domingo, 4 de mayo de 2008

AVENTURAS EN UN MOCKBHY. LAS CIUDADES SUPERPUESTAS

El venado y la jicotea no pueden caminar juntos.
Lydia Cabrera

Cuando yo vivía en Madrid, la ciudad era para mí otra ciudad superpuesta a la real. Madrid era un museo, una brisa húmeda y fresca que se siente en la cara al entrar en motocicleta al Parque del Oeste en las noches de verano, quince o veinte habitaciones, doscientas calles, ochenta o cien personas. En una ciudad inmensa, habitábamos una pequeña aldea superpuesta. Todo lo demás era invisible para mí, y tengo la seguridad de haber sido invisible yo también para millones. Nadie se inmutaba frente a esa ausencia. Nuestra sociedad nos instaba a desarrollar los corolarios de la frase "no es mi problema", "no me incumbe a mí".
En La Habana, la primera sorpresa es ver su irreductibilidad. La Habana es una aldea inmensa y no es posible reducirla a otra menor. Lo desconocido no es invisible, no se puede eludir. No hay ese barrio al que no apetece entrar, esa calle que no duele no recorrer, ese animal de fondo que ignorar. ¿Cómo, acostumbrados a nuestra pequeña aldea, vivir de pronto en una conurbación?
La opción típica del turista es, en La Habana, aborrecible desde el primer día. El turista en La Habana vive una opción irreal, inventada por uno mismo. La primera sorpresa del turista se produce al comprobar que no es invisible ya para quien él quiera serlo. Todos lo ven, todos le hablan, todos lo señalan. Y el turista, que no sabe ver, tiene la sensación de que se ha acercado a una colmena y las abejas lo atacan. De modo que el pánico lo bloquea y sólo sabe esconder la cabeza bajo los brazos y correr con la imaginación.
Hay que comprender también que, por circunstancias, al turista le resulta muy difícil relacionarse, de primeras, con la inmensa mayoría de cubanos, porque muchas veces, los pocos que están siempre en la calle lo acaparan. He escuchado muchos relatos de turistas contando lo que vieron en Cuba; a mi modo de ver, casi todo lo que vieron no es real. No consiguieron acercarse a la Cuba secreta. Los bien intencionados creen que dejaron allá amistades duraderas, pero no se han dado cuenta de lo difícil que es establecer una verdadera amistad desde una distancia mental tan grande.
Para qué contar tantas anécdotas de turistas que vi en La Habana. Lo menos que se puede decir es que intenté alejarme de la interpretación de ese papel, y no siempre con éxito. Lo cierto es que tal posición al menos ni me atrae ni me divierte.
Naturalmente, mis amigos en Cuba sabían quién soy en realidad. ¡Pero cuántas mentiras habré contado por la calle, para intentar saltar del lado de allá! Lo que a primera vista parece "lumpen" en Cuba muchas veces es gente inocente, divertida y leal, si uno acierta a situarse en el lugar adecuado. Intentando eso, muchas veces quise dejar de hacer el papel de la miel y convertirme en un terrible y peligroso libador.
Ese era en realidad el motivo por el que, para mis compadres callejeros, yo casi siempre volvía, no de España, sino del tanque. El mismo motivo por el que me quejaba otras veces de que el gobierno solamente me ofrecía pasar tres días gratis en una casa de protocolo (en vez del dinero que yo pedía) a cambio de mi maravillosa propuesta de entretener a toda la Habana pasando sobre un cable que se tendería entre las cubiertas del Habana Libre y del Focsa, cosa que yo sabía perfectamente hacer por mi profesión verdadera de trabajador del alambre, equilibrista de circo. Ya Maykel comprenderá con esto mis alusiones a Mazorra; y por si tiene dudas todavía de mi capacidad de interpretación, contaré la anécdota del mayor de mis éxitos.
Estaba yo paseando con uno de esos "elementos" que se encuentran por la calle, propietario de una maldad de juguete, visitante del verdadero "tanque" algunas veces, compañero de divertidas conversaciones donde inventábamos nuevas formas de defensa y ataque frente a los turistas. Yo presumía de mi capacidad de entrar libremente a los hoteles para recoger al descuido, discretamente, centenares de cabos de cigarrillos de la inmensa mina de los ceniceros de la yuma, con los que alimentar de materia prima mi industriosa producción de tupamaros. Tupamaros que en verdad conocía porque una vez me los vendieron, un 31 de diciembre en que los populares se pusieron por las nubes y yo me empeñé en encontrarlos al precio del día anterior. Me inventaba medios de vida surrealistas para intentar colarme en ese ambiente. Se nos acerca otro "elemento", tal vez diabético que se cuidaría mal, con cuarenta pesos en la mano y una herida terrorífica en la pierna. Me dice que sabe que soy de fiar y que le traiga, en mi siguiente viaje a Cuba, no sé qué medicamento milagroso que se vende allá; fuera o no una ilusión el nombre o el efecto del medicamento, en ese momento me conmoví, y a riesgo de perder todo mi prestigio, tan arduamente ganado, instintivamente le alargué veinte dólares diciéndole: toma y búscalo por ahí. Y aquí viene el motivo de mi alegría: cuando el enfermo se marchó, sin comprender demasiado, mi amigo, el compañero "antisocial", me da con el codo en mi costilla, mientras me dice, con una sonrisa cómplice: "Compadre, le diste el falso". Se refería a uno de esos billetes "falsos", indistinguibles del original, que yo tan fácilmente conseguía, claro, en el banco que está en la esquina de mi casa. Os aseguro que en ese momento me imaginé cómo debió sentirse Napoleón en Jena.
No te voy a recomendar yo, Jueves, que te metas en ciertas calles nocturnas, ni que asumas ningún riesgo, del poquísimo que verdaderamente pueda haber en Cuba. Yo nunca me he sentido en peligro, y mira que me he metido en lugares extraños, siempre buscando la perfecta zona donde el único extranjero fuese yo. Pero lo que a veces parece lo peor, en Cuba, es tal vez mejor que nosotros. De lo que se trata es de no huir, sino de saltar "del lado de allá" al "lado de acá", como decía Cortázar. Y de divertirse practicando el superrealismo.
Una cosa que aprendí en Cuba fue a aceptarme como verdaderamente soy, porque hasta que llegué allá tenía una imagen idealizada de mí mismo. Cuba es, para los extranjeros como yo, una piedra de toque, porque precisamente encontrarse un pueblo bondadoso e inocente, que en otras partes no existe, pone de relieve las propias maldades, como un contraste. Los turistas hemos hecho daño a Cuba, ya lo advirtió Fidel en su día. Tenemos una malicia muy diferente de la de los cubanos y, muchas veces, me hubiera gustado advertir a quien se cree que está engañando a un turista que es al revés, que lo que verdaderamente pasa es que el turista se está dejando engañar con mucho gusto. Lo intenté alguna vez, pero nunca me creyeron.
Nota sobre la fotografía: la tiré en Camagüey, a una desconocida, que se percató de mis intenciones y se acercó a mirar a la cámara. Nos intercambiamos una sonrisa, pero jamás cruzamos una palabra, jamás nos volvimos a ver. Desde aquí le envío mi saludo junto con mis mejores deseos.

6 comentarios:

Jueves dijo...

Sí, Femesmenota, yo también soy una abeja, y ahora más que nunca animal invertebrado... ¿Y dónde había puesto el aguijón?
CAsi casi te doy "la razón" en todo (cuidado, que ahí estamos perdidos, que nunca he estado muy cuerda...) salvo en la apreciación de lo que es o no es real. Lo que yo viví, amigo, fue real (¿nos robaron?, ¿nos engañaron más de una vez?, ¿nos veían siempre con cara de dólar?), aunque estoy segura, después de leerte y de leer a los otros compañeros de patio, de que no es la Cuba más hermosa, ni la Cuba por la que yo quise pasar mi tiempo de descanso en una isla, de que hay que saber detenerse en algunas esquinas, invertebrarse en la colmena y rascarse las picaduras si llegara el caso...
Creo que si vuelvo todo será diferente. Tendré, como poco, diez años más y algunas heridas a cuestas, estaré más cerca de morirme y me importará menos el calor.
Te agradezco todo lo que escribes y me emociona que quieras mostrarme lo que no he podido todavía ver... Por eso zarpo hacia tu animal de fondo casi todos los días, para recuperar la vista.
Y por lo demás, sigo aquí, intentando recuperar el paso, no sé si desacompasada para siempre. A mí tampoco me gustó nunca la simetría.
Un abrazo...

Animal de Fondo dijo...

Jueves, no estoy contento con este artículo. Lo escribí primero de una forma, lo rectifiqué; quería tocar de lado algunos temas, pero naufrago y me resulta difícil respirar. He llegado a pensar que por qué me habré metido en este lío.
La Habana es una ciudad compleja, tal vez mucho más difícil de abordar que el resto de Cuba. En la mayoría de los lugares de la Isla seguramente pesa más la inocencia y la bondad que ninguna otra cosa. Claro que sería real lo que te pasó, que seguramente Maykel o Yolanda nos podrían explicar mejor. Pero lo que yo me atrevería a sugerir es que tal vez no haya tanta diferencia entre lo que, como turistas, nos parece bondad o maldad hacia nosotros. En ambos casos, lo relevante, me parece a mí, es la distancia. Y hay un espacio que ocupamos como turistas mientras paseamos por la Habana que está verdaderamente muy lejos de Cuba, muy lejos de donde aparenta estar, aunque no nos demos cuenta. Eso es a lo que llamo falso, porque es una visión que no se parece a la verdadera, que no percibe la inmensa distancia a la que estamos de ellos mientras seamos turistas. Y en ese sentido, bondad o maldad hacia nosotros, son dos facetas del mismo alejamiento, que es lo que importa. Quiero decir que mientras ocupamos esa posición, de la que no es fácil salir, de la que a veces es casi imposible salir, los cubanos no nos ven como se ven a sí mismos. Yo intuyo que sienten una soledad inmensa cuando están junto a nosotros. Y si pretendemos portarnos bien, con lo que a nosotros nos parecen buenas acciones, o simplemente correctas, no vemos la frivolidad de nuestra forma de abordar las cosas. ¡Ay, cómo explicar lo que quiero decir! Pues intentándolo: Al principio nos parece que hemos hecho una amistad con algún cubano. ¿Qué sabemos de él? ¿Lo hemos escuchado o hemos hablado de nosotros mismos? ¿No nos hemos envanecido mientras contábamos nuestras emociones, las facetas de nuestra vida, las circunstancias de nuestro viaje, los pequeños problemas que en ese mismo viaje nos abordan -por desconocimiento-, en qué paladar comer, qué tabaco comprar, hasta nuestro deseo de compartir una cerveza, una coca-cola o un trago de ron? ¿no nos hemos dejado llevar por la idea de que verdaderamente somos más interesantes de lo que pensábamos? En cualquier caso lo que sí pienso es que en ese nivel, engaño o conversación amigable son la misma moneda, la moneda de la distancia, del dejarnos por imposibles, como un niño al que se ve y se comprende que no va a aprender a leer en este curso, por muchos esfuerzos que hagamos.
Así que saltar al otro lado significa relacionarse con los cubanos como ellos se relacionan entre sí, que es otra cosa. Es decir, es no estar tan ciego como para pensar que puede haber un discurso distinto cuando se hablan entre ellos y cuando hablan con nosotros. Y lo que interesa, el único sitio donde se puede estar es en esa otra parte, donde la sonrisa no es obligatoria, donde la desazón, la soledad y los momentos bajos también existen, donde los ojos, los imprescindibles ojos pueden de nuevo hablar, y claro que también está el sentido del humor y la alegría.
Por eso cuando yo he visto a tantas personas volver de Cuba encantados, pensando en los estupendos amigos que hicieron allí en una semana, creo que han visto una Cuba que no es la real, tan poco real como la de tu cara de dólar, aunque la tuya duela y la suya no, aparentemente. A ver si tenemos suerte y nos ayudan a explicarlo mejor.
Sé que no perderás el compás de tu corazón. Los otros compases no importan tanto -más o menos %).
Abrazos.

Cariátides dijo...

Me gusta el relato. Porque muestras todas las arista de esa complijidad cultural y social cubana. Me recuerda en parte y salvando las diferencias, lo que ocurre en Sevilla y pienso que en todos los lugares turísticos. Hay una Sevilla turística, con sus tópicos y sus roles que se reproducen para los fuera, para los "guiris" como aquí se llama a los extranjeros. No hay más que pasarse por el barrio de Santa Cruz, los alrededores de la catedral y el centro. Es una ciudad que se representa a sí misma, un teatro de la sevillanía, donde no faltan los buscaturistas: la gitana con el ramillete de romero leyendo la buenaventura, el cochero que ofrece un paseíto, el vendedor de postales en acordeón...

Y la Sevilla que se vive. Tengo amigos de fuera viviendo en Sevilla muchos años. Yo les sigo llamando aprendices de sevillanos. Siempre están descubriendo aspectos nuevos. Nunca están del todo dentro. Son matices, códigos, giros lingüísticos, expresiones, costumbres, forma de saludar, contacto corporal, gesticulaciones de manos al hablar, cómo pedir en el bar, etc. etc. etc. Me gusta mucho ir al norte, donde todo esto cambia. Donde soy yo el pez que esta fuera de su agua y así, al mismo tiempo, puedo conocernos más desde dentro.

Saltar de pecera es lo que tienes, nunca puedes ser totalmente del otro sitio, pero porque no lo eres.

Animal de Fondo dijo...

Querida Cariátides: viene estupendo tu comentario, que me parece que complementa muy bien el artículo y lo aclara. Es que intentar vivir en esa otra pecera es tan refrescante que parecería como una nueva oportunidad de vivir, de trasplantarse, de ser distintamente nadie; de ser ese que pudimos ser, en las circunstancias de otras peceras.
¡Gracias!

Prado dijo...

Toca ud. mi estimadísimo amigo Fmesmenota, temas con los que me he sentido profundamente identificado. La superposición de las ciudades, debo agregar, sucede incluso en estas tan pequeñas, como Guatemala. Se topa uno siempre con la misma gente. Y vaya, con esa maldad ingenua! acá, por estos lares es mezcla explosiva esto. Y de la poesía de su texto, me llevo sin lugar a dudas, la historia de la foto. Disfruto mucho de leerle, ahora que tengo tiempo. Un abrazo.

Animal de Fondo dijo...

Gracias por sus palabras, amigo Julio Roberto; es asombroso, pero en Cuba no hay esa superposición; es una de las maravillas de ese país: todo el mundo es nadie muy individualmente, que es una forma de decir que es todos también, o que es el uno, o que es el único; vaya lío me estoy haciendo. Pero prueba de ello es esa maldad infantil; se puede mirar a todos a los ojos; no hay esos tics ni ese enajenarse de uno mismo que es común en nuestros otros países; naturalmente que aquí, en España, está también esa mezcla explosiva de Guatemala y a nadie en su sano juicio se le ocurre arriesgarse a ciertas cosas. Pero en Cuba no, en Cuba yo no la he visto.
Lo de la foto sigue pareciéndome increíble, si hubiera ocurrido aquí. Pero allí fue lo más normal del mundo; la gente no te necesita, es libre, no quiere nada de ti; por eso puede disfrutar contigo por ese simple hecho. Aquél día a los dos nos divirtió la situación; ella sabía que todo el mundo la miraba al pasar, para eso se había pintado así. Y yo, que en otro país hubiera querido tal vez conocerla, estaba contagiado de su libertad de vivir, y me la tomé como una más de tantas maravillas que la vida me mostraba a cada instante. Y pasó el pajarillo y disfruté de verlo volar, como seguramente disfrutó ella de quedar en la emulsión como si se mirara en un espejo.
Otro abrazo.