miércoles, 9 de septiembre de 2009

LOS VALORES LITERARIOS. MIGUEL ESPINOSA

Por una sugerencia de nuestra amiga Jueves, voy a intentar escribir una pequeña serie hablando de algunos valores literarios que aprecio. Relaciones con la literatura puede haber muchas. La mía es un tanto particular. Siempre he usado la literatura para establecer un vínculo de amistad íntima con otros seres humanos, los autores de las obras que admiro. Poco me importa, por tanto, la cualidad o la importancia histórica de un texto. Lo que me interesa de un escrito es su capacidad de comunicarme con lo más íntimo del espíritu de otro, en una suerte de intercambio inmaterial que me permita establecer la amistad que busco.
He traído a colación en el título de esta entrada a Miguel Espinosa. Miguel Espinosa no es autor digerible para todos los estómagos y, por tanto, se aleja de los escritores a los que pretendo recomendar, que serán escritores llanos, sin recovecos y a los que, sin la menor duda, cualquier joven pueda amar. Mala cosa es empezar con una excepción y si lo hago es porque Miguel Espinosa aclara perfectamente esta necesidad de tratarse con gentes extrañas, alejadas en el espacio y el tiempo, que he confesado en el primer párrafo es el origen de mi pasión por la literatura.
En un libro un tanto particular, Asklepios, Miguel Espinosa se confunde con un espíritu griego nacido en nuestra edad. Como Miguel, ha de haber algunos otros griegos contemporáneos a nosotros, pero, a diferencia de Miguel, no creo que lo sepan a ciencia cierta. Ser un griego de la época clásica en nuestra España acarrea no pocas dificultades sobre todo afectivas; tal vez la obra de Miguel, asombrosamente lúcida y tal vez un poco amarga refleje las contrariedades de esta circunstancia.
Veamos cómo cuenta Miguel Espinosa el descubrimiento de su condición:
"Durante la infancia experimenté confusas intuiciones de mi origen, principalmente a través de sensaciones y por el habla de las cosas en reposo; también los sueños me mostraron entonces la luz de mi patria, como dije. Pero solamente al alcanzar la adolescencia pude saber mi condición con certeza. En efecto: conforme me diferenciaba del mundo, y me apartaba a la reconcentrada interioridad, me advertía distinto de quienes me rodeaban, y, sobre todo, configurado de otra sustancia, tanto en el sentir como en el enjuiciar y querer. ¿Qué podría hacer entre bárbaros un adolescente de esa condición? Indudablemente, nada de marchar al son del tambor, en fila guerrera, si horror para muchos, indecible tormento para un griego; nada de imitar la estúpida utopía espartana, inventada por Plutarco como mito antitético de Atenas; nada de militar en las logias y sus tortuosidades, que ahogan toda espontaneidad; nada de profesar a maestro alguno, transformándome séquito en espera de porvenir; nada de asentir y alabar al que dispone, ni secundar griteríos de aplausos y mansedumbre, ordenados y estructurados por el Poder Político; y nada, en fin, de colaborar, participar ni intervenir. [...]
"Entre los males del exilio, amén del exilio mismo, tuve que conocer y soportar la agresividad de las gentes, que no podían soportar la existencia de mi mundo aislado y tranquilo. Un resucitado nunca es bienvenido, y yo parecía ciertamente un resucitado. Algunos me llamaban inadaptado, por creerlo preciso; otros, soberbio, por considerarlo más de acuerdo con la ortodoxia de pasados siglos; y otros, extravagante y loco. Muchos me inculpaban de enemigo de la utopía; otros, de antagonista del Poder constituido; otros, de adversario de los eclesiásticos; y otros, finalmente, de nihilista y malvado. Todos parecían decir: "Quien no está conmigo, está contra mí". Y tenían razón; estaba en verdad contra ellos, aunque no sabían que me movía por naturaleza, y nunca por intereses y conveniencias de novicio o conjurado, como creían desde su fe. Yo les era impermeable, y ellos a mí, como animales de distintas especies. No había posibilidad de concierto."
Comprendo muy bien el sentir de Miguel Espinosa. Yo también crecí en una sociedad que sentía como extraña. Recuerdo, en el colegio, una repugnancia insuperable hacia el espectáculo de la crueldad gratuita y superflua, que a veces sucedía en mi tiempo. Me enorgullezco a solas de que jamás desprecié a nadie, tuviera vidrios espesos delante de sus ojos o tartamudeara al hablar, fuera alumno compañero o profesor. Los motes a los maestros, que revelan la inseguridad de quienes los usan, pretendiendo ridiculizar a quien, evidentemente, por su condición y su circunstancia, nos supera en ese momento en todo, nunca fueron de mi agrado, nunca los usé. La adulación, siempre alrededor nuestro en la vida, me pareció despreciable desde la infancia. Siempre tuve amor a quien se esforzaba por enseñarme algo.
Plebe hubo en tiempo de los clásicos y no ha desaparecido aún. Difícil compaginar a veces el amor natural hacia la humanidad con el desprecio a los comportamientos plebeyos que, aunque no queramos juzgar, nos apartan de nuestros semejantes y nos irritan. Baste decir que la literatura fue y puede ser aún un medio para tratarse con seres más nobles que los que, por azar, nos circundan. Sirve también, y me sirvió a mí, para comprender que uno no es tan bicho raro como puede parecernos en la tormentosa adolescencia, cuando nos sentimos descubrir nuestra desigualdad, aclarándonos nuestra condición y haciéndonos ver que, en definitiva, nuestra naturaleza es la común a todos, aunque por un momento en la vida no nos lo parezca.
Baste por hoy como preámbulo, con la intención de que sigamos hablando de valores literarios en la siguiente entrega.
PD. Hay una página sobre Miguel Espinosa donde puede escucharse su voz, en una entrevista de 1981, además de ofrecer algunos fragmentos de su obra: Miguel Espinosa

9 comentarios:

Yolanda Molina Pérez dijo...

Hermosas tus evocaciones, que gusto poder presumir de una temprana lucidez, en cuanto a Miguel conozco la "impermeabilidad" y que bien se siente mantenerte seco.
Un abrazo

Jueves dijo...

No conocía a Miguel Espinosa, y ha sido un placer leer estas primeras líneas... ¡Un griego de los de verdad en estos días! ¡Gracias!

Es cierto; muchos nos sentimos en los años terribles de la adolescencia bichos raros, monstruos, extraterrestres... Algunas veces, cuando me despertaba, veía desde la cama un círculo dorado posado en las cortinas de mi cuarto, completamente definido, con un "agujerito" en el centro ¡como si fuera una rosquilla sideral!... Y me decían mi corazón y mi deseo que aquello eran señales de mis verdaderos congéneres que no me olvidaban, que me decían que no tardarían mucho en venir a rescatarme de ese mundo de bárbaros... Tan bárbaros que no contaban con la posibilidad de que yo fuera buena en algún momento del día.
Quizá por eso, a los extraños que me rodeaban, les robaba dinero para comprarme cuentos.

Seguí después forzando la retina y el iris, convirtiendo las flores rosas de las cortinas en jardines colgantes. Hace poco lo volví a ver...

Gracias, Animal, ¿empezamos el curso?

Animal de Fondo dijo...

Gracias por tus palabras, querida Yolanda. He vivido como todos, con algunos aciertos y muchas meteduras de pata. Unos nos equivocamos en unas cosas y otros en otras. La "impermeabilidad" hace que nos sintamos bien en la madurez, pero nos hace frecuentemente sufrir en la juventud y, sin literatura, sufrir en soledad. Un abrazo.

Animal de Fondo dijo...

Querida Jueves: cada una de tus visitas ilumina esta página inundándonos, desde siempre, con tu cariño y con tu ternura. Ya sabes que he empezado a escribir sobre este tema gracias a tu maravilloso estímulo, así que por este año ya has ejercido de maestra en alguien: en mí.
Creo que comprendemos muy bien ahora nuestras respectivas adolescencias, pero estoy seguro de que si entonces nos hubiéramos encontrado no nos habríamos atrevido a franquearnos el alma. Pero creo que los dos hemos intentado mantener, de entre los propósitos de entonces, la idea de no convertirnos en seres como aquellos bárbaros que nos rodeaban.
La verdad es que creo que Miguel Espinosa es un escritor interesante, que sorprende con lo radical de sus actitudes. Aspiró, tal vez, a escribir una obra universal, como debe hacerse, pero nunca será escritor para muchos. Su expresión formal, para mí, es menos contingente que el fondo de lo que escribe, aunque éste nos interese, y mucho, todavía. Pero a la larga, lo sereno perdura más que lo amargo. Tal vez sea el buen escritor que Cela pudo ser antes de malograrse.

Joselu dijo...

¡Qué de recuerdos acres me trae la palabra adolescencia! Desgraciadamente en aquellos años no pude encontrar en las páginas escritas la comunicación con espíritus que hubieran padecido lo que yo en aquellos momentos estaba pasando. No sé si siquiera yo les hubiera prestado oídos. No guardo de aquellos años muy buen recuerdo y yo no era mejor que otros, pero sí que recibía la crueldad de mis compañeros. Recuerdo, eso sí, el descubrimiento de la ficción, de la aventura en estado puro, que me sacaba de la sordidez de aquellas tardes eternas. Fue más tarde cuando pude acercarme a sensibilidades semejantes a la mía, con las que podía mantener un diálogo a pesar de la distancia y del tiempo. Me hubiera gustado tener un mentor, real o literario, que me hubiera orientado. Sólo recuerdo a un buen hombre, médico de profesión, extraordinariamente humilde que me pasaba una revista médica llamada La hora XXV y que era una recopilación de relatos literarios de primer orden. Allí, por fin, pude entrar en la literatura a través de Stevenson, Wilde, Eça de Queiroz, Pedro Antonio de Alarcón, Poe, Maupassant... Ahí creo que empezó mi formación sentimental y artística. Hasta entonces me había movido entre las novelas juveniles y hasta del oeste. Pero al menos tuvieron la virtud de mantenerme al margen en alguna manera de la grisura de aquellos años tan tristes. Eso y posteriormente mi descubrimiento de Los Beatles. No conocía a Miguel Espinosa, pero lo pongo entre mis autores a encontrar. Percibo en tu blog -maravillosamente minoritario- un ambiente de quietud y amor al conocimiento que me serenan. Un cordial saludo.

Animal de Fondo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Yolanda Molina Pérez dijo...

Francisco: Alguna vez comentamos sobre nuestro temprano acceso a la literatura y ya habías hecho referencia a la biblioteca de tu abuelo, yo no tuve esa dicha que ya sabes que las casas en Cuba no suelen tener estos lujos, pero sí había un librero bastante grande y bien surtido, no con lujosas ediciones sino con las Huracanes o Gente Nueva de producción nacional, hojas gacetas y fácil "desencuadernación", aún así la voracidad de mi padre, su buen gusto y la accesibilidad de aquellos años me puso en contacto tempranamente con Balzac,Zola, Víctor Hugo,Proust, Tolstoi, los hermanos Mann, Hesse, Chéjov, Shólojov, Cervantes y el realismo socialista soviético, también estaba en casa todo lo publicado por García Márquez y mi hermana coleccionaba Agatha Cristie, me permitieron leer sin supervisión de adultos, eso fue una gran suerte y a la vez una gran sorpresa, pues cuando a los diez años comencé a intercambiar textos con compañeros de aula descubrí un mundo en las aventuras hasta ese momento totalmente desconocido.
La literatura creo que me salvó de muchas cosas en la adolescencia, tengo dos años de adelanto escolar, en ese período aquello debió de ser fatal cuando lo miro desde mi adultez, pero no lo recuerdo así, leía mucho y no era la única, pero si la única que era aceptada por el resto del grupo, y era como el puente según lo veo ahora, me parece que se debía a la insolencia que me caracteriza, y como era en gran medida líder de la indisciplina, creo que eso me confería un status ante la mayoría, los libros la posibilidad del diálogo con los "herméticos", sobrevivir en una beca con tan pocos años no es tarea fácil y nunca lo había visto así, finalmente en esa etapa creo no haber estado en ninguna parte, pero sin los libros no hubiese sido posible, no sin un refugio para el tedio de 11 turnos de clases diarias, fueron mi puerta de salida y entrada, estuve allí en aquellos pasillos, albergues y aulas, quedó un poco de ellos en mí,pero no creo que dejara yo nada.
Los libros han seguido conmigo, ahora creo es cuando menos leo, mi tiempo no alcanza y me van quedando deudas pendientes en tanto la vida pasa y ya no sé si pueda ponerme al día, aunque tal vez uno nunca lo logra, o al menos no totalmente.
Muchos de los textos que había en mi casa se perdieron en un capricho organizativo de mi hermana que desterró el librero a un cuarto en el patio, todavía era una adolescente cuando mis padres lo consintieron y nada pude hacer, más recientemente otro de sus antojos hizo lo mismo con mis libros dejados en Holguín y perdí ejemplares que sé no voy a poder recuperar, entiendo cuando dices que no hay mala intención, es inversión de prioridades, puedo tirar cualquier mueble de mi casa de Holguín sin pena alguna, si pudiera con eso recuperar mi desvencijado librero, en otra vida trataré de recordar, no lo puedo dejar atrás...
Un abrazo

Animal de Fondo dijo...

Pues me parece que tenemos, Yolanda, muchas lecturas complementarias. Yo apenas he leído a los rusos y de los autores que citas a los únicos que conozco bien es a Cervantes, a Proust y a García Márquez. Ya supongo que con tus tareas de trabajo, además de las de madre, no tendrás tiempo disponible, pero se me ocurre la idea de lo bueno que sería, para mí al menos, que escribieras dentro de esta serie de los valores literarios que me propongo hacer. He pensado en esta serie, como digo, gracias a un correo de Jueves. Lo que voy a intentar es escribir sobre los autores que considero amigos íntimos míos, con la intención de que tal vez consiga extender su amistad a alguna persona más. Así que, como me parece que los dos somos buenos lectores, nos complementaríamos muy bien. En la literatura cubana hay, evidentemente, maravillas donde a mí me cuesta mucho entrar. Simplemente Martí, que en Cuba tiene una difusión grande, no es conocido en España. En cualquier caso, considero que el tiempo que le dedicáramos a esto no sería perdido, ya que ahí quedarían nuestras palabras al menos para nuestros hijos. He dicho literatura cubana queriendo decir que todo lo que se refiere a ella a mí me interesa, pero lógicamente se trataría de que escribieras lo que a ti te diera la gana, dentro de esa parte lectora-literaria que no tocas tanto en tu blog y que sí es más acentuada en la temática del mío. No insisto más; no tengas pena en decir que no; si te apeteciera, bastaría con mandarte una invitación al blog y ya estaría.

Veo que los dos hemos perdido algo que queríamos, no tiene importancia la encuadernación, creo que para los dos representaría un valor parecido. Es, sobre todo, que los elementos que conforman el mundo para un niño, las cosas que éste se encuentra en sus primeras visiones de todo, nos hacen creer, en esa edad, que el mundo es así. No solamente libros o cosas, también nuestros abuelos, los amigos de éstos, la configuración de las primeras calles que visitamos, todo se incorpora al primer mapa que trazamos de la vida. Y si es el mismo niño quien se ve obligado a borrar esas trazas de las que inevitablemente hubo de encariñarse, le duele. Pero escuchar la narración de tus deslumbramientos y tus pérdidas, tan semejantes a los míos, me ha consolado, y me ha hecho recordar, desde la visión del adulto que soy, que solamente no se pierde lo que se da y que va siendo hora ya de dar y que, en definitiva, nada tiene tanta importancia como le atribuimos a veces, desde una visión eternamente infantil.

Animal de Fondo dijo...

He suprimido un comentario en el que hablaba de la biblioteca de uno de mis abuelos, ya que molestó a un familiar.