lunes, 21 de junio de 2010

FLORES DE UN JARDÍN MUERTO

Mi abuelo, que murió en 1966, tuvo un jardín donde pasé, feliz, parte de mi infancia. Hace unos veinticinco años, poco antes de la destrucción total de aquél lugar, me llevé conmigo cuatro macetas. He vivido en bastantes pisos diferentes, he sufrido muchos traslados. Siempre las macetas de mi abuelo fueron conmigo a todas partes. No sé bien por qué y tal vez escribo estas líneas para saberlo.

Este año he sustituido la cerámica de dos de las macetas por plástico. El barro cocido se desintegraba. Mi mujer me dijo que la tierra estaba agotada. Mi mujer siempre, pero siempre, lleva razón en los consejos que me da. Sin embargo, se dejó convencer por mi razonamiento de que mezclando la tierra con otra nueva abonada todavía podría servir. Ahora me doy cuenta de que no se dejó convencer sino que me sobrellevó una vez más, porque veo todavía su sonrisa al aceptar mi propuesta.
Esta primavera una de las plantas de mi abuelo ha florecido. Es un geranio rojo, que ha sufrido enfermedades sin fin, y que sospecho está ya en el tramo final de su vida.
¿Por qué me importa esta vida vegetal que me acompaña? ¿Por qué siento, mientras me desmorono yo mismo, que se acerque a este grupo de amigos que son estas plantas la vejez y la muerte? Ellas me han acompañado en silencio, mostrándome su vida sencilla y venida a menos. Nacieron en un bello jardín y ya han pasado veinticinco años en miserables terrazas, en pequeños balcones, con agua y alimentación escasas. Su forma de quejarse ha sido siempre languidecer. Yo, cuando he visto que lo hacían, siempre he corrido a intentar resarcirlas de mi falta de atención y de mi frivolidad anterior. Frivolidad sin remedio que se ha repetido a lo largo de los años. Ahora, sin rencor, florecen.
Creo en el ruiseñor de Yeats y por lo tanto descreo de la individualidad de estos seres queridos. Descreo también de la existencia de mi propia individualidad. Lo que haya de personal en mí es lo que no vale nada, estoy seguro. Sin embargo, ¿qué hace que las cuatro plantas y yo, cinco seres anónimos, sigamos queriendo compartir el mismo espacio? 
Pero alguien me responde tal vez con el último verso del poema de Elizabeth Barrett-Browning que tanto me gusta: "Te equivocas. Es el amor, no es la muerte."

10 comentarios:

Eloi BLQ dijo...

si pudieras llegar a separarte del geranio rojo, estoy seguro que tendría una oportunidad de tener "descendencia", solo tendrías que transplantarlo en un lugar adecuado para él, otro jardin, cerca de rocas o arbustos, en buena tierra. Si quieres hacerlo, espera a después del verano y ya verás que en tres o cuatro años, incluso menos, tendrás unos cuantos geranios que han crecido a su alrededor, capaces de resistir 25 años más a tu lado, con tus traslados... acompañarte hasta el final, siendo el mismo geranio de tu abuelo. Mas comprendo que es difícil.

saludos

Joselu dijo...

No soy demasiado entendido -más bien nada- en esto de las plantas, pero entiendo tu desolación ante lo que parece el final del ciclo de esos geranios que te conectan con tu abuelo, que te lo evocan, que te lo traen al presente. No dejan de ser presencias o relaciones invisibles las que establecemos con los objetos, más allá de su función pragmática. Los africanos piensan que todo tiene alma o espíritu, que todo está ligado a las fuerzas de lo invisible, de lo sagrado. No sólo los africanos, sino todos los pueblos considerados "primitivos" en los que en su código de conducta está el respeto absoluto por la naturaleza. No sé si la solución es la que plantea Eloi, no lo sé, pero entiendo tu sentimiento expresado con delicadeza y capacidad evocadora.

Yolanda Molina Pérez dijo...

Las primeras palabras de este post me trajeron con inmediatez a la memoria Un rey en el jardín, de Senel...
A veces nos aferramos a objetos, en este caso plantas, que con sólo mirarlas nos conectan a una etapa que nos gusta evocar, sea cual sea la razón que nos devuelva con agrado a ella.
Me encantan las plantas, pero como para muchas otras cosas en la vida, creo que cultivarlas y obtener en ellas muestras de esplendor, requiere de un don, "tener mano para eso", como decimos los cubanos, confieso no tener la gracia que ellas exigen, mi casa de Holguín tenía muchas pero eran fruto de mis deseos canalizados en las manos de mi padre.
No sé que recomendarte para alargar la vida del geranio, pero 25 años no es poco tiempo y menos si es un tiempo en el que has burlado la muerte que aniquiló aquel jardín, menos si ese jardín es como diría la Yourcenar "...una idea de quietud al borde de una inquietud".
La presencia o no del geranio no es lo más importante, sino lo que salvaste con él...
Un abrazo....

Animal de Fondo dijo...

Eloi, muchas gracias por tu consejo. El problema para transplantarlo es que no tengo ningún lugar donde hacerlo y no confío en la suerte del geranio si lo coloco en un espacio público. Creo que si le brotaran nuevas "ramas" podría cortar una de ellas y ponerla en otra maceta, ¿no?.
Por cierto, me gustaron mucho tus fotos. Amapola está ya grande y Caro, hay que reconocer que es guapísima. Un abrazo.

Animal de Fondo dijo...

Gracias, Joselu, tus palabras sobre el alma de los objetos me han hecho reflexionar un poco más para desentrañar el por qué de todo esto. Aunque me está quedando un poco complicado, intentaré desenmarañarlo lo que pueda y publicarlo.
Un abrazo.

Animal de Fondo dijo...

Querida Yolanda. Te echamos mucho de menos. Parece mentira cómo hemos ido tejiendo una red entre Maykel, tú y yo, de modo que a lo largo del tiempo os voy sintiendo a los dos poco a poco como si tuviéramos una relación casi familiar. ¡Y nunca nos hemos visto ni hemos escuchado el sonido de nuestra voz!
No conozco a Senel, ni siquiera de oídas, así que me gustará que me ilustres.
Yo tampoco tengo el don, pero me siento culpable de no tenerlo, porque no he dedicado a lo largo de los años el esfuerzo que se precisa para todo. Así que de algún modo pienso que estas plantas me muestran más amor a mí, sobreviviendo a pesar mío que yo a ellas, ya que las descuido muchas veces.
Aspiro a desprenderme de todo antes de que la vida me desprenda por sí sola e intento hacerlo. A veces eso provoca en mí una frialdad excesiva ante lo humano; no sé desenvolverme de otra manera. Por eso mismo es por lo que te dije que debía callar en tu última entrada. Siempre intento racionalizarlo todo. De ahí mis problemas con Lezama, aunque ya le he dicho a Maykel en su blog que parece ser que voy progresando un poco.
Me encanta Marguerite Yourcenar; hace muchos años que no la leo y no recuerdo tu cita.
Y como le he dicho a Joselu, en el siguiente post intentaré desentrañar eso que he salvado. Pero por lo que llevo escrito, no sé si con mucho éxito.
Un abrazo muy fuerte.

Yolanda Molina Pérez dijo...

Francisco supuse que conocías a Senel Paz, muy conocido internacionalmente por ser el autor del cuento que dio origen al guión de la película Fresa y Chocolate que también fue él quien realizó la adaptación al cine, el cuento en cuestión se llamó El bosque, el lobo y el hombre nuevo y a principios de la década del 90 ( fecha en que creo estabas muy vinculado a la isla) causó un gran revuelo en este país.
La cita de Yourcenar, es del Alexis, y la usa el protagonista para calificar su infancia como una idea de quietud al borde de una inquietud, en lo particular me gusta mucho, aunque quizás nos sea textual pues ya sabes que la calidad y fidelidad de las traducciones no siempre es la mejor, lo leí hace muchos años, ni idea de cual era la edición que consumí en ese entonces, cuando por cierto ella era bastante desconocida en Cuba.
Me alegra que esa sensación filial, sea recíproca.
Un abrazo, como siempre

Animal de Fondo dijo...

¡Gracias, Yolanda!

odette farrell dijo...

Yo siento que sí hay un amor muy especial por las plantas que comparten nuestro espacio, nuestros secretos.
Yo adoro las plantas, en mi estudio de México tenía una terraza muy austera pero llena de plantas y era todo un rito, el regarlas y consentirlas antes de ponerme a pintar.
Al dejar mi país pensé que me dolería dejar mis libros, pero lo que en verdad me hirió fue el dejar mis plantas, no obstante les conseguí un hermosísimo jardín y una persona que tiene mano... pero eran parte mia y las dejé... y eso aún me duele, puedes creerlo?

Animal de Fondo dijo...

Claro que te creo, Odette, yo también recuerdo tus plantas. De vez en cuando nos ponías unas fotos y siempre estaban lozanas, llenas de luz y de vida.
También me acuerdo de tu modelo, a la que seguro también extrañas.
Sí, las plantas, en su silencio, nos transmiten muchas emociones.
¡Mucha suerte, Odette!