es lo natural. Pero el capitalismo desvía hasta tal punto la conciencia humana, que lo natural se hace imposible. Sonará a broma y un poco lo fue; cuando yo era soltero decidí firmemente no tener una relación jamás con una chica separada. Es que después de escuchar muchas veces la expresión de sus odios, me decía a mí mismo: "si ella desearía hacerle todo esto que me cuenta al que es padre de sus hijos, qué no hará conmigo, que al fin y al cabo soy un extraño" jajaja; ya te digo que me lo argumentaba a mí mismo en broma, pero de veras que terminé cortando ese trato. La mente humana, en el capitalismo, se reeduca para poner el acento primordialmente en lo económico, en lo material, mejor dicho; no ya porque se carezca de lo necesario, sino como una agonía de avaricia sin fondo. Y así se pierde completamente la belleza del trabajo, de las relaciones y de la vida. La simple idea de competir con nuestros compañeros se introduce en el cerebro de tal forma que se hace difícil la amistad y la cooperación, junto con las mejores cosas de la vida. Y todo ello en medio de una sociedad derrochadora y opulenta, donde se aspira a veces a cambiar los muebles de la cocina porque se han pasado de moda. Hace unos años me reía yo mucho, porque convencieron a casi todas las mujeres para comprarse unos zapatos como de bruja; con una punta tan fina y tan larga que, claro, era necesario comprar unos números más del tamaño adecuado. Después, como no hay dinero para cambiar de zapatos de nuevo, veo aún los zapatitos dichosos por ahí, con harto desconsuelo de sus usuarias.
Fíjate si la situación aquí es seria, que no sé las muertes que se producen cada poco tiempo en lo que aquí llaman violencia de género; en definitiva, violencia entre personas que conviven juntas. Me imagino que esa violencia debe estar muy turbiamente enraizada en la vida como para que termine en homicidios. Nada que ver con esas disputas entre parejas cubanas en las que después de tirarse los platos (sin romperlos, que hay pocos) llegan las reconciliaciones.
Mi mujer también tiene, como casi todos los cubanos, hermanos de padre y de madre distintos. Toda esa naturalidad, que es propiamente humana, aquí es imposible de comprender.
Abrazos.

Javier dijo...

Dado que los republicanos ni siquiera creen en los reyes sin magia, creo que es objetivamente saludable no hacerlo tampoco en los magos (los reyes, digo), y eso sin ser republicano, ni monárquico, ni nada.

Desde la espesura de mi pensamiento te envío un abrazo, Animal, como cada día, en la certeza de que nos comprendemos por más que algunas ideas sean de tan difícil definición que nos resulte muy costoso poder compartirlas, al menos en su totalidad.

Animal de Fondo dijo...

Javier, las navidades, las vacaciones o lo que sea te han afinado la palabra de modo que no me siento capaz de añadir ni un mínimo matiz a lo que escribes. Creo, como tú, que nos comprendemos; miramos la vida desde el mismo lado, un lugar en que no se está del todo mal. Creo, como tú, en la dificultad de expresarnos y en su corolario, que ya señalaba Azorín: lenguaje oscuro, pensamiento oscuro, jajaja. Y para colmo, tu abrazo me llega vibrante, de un modo que te agradezco de verdad.
¡Gracias, Javier! Otro abrazo para ti, fuerte.

©Lola dijo...

aménaménaménaménamén ;))

©Lola dijo...

¿Tú no tienes tuíter o es que lo mío es más grave de lo que pensaba? ;DDD
Lo voy a tuitear, ya no soy la única loca del mundo no-navideño ;D

Animal de Fondo dijo...

Jajaja, pues anda que no me costó a mí encontrar tu blog, porque al darle a tu perfil de blogger salen miles de blogs menos el que es... tengo twitter, pero me siguen muy pocos, lógicamente, porque apenas si escribo allí. En el blog también tengo pocos lectores, pero muy buenos, me entiendo muy bien con ellos; me gusta tanto Juan Ramón que hasta comparto con él -desde la infinita distancia que hay entre nosotros- lo de "para la inmensa minoría".
¡Gracias de veras, gracias!

María P. dijo...

sigue escribiendo...He encontrado tu blog de pura casualidad buscando cuadros de Fernando Zóbel.
Y solo quería decir eso "sigue escribiendo"
Un saludo.

Animal de Fondo dijo...

Gracias, María, me anima mucho tu comentario.
¡Gracias!

Nicolasa Quidman dijo...

Quería contarte que ayer mis hijos e hija hicieron un pacto, delante de nosotros y de su abuela, para no criar a sus hijos en el engaño de la existencia de unos seres mágicos que traen regalos si te portas bien.

Me acordé mucho de ti, y a ellos les di las gracias por hacer lo que yo no he sido capaz de hacer (y secretamente, por comprobar que, pese a esa mentira, han prevalecido las verdades)

Un abrazo.

Maria

Animal de Fondo dijo...

Querida Nicolasa, esas promesas tan emocionantes me recuerdan a otras mías. De niño me propuse no dejar de dar muestras exteriores de afecto cuando creciera. Me repelía ese afán de algunos púberes de "ser mayores" acorazándose y suprimiendo la ternura al dirigirnos a otros seres queridos. Jaja, siempre, a cualquier edad, besé por la calle a quienes me besaron a mí en mi infancia (por el principal motivo de que sus besos tempranos despertaron mi afecto). No veas cuántas veces me he reído entre dientes al ver a señores muy barbados asombrarse ante el espectáculo de otro señor que se echaba en sus brazos. No te negaré que algo de maldad hubo algunas veces, como un decir: me besabas, te besaré, pero siempre me ha horrorizado que yo mismo pudiera despojarme de la ternura, por influjo de otras instancias, claro.
Y digo todo esto porque esas promesas me parecen importantes, reales, las mejores que podemos cumplir después, un norte a no perder. Sobre todo, en la infancia y en la primera juventud vemos verdaderamente claro; tal vez detrás de toda esa magia inventada solamente se encierra la disyuntiva entre empañar como con un velo la limpísima vista de los niños o permitir que les crezca clara y servirnos de ella, de su vista, para entender la realidad mejor nosotros.
A los cinco o seis años uno de mis hijos decía que pondría "tiendas" donde la comida no costara dinero. A algunos les parecerá un propósito disparatado y "utópico", como suelen descalificar cualquier recta intención. A mí me parece un ejemplo de lo que una visión del mundo no pervertida puede aportarnos. Lejos de mi el decirle "hijo, eso es imposible". Requerirá tal vez medios extraordinarios; pero puede hacerse, y en algunos lugares del mundo se ha hecho ya.
Estoy una temporada fuera de internet, así que si no contesto a alguna cuestión en twitter o por ahí es porque no me entero.
Y de lo que no me cabe la menor duda es que la parte que tú no hayas sido capaz de hacer es infinitamente menor que la mía.
¡Gracias por acordarte!
Besos.

Nefer dijo...

Hola :)
pues qué te puedo decir... yo descubrí a mis padres en el acto de huída hacia las tiendas en la noche de reyes, y más que sentir decepción, tenía la curiosidad y sentí ternura por ellos, de tratar de hacernos pensar que "los reyes" nos traerían juguetes. Les arruiné la "inocencia" a mis hermanos, pero bah, en realidad no hubo mayores consecuencias, ni daños irreparables.
De hecho, mi hermana decidió al igual que tú, no inculcarles lo de reyes, a pesar de que si les regala objetos en esos días... pero bueno. Cada quién tiene el derecho de decidir cómo educar a sus hijos. Si yo los hubiese tenido, habría hecho lo mismo que tu.

Saludos!!! y feliz año!!!

Animal de Fondo dijo...

Querida Nefer, cómo me gusta volver a hablar contigo, aunque siempre sigo las vicisitudes de tu vida; las que quieres contarnos; siempre también con ese pálpito a flor de piel que te caracteriza, junto con ese corazón que se desborda. Hace tiempo que no comento en tu blog, pero lo leo apasionadamente.
Tu relación con tus padres siempre fue maravillosa, por lo que comprendo bien esa ternura que pudiste sentir; cuando hay complicidad, que es difícil de conseguir, todo se justifica y se comprende. Así que muchas veces, creo, es más importante el fundamento de nuestra relación con los niños que tal o cual particularidad o anécdota.
Y, como tu hermana, yo también regalo a los niños de vez en cuando. Intento que sean cosas de poco valor, aunque desde bebés han tenido su computadora cada uno, porque quería que aprendieran ese lenguaje al mismo tiempo que el castellano. No lo hago en estas fechas, simplemente porque unos días más tarde hay rebajas y no puedo evitar la imagen de un consejo de administración en el que supuestamente se decidiera dar la salida a los mensajes de paz universal.
Besos, abrazos, todo lo mejor para ti y para tu marido y el resto de tu familia.