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domingo, 9 de octubre de 2011

SOMBRAS



En la muerte de Steve Jobs

Recluidos en la cueva de Montesinos, algunos contemplamos interminablemente el espectáculo de las sombras. Tanto nos apasiona, tanto nos subyuga, que olvidamos a veces regresar a la realidad. Sombras por sombras, la diferencia no es esencial. Imágenes por imágenes, pronto desaparecerán, las reales y las fingidas, convirtiéndose en la misma cosa: un sueño común.
Uno de los que agrandó  el orificio por donde miramos el espectáculo -previo pago en la taquilla-, Steve Jobs. Tal vez llegue un tiempo en que lo mejor sea condenar de nuevo ese orificio. Mientras tanto, no quisiera olvidar el sentido de los abrazos, "en el lado de acá", como decía Cortázar.
Recuerdo la letra de un chotis que escuché en la infancia:
Lo que antes te tardabas, de la Bombi
Al centro de Madrid en un Simón,
Te lleva a Nueva York un aeroplano.
¿Y qué haces tan temprano en Nueva York?"

viernes, 5 de noviembre de 2010

PALABRAS DE SANTIAGO SIERRA

miércoles, 9 de diciembre de 2009

NEUTRALIDAD EN LA CREACIÓN ARTÍSTICA: CULTURA LIBRE Y CULTURA "PROTEGIDA"





No conozco ningún trabajo intelectual de valía cuya génesis haya venido motivada por el deseo de ganar dinero. Cuando los escritores, los pintores o los músicos consiguen una obra digna de perdurar, esta obra siempre ha nacido de la necesidad de expresión de su autor y, generalmente, también de su amor a la humanidad. Si esta obra ha producido dinero, ha sido siempre después y por añadidura. Así que el primer concepto que quisiera dejar meridianamente claro es que no puede ser de otra forma que las obras que son cumbres de la comunicación entre los seres humanos -y no otra cosa son las obras de arte, ni pueden ser otra cosa- se hacen para ser vehículos de esa comunicación, para expresar las inquietudes, las ansias, las pasiones, los anhelos espirituales de sus autores.
Pensemos en Cervantes soldado y recaudador, en Quevedo diplomático, en Garcilaso soldado también, en Bécquer, en Juan Ramón. Pensemos en Velázquez, pintor de cámara, en Rembrandt, en Murillo; pensemos en Beethoven dando clases de piano; pensemos en Mozart, servidor del arzobispo; pensemos en Cezanne, modelo de artista fracasado para Zola, en Picasso, en Matisse. Tan en contradicción está generalmente la posibilidad de ganar dinero mediante una obra artística, que ya en este blog comentamos un día el sensato consejo de Matisse: para quien quiera ser un buen pintor lo más aconsejable es que viva de otra cosa. Así será libre. No sólo es un problema social. Es un problema interno del artista.
Ahora sintonicemos una emisora de radio musical española. Nos sorprenderá la ínfima calidad de lo que escuchamos. Las letras de las canciones se limitarán a expresar conceptos banales, sin la más mínima elaboración intelectual. En la parte musical, aparecerá generalmente un solo tema simple, repetido y repetido hasta la saciedad. Estructura, contraposición de temas, desarrollo, estarán ausentes. Es que no se programa lo vanguardista o lo de esmerada elaboración. Se programa la música de quien invierte dinero para conseguir que se escuche. Cuando una empresa dedicada al "negocio de la música" captura a un "artista" imposibilita, por definición, que esta persona capturada sea artista de veras. Este autor ha de ser programado para producir dinero, no para producir arte. Por tanto, se le exigirá una docilidad suma para trabajar a destajo en producir este dinero que se le pide como finalidad última de su trabajo. Así, sin libertad, es imposible crear nada que tenga un poco de valor.
Vayamos a una librería española. Ni siquiera encontraremos ya ediciones de los clásicos; la mayoría de los libros que se ofrecen al público se renovarán cada tres meses. Es literatura de consumo, deleznable, escrita por encargo con la intención de dar rentabilidad. No hay que esperar tres años para que sea olvidada. Simplemente a los tres meses de su publicación estará olvidada para toda la eternidad.
Quiere esto decir que la concentración de dinero en manos de unos pocos rompe la "neutralidad" de la creación artística. Estos pocos, que aparecen como garantes o beneficiarios de los "derechos de autor", distorsionan la creación, poniendo en el primer plano de la atención -mediante la inversión de dinero en publicidad y en mordaza- a los autores dóciles y dejando por tanto sin posibilidades de difusión a los verdaderos creadores, a los verdaderos artistas, que tienen, como siempre que conformarse con la frase: "si no es este mi siglo, todos los otros lo serán".
Todo lo dicho hasta ahora puede aplicarse, como es natural, a las diferentes disciplinas. Por citar dos de ellas, se produce una televisión que muchos renunciamos a ver, porque no es baja calidad, ínfima calidad ya, es que es imposible encontrar nada digno de invertir el tiempo que precisa su contemplación. En el cine español ocurre lo mismo: se califica de grandes artistas a directores francamente ridículos, que son la expresión filmada de lo convencional y de lo burdo. Todo como resultado de lo mismo: la falta de neutralidad.
En el reciente Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, Robert Kraft ha reconocido a la música cubana como la mejor del mundo: "He escuchado mejor música en tres días aquí que en todo un mes en Los Ángeles". Ya lo sabíamos. La música cubana se elabora como un fin en sí mismo, sale directamente del espíritu de los artistas, y si alguna vez estos artistas ganan dinero con ella, eso es por añadidura. Es el único modo de hacer buena música. Sin embargo, hace más de un año me empeñé en comprar en España dos discos compactos: "Doce boleros míos", de Marta Valdés y "Por la Habana", de Miriam Ramos. No lo he podido conseguir.
Celima Bernal escribe una sección en el periódico Juventud Rebelde que nunca dejo de leer. Se llama "Palabras que van y vienen". Su autora, me consta, no cobra nada por sus artículos; sin embargo, están hechos con tanto amor a sus semejantes, que cada nuevo escrito es un aire fresco que llega hasta el alma desde su lejana ciudad. Como Celima, Gabriel García Márquez podría vivir de su trabajo de escritor aunque se suprimiera el papel, las editoriales o los periódicos. Escribe con tanta calidad, que es imposible que lo haga por dinero. El dinero llega por añadidura.
Nos amenazan repetidamente con que "en cinco años desaparecerá la cultura". Yo me atrevo a pedir desde aquí que se acorte, si fuera posible, este plazo. Porque es necesario que desaparezca cuanto antes esta cultura "protegida" para que podamos de una vez disfrutar con tantísimos creadores gozosos, que trabajan y tienen vocación, formados, diligentes, creativos, que están ahora ocultos, que necesitan el espacio que ocupan los representantes oficiales de esa "cultura" que siempre ha sido y será un producto cheli, macarra, más digno de lástima que de protección.
PD. Queda por analizar si nuestra "democracia occidental" difiere en algo del panorama artístico aquí descrito.

miércoles, 9 de enero de 2008

POR QUÉ NO ADMIRO LA INTELIGENCIA Y SÍ ADMIRO LA BONDAD

En mi pubertad admiraba la inteligencia. En aquellos años nos hacían test de inteligencia en los colegios; hasta en algunas asociaciones juveniles nos hacían test de inteligencia. Enseguida leíamos a José Luis Pinillos y nos enterábamos qué significaba el percentil que nos habían asignado, que se nos antojaba muy importante. Esos libros decían que un coeficiente de inteligencia de 100 era normal. Que un coeficiente de inteligencia de 140 era superior. Que un coeficiente de inteligencia de 80 era un poco inferior. Nos preocupaba nuestra capacidad de razonamiento abstracto, nuestra visión espacial, y consiguieron hacernos creer que todo ello afectaría a nuestro desarrollo profesional y, singularmente, a nuestra vida.
Leímos que Napoleón tenía un coeficiente de inteligencia de 190 y a mí empezó a extrañarme que la mezcla de los sucesos del 18 brumario con la autocoronación como emperador, con cientos de miles de muertos sacrificados en pos de una bella idea produjera un resultado espectacularmente brillante, según los parámetros de medida estándar. Así que empecé a sospechar. Después vi que una especie supuestamente normal se había dedicado a lo largo de los siglos a destruir, torturar, conquistar. Que los dirigentes de la tal especie construían sus dominios generalmente sobre cadáveres, desgracia, horror. Así que decidí desconfiar de tales parámetros de normalidad y sustituí la idea de que un coeficiente de inteligencia de 100 significa normal por la consideración de que un coeficiente de inteligencia de 100 significa más bien habitual.
Desde entonces creo que un coeficiente de inteligencia de 2500 o 3000 tal vez sería el parámetro de normal en la especie humana. Y visto, por nuestro comportamiento a lo largo de la historia, que nos debatimos entre una subnormalidad más o menos profunda, creo que el hecho de que seamos unas décimas más o menos subnormales no es relevante para nuestras vidas, en contra de lo que suelen enseñarnos. No solamente a lo largo de la historia; basta contemplar cualquier suceso de la actualidad para que podamos poner en tela de juicio nuestra cordura. La apreciación es evidente en los grandes sucesos; guerras sin más fundamento que la codicia, países enteros donde la falta de alimentos es la norma, sociedades opulentas que se devoran a sí mismas. Pero en las pequeñas anécdotas de cada día podemos verlo también: Como no seguimos el consejo de Quevedo de pagar a los médicos porque estamos sanos, seguimos creyendo que nos curarán el tabardillo que les da de comer.
Pero si no podemos llegar a ser inteligentes, ¿por qué no aspirar a la bondad? La inteligencia no está a nuestro alcance, pero la bondad sí, y el mundo está lleno de ejemplos. La bondad es lo único que puede salvarnos de la desgracia de nuestra mediocre inteligencia. Mediante la bondad, podemos acceder a una guía segura que nos impele a comportarnos como si fuéramos inteligentes. Ya que si tuviéramos ese coeficiente de 3000 seríamos, sin duda, buenos -porque querríamos ser felices-, ser buenos es la única oportunidad que tenemos de vivir como si no fuéramos tan tontos.
Por eso, poco después de aquella pubertad, dejé de admirar la inteligencia y decidí admirar la bondad que, según creo, es lo único medianamente inteligente que puede hacerse.

domingo, 30 de diciembre de 2007

POR QUÉ NO ME GUSTA LA COLECCIÓN THYSSEN Y SÍ EL REMBRANDT DE LA HABANA

"Imagínate un edificio -puede ser grande o pequeño- dividido en muchas habitaciones; cada habitación cubierta de lienzos de distintos tamaños: miles de lienzos. Algunos representan trocitos de naturaleza en color -bichos en sol o sombra, o bebiendo, o parados en un charco, o tendidos sobre la hierba- y, al lado, una crucifixión por un pintor que no cree en Cristo, y luego unas flores y unas figuras humanas sentadas o de pie o ambulando, y frecuentemente desnudas -mucha mujer desnuda en escorzo, vista de espaldas- y también habrá manzanas y bandejas de plata y un retrato de Don Fulano de Tal y una puesta de sol, y una señora vestida de rosa, y un pato que vuela, y un retrato de Madame X, y unos gansos que vuelan, y una señora de blanco, y unas vacas en sombra con motitas de sol, y un retrato del embajador de Y, y una señora de verde. Y todo esto viene cuidadosamente reproducido en un libro que además contiene los nombres de los artistas y los nombres de los cuadros. Libro en mano la gente se pasea de pared en pared volviendo páginas, leyendo nombres. Y luego se marchan, ni más ricos ni más pobres, y vuelven a sus quehaceres que no tienen nada que ver con arte. ¿A qué vinieron?"
Wassily Kandinski, "Concerning the Spiritual in Art", 1912, citado por Fernando Zóbel en su Cuaderno de Apuntes
¿Por qué no me gusta la colección Thyssen? Pues es muy sencillo: porque parece una colección de sellos; lo único que le falta es una lista a la entrada con los nombres de los autores tachados y un rótulo junto a cada nombre: "lo tengo".
La colección Thyssen me recuerda también a un harén, que es el despropósito más grande que pueda existir: cambiar el amor verdadero por la superficialidad de su remedo siempre variado. Quiero decir que a cualquiera a quien interese la pintura, los cuadros le sirven para establecer una relación con el pintor; y si hay un pintor que nos llega, con el que conectamos, lo que se desea es ver más cuadros de ese pintor. Sé que no consigo explicarme del todo, así que pondré otro ejemplo: encontramos un amigo estupendo; sintonizamos con él, conseguimos establecer intimidad en nuestra relación. En ese momento, decidir que termine la relación para salir a buscar un nuevo amigo desconocido y repetir otra vez la operación y así infinitas veces... eso es un sinsentido, no es humano, no tiene cordura. ¡Ya tengo setecientos números de teléfono en la agenda!
Como colección, pues, es una prueba de que quien la formó no tenía el menor interés por la pintura, y ese desprecio, mostrado a través de tantos buenos cuadros, ofende. Es como no comer ni dejar comer a los demás: tengo tanto dinero que voy a comprar estos cuadros, aunque no me interesen nada.
Como museo, en mi pobre opinión, es también un mal museo; si te descubre un rasgo de algún pintor a quien no conocías, te deja con las ganas de saber más, porque resulta que como ese autor ya está tachado, no hay más cuadros de él. Y luego es sorprendente el criterio de las elecciones, que responde a cuestiones de precio y oportunidad de la compra y nunca de sensibilidad, de la que sin duda el comprador carecía.
¡Qué diferencia con los cuadros del Prado que compró Velázquez! Esos cuadros si son una elección, y sería interesante verlos todos juntos alguna vez. O el museo de Arte Abstracto de Cuenca, que fue una colección particular un día, con las maravillosas letras garabateadas en el revés de los cuadros, que podían leerse en la época en que los visitantes respetuosos no eran encarcelados si tocaban con las manos los cuadros de los museos para darles la vuelta.
Pero yo creo, para terminar, que la emoción más grande que he sentido y sentiré nunca en un Museo fue la que pude vivir en el Museo de Bellas Artes de La Habana. Yo iba a visitar con cierta frecuencia un Rembrandt que hay allí, creo que no figura en los catálogos, pero se ve que es un Rembrandt y además es bellísimo. Pues un día de los que quise visitarlo, había fallado la iluminación de su sala, no había corriente, y estaba cerrada. Sin embargo, una persona caritativa, al contemplar mi desazón se compadeció y me dejó entrar; no solamente me dejó entrar, sino también encender un mechero a una distancia segura. Así que pude ver el Rembrandt iluminado por su propia luz, por la luz que salía del cuadro, por la luz de Rembrandt iluminándose a sí misma. Desapareció el marco, desapareció el museo y permanecimos, la luz de Rembrandt y yo maravillado. Et tout le reste est litterature.