viernes, 4 de septiembre de 2009

POR QUÉ NO LEER A NUESTROS CONTEMPORÁNEOS


El consejo es el que me di a mí mismo en mi pubertad y lo repito ahora: es absurdo leer a escritores vivos sin haber leído con intensidad y amplitud a los muertos. No sé qué efecto te hará mi apreciación, querido lector, expuesta tan sucintamente; trataré de explicarme con un poco de más detalle.
En cada siglo habrá dado la humanidad diez, cien hombres verdaderamente geniales; nuestra vida es breve; apenas da para conocer la obra de unos pocos. ¿Dilapidaremos este limitado tiempo entregando nuestro pensamiento a las manos de quien leemos al azar? ¿Nos dejaremos guiar por el limitadísimo conocimiento de los críticos? ¿Supondremos -y es mucho suponer- que nos aconsejarán las lecturas sin intereses personales? ¿Confiaremos en los esfuerzos publicitarios de los negocios editoriales? El tiempo todo lo depura, y la memoria colectiva es mejor crítico que el ganador del último premio de la crítica "dont chaque édition fait regretter la précédente". Los escritores cuya obra pervive a través de los siglos son, sin duda, más interesantes que nuestros vulgares vecinos. Tal vez uno de estos vecinos quedará, sí, pero será sin duda uno solo y para conocerlo habrá que rebuscar entre miles que nos harán perder el tiempo.
Borges decía que quien busca novedades las encontrará en los antiguos; los contemporáneos, según él, se parecen demasiado a nosotros. Siento disentir de mi querido Borges. Los antiguos, según creo, también se parecen demasiado a nosotros. Quien escuche la voz de los latinos y de los griegos escuchará sin duda su propia voz, nuestra propia voz, modulada en otro tiempo. En los clásicos están reflejadas todas nuestras emociones. ¿Es posible leer algo sin haber leído antes a Séneca, a Epícteto, a Marco Aurelio, a Plutarco, a lo que nos queda de los presocráticos, sin leer "El Origen de la tragedia" o "Humano, demasiado Humano"? Es posible, seguramente, pero es un error, no leer a Quevedo, a Cervantes, a Góngora, a Garcilaso, a Stendhal, a Bécquer, a Alarcón, a Rosalía, a "Los dos Luises", a Azorín, a Chesterton, a Proust, a Kavafis, a Fernando Pessoa antes que a cualesquiera de nuestros contemporáneos. ¿Alguien concibe que se lea al último premiado con un premio prestigioso de poesía sin conocer a fondo la Obra de Juan Ramón? No sé si se concibe o no, pero estoy seguro de que se lee a algunos poetas gazmoños por la simple recomendación de un político, recomendación que en justicia debería ser un seguro criterio para no leerlos.
¿No se puede leer a los escritores vivos? Claro que se puede; yo los he leído. Cómo no leer en su día a Cortázar, a Gabriel García Márquez, a Borges, a Alejo Carpentier, a Alfonso Reyes, a Miguel Ángel Asturias, a quien fui a velar, los dos solos, al Hospital Jiménez Díaz, en Madrid, y que fue el primer hombre muerto que contemplé en mi vida. Lo que pienso es que antes hay que tener un criterio formado que nos permita reconocer al primer vistazo quién tiene interés y quién nos hará perder el tiempo. Y ese criterio lo da la lectura de buena literatura. Y para estar seguro de que se lee buena literatura hay que leer a los clásicos. Los clásicos no son aburridos. Quienes aburren hasta el extremo son la mayoría de los contemporáneos.
Como creo que mi criterio queda expresado, terminaré a mi vez con una pregunta: ¿Se debe, a partir de cierta edad, leer algo que no sea releer? Agradezco desde ahora tu respuesta, querido lector.

8 comentarios:

Aaoiue dijo...

Cada vez hay más librerías donde el 90% del material es novísimo, pero es imposible encontrar los sonetos de Shakespeare. Esa es mi respuesta como tu lectora y la de apreciar -con tanto año Cortázar, que de verdad que ya me tiene hartita- que Quevedo esté ahí vivísimo como imagen del post. Para mí lo está. Decía d'Ors, "todo lo que no es tradición es plagio" y yo, modestamente, lo subscribo.
Un saludo, animal.

Yolanda Molina Pérez dijo...

Francisco he leído varias veces tu post antes de escribir este comentario, cada vez que de una u otra forma se trata el tema de orientar lecturas, me remito inexorablemente a Lezama y su Curso Délfico.
Leer los clásicos es imprescindible, pero no todos tienen la suerte de una buena guía, ni se aprende a leer en el orden ideal, creo que lo importante es hacer de la lectura un hábito, si hay inteligencia y capacidad de discernimiento llega por si sólo el proceso de decantación, incluso cuando has leído muchas cosas malas y llegas a los clásicos el descubrimiento y el goce es superior, percibiendo la posibilidad de descartar la hojarasca anterior.
Los contemporáneos merecen el beneficio de la duda, no me fío de los críticos, en ninguna manifestación, necesito la experimentación sensorial y si releer es un placer seguro, no renuncio por nada del mundo al de la exploración.
Un abrazo.

Abstemia obligada dijo...

No sé si estoy de acuerdo. Es como si en tiempos de Quevedo, Góngora, Lope, Cervantes, Fray Luis... alguien hubiera dicho que convenía leer a los contemporáneos y que sólo merecían la pena los clásicos latinos y griegos por las razones que apuntas. El tiempo presente es confuso, está cargado de ruido, triunfan los mediocres y las voces más oídas son las de menor calado, más en nuestro tiempo frenético y desbocado en el que no hay tiempo para la profundidad y la densidad. Hemos de ir rápido, parece que los clásicos han sido orillados por la velocidad de nuestro vivir. No hay que olvidarlos -aunque pertenecen a un tempo distinto al nuestro-. Sin embargo, entiendo que el presente ofrece un desafío al que no podemos sustraernos. Yo al menos como profesor no hay error mayor que pudiera cometer que aislarme del presente, de ese latido que nutre a mis alumnos -que no saben qué son los clásicos y probablemente no les interesarían en absoluto-. He de vivir aquí, he de conocer qué se está haciendo aquí y en este momento. Si pudiera apartarme y recluirme en una masía fuera del tiempo probablemente podría dedicarme a los clásicos, pero no es mi caso. Incluso el hecho de no saber de fútbol es un handicap en la relación con mis alumnos. Hay una reflexión que está en el núcleo vivo de toda la antigua sabiduría oriental: aquí y ahora. Un saludo muy cordial.

Animal de Fondo dijo...

Aaoiue, lo de las librerías hace tiempo que es verdad; cuando era estudiante miraba libros que no podía comprar en ese momento y sabía que allí estaban, esperándome. Sentí que el principio del fin vino con la venta de la editorial Aguilar a Crisol. Me quedé, por ejemplo, a falta de un tomo en las obras de Stendhal y de Pérez de Ayala, que iba comprando en el orden que me interesaba más. Al principio me disgusté mucho, pero no va a estar uno siempre enfadado; intenté convencerme de que peor para ellos; pero la verdad es que fue peor para nosotros. De todas formas, supongo que conocerás la librería de Abelardo Linares, que suple un poco esa falta social nuestra, con su fondo y con sus facsímiles. Habla mucho de nuestra sociedad esto que comentamos.
¡Qué tiempo tan distinto aquél en que la edición de los sonetos de Shakespeare -ya que los citas- de Agustín García Calvo salía de nuevo después de un par de años de estar agotada y, horror, tan cara como antes ;-)

Quevedo no solamente está vivo para nosotros, para ti y para mí; seguro que tú también lo sientes como un buen amigo, alguien a quien apoyar; ¡Cómo nos hace sufrir en San Marcos! Delibera durante mucho tiempo si alguien merece ser admitido en tu amistad, decía Séneca, pero una vez que te decidas, admítelo hasta el fin. Quevedo no nos permite deliberar durante tanto tiempo; me parece muy difícil no empezar a quererlo a los dos o tres versos.
Mira que he usado yo, Aaouie, la frase que citas sobre la tradición. Es que pocas frases hay tan verdaderas.
No me había enterado de que fuera año Cortázar.
Un abrazo fuerte y gracias.

Animal de Fondo dijo...

Llevas mucha razón, Yolanda, y si hago memoria, en mis primeras lecturas infantiles hubo mucho de todo; no obstante, enseguida me di el consejo que he descrito y lo he seguido casi a rajatabla durante toda mi vida. La verdad es que si hay esa capacidad de discernimiento termina ocurriendo lo que dices.
De todas formas, creo que la situación editorial de nuestros países es muy distinta. No sé si viste la broma Biblioteca virtual de los diez mil libros que le gasté a Maykel en mi entrada Buscando libros de María Zambrano . Lo que ahí era un chiste, es la realidad de nuestras librerías; centenares de libros pésimos que son sustituidos cada tres meses por otros cientos iguales. Y me da pena ver a tanta gente de edad madura comprar esos libros y referirse a ellos con la creencia de que eso es la literatura. No sé si podrán salir de ese círculo, porque los pocos clásicos que se ofrecen para la venta son de lectura obligada en los colegios y no me cabe duda de que esa lectura obligada los hará odiosos a un buen número de lectores.
La exploración, en Cuba, por lo que sé, pienso que será algo distinta. Por lo menos, yo siento un interés grande y apasionado por lo que se escribe allí, aunque no tanto por lo que escriben aquí gentes que nacieron allá. Pocos libros me han gustado menos que uno que leí de una tal Z. Valdés, de apellido, para mí, ilustre, por Marta sobre todo. Pues hay quien piensa que eso es literatura, porque viene acompañada de un impulso grande de apoyo de los grandes medios de comunicación.
No sé qué era el Curso Délfico pero me gustaría matricularme. Un abrazo y, como siempre, gracias por estar ahí.

Animal de Fondo dijo...

Gracias por tu visita, amigo profesor Abstemia obligada. Sospecho -perdona si me equivoco- que no has hecho amistad con los clásicos, tal vez por falta de trato, lo que me parece muy bien; pero si fuera así, te pierdes un gran gozo, en mi opinión. Estoy de acuerdo contigo en como describes nuestro tiempo presente, pero pienso también que no es obligado seguir ese ritmo superficial. Los clásicos no están, al menos espiritualmente, en otro tiempo; por el contrario, según yo lo percibo, claro, son idénticos al ser humano que nosotros somos. Ellos también se vieron impelidos por las costumbres sociales, soportaron el triunfo de los mediocres que dices, dejaron de lado, pero a su lado, la adulación característica de su sociedad tanto como de la nuestra. Y nadie mejor que ellos -sigo insistiendo en que solamente es mi opinión- aclara ese desafío del presente "al que no podemos sustraernos".
Aquí y ahora, sí, pero de la manera que queramos vivir y no de la manera que nos impongan, creo yo, hasta donde podamos, claro.
Espero que no te parezca mal que discrepe un poco, ya que te dirijo estas palabras con la misma cordialidad que advierto en las tuyas y, además, te agradezco sinceramente la visita.
En cualquier caso, Abstemia obligada, te copiaré un breve escrito, citado por la pareja Borges/Bioy:
"Nunca el dragón estuvo con mejor salud y más entonado que la mañana en que Perseo lo mató. Se dice que Andrómeda comentó después con Perseo la circunstancia: se había levantado tranquilamente, con muy buen ánimo, etcétera. Cuando le referí esto a Ballard, se lamentó de que ese rasgo no figurara en los clásicos. Lo miré y le dije que yo también era los clásicos."
Samuel Butler, Note-books .

Joselu dijo...

Sería prolijo entender por qué mi comentario en lugar de ir firmado como Joselu ha aparecido como Abstemia obligada. Ha sido un error del que no había sido consciente hasta que con inquietud he visto el comentario publicado. Lo siento. Me reafirmo, sin embargo, en lo dicho en el mismo aunque hay un error cuando digo que en tiempos de Cervantes, etc alguien hubiera dicho que "no" convenía leer a los contemporáneos y sí a los clásicos. Doble disculpa. Ahora pasa lo mismo. Uno podría dedicarse a leer a Plutarco, a Petronio, a Marco Aurelio, a Séneca... y estaría muy bien. Magnífico. Pero yo aprendí en el tiempo en que practiqué el budismo, que el ser humano ha de vivir en su tiempo, que no puede ser ajeno al mismo, que ha de vivir en él, en sus contradicciones, en su complejidad, en su oscuridad tambaleante para extraer eternidad de lo que es devenir ciego y agitado. El sabio vive en su tiempo, conoce su tiempo. Es inútil abstraerse de él. Está bien que lo combine con el conocimiento clásico, sin duda en él está todo. En Séneca, en el Mahabarata, en el Ramayana, en el Tao Te King, en Whittman, en Proust, en Gide, en Saint-Exupery... Pero a la vez he de penetrar en mi tiempo. He de conocer a Lisbeht Sallander, la protagonista de las novelas de Larsson, he de conocer las obras que pueden llegar a mis alumnos a los que el pensamiento clásico es absolutamente ajeno. No puedo estar fuera del tiempo que me ha tocado vivir por vulgar que pueda parecer, el contacto con otros hombres de mi tiempo exige que yo los comprenda, más si soy profesor y he de llegar a chavales de quince o catorce años. Ahora sí, aparezco con mi nombre. Disculpa la aparición anterior.

Animal de Fondo dijo...

Hombre, Joselu, qué alegría verte de nuevo por aquí. Además, ahora sí que puedo discrepar contigo sin miedo a que te ofendas. Y discrepo.
Dices que el ser humano ha de vivir en su tiempo como si la obra de los clásicos estuviese tan muerta como los que la escribieron. Y esto no es así; la obra de los clásicos está más viva que ninguna otra, es actual, porque actuales somos nosotros y es sobre nosotros sobre lo que versa. Es que dos mil años no son suficientes para cambiarnos significativamente en lo esencial.
Y con la cita que puse de Samuel Butler tal vez quería decir que en definitiva toda obra de literatura que tenga verdadera altura y entidad es "los clásicos". Comprendo que en cada momento de la vida nos toca desarrollar una faceta de nuestro ser. Pero no encuentro gusto en leer mala literatura aunque se edite en un millón de ejemplares.
Estoy de acuerdo y respeto tu deseo de comprender a los hombres de tu tiempo; lo que pongo en duda es que esos hombres sean distintos a los que fueron un día. Y que conste que lo que haces nunca me ha parecido vulgar en lo más mínimo.
Por encima de todo, queda el gustazo de leerte en esta casa o patio, como Maykel llamó a estos blogs, y nuestra querida Jueves todavía recuerda. Y hablando de hombres, ya Borges dijo, a mí me parece que con tino, "hablo del uno, del único, del que siempre está solo."
¡Viva Cuaderno de África!
PD. Si alguna vez puede ser, me cuentas la aventura de Abstemia obligada.