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sábado, 22 de octubre de 2011

POR SUS OBRAS LOS CONOCERÉIS

Me asombra a menudo que las masas adopten opiniones firmes escuchando solamente el resumen con que una de las partes abruma. Pienso que buscando en fuentes redactadas para ilustrar otra cuestión distinta de la que se debate hay más oportunidades -aunque no muchas- de entrever algo entre líneas.
No sé apenas nada de Libia y, antes de que lo borren, me he apresurado a consultar la wikipedia con el ánimo de ampliar las luces. Copio de ella:


"Actualmente al país se le adjudica la esperanza de vida más alta de África continental (si se cuentan a las dependencias sólo es superada por la isla británica deSanta Elena), con 77,65 años.4 También cuenta con el PIB (nominal) per cápita más alto del continente africano, y el segundo puesto atendiendo al PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo (PPA). Además, Libia ocupa el primer puesto en índice de desarrollo humano de África, y se le puede comparar en términos de PIB per cápita con países como Argentina o México.

"En materia de derechos humanos, respecto a la pertenencia en los siete organismos de la Carta Internacional de Derechos Humanos, que incluyen al Comité de Derechos Humanos (HRC), Libia ha firmado o ratificado:





"Tiene una de las tasas de mortandad más bajas del mundo, 3,4 por 1000 habitantes, y una alta tasa de nacimientos, 24,04 por cada mil habitantes.
"82,6 % de la población libia sabe leer y escribir, y los jóvenes estudian hasta una media de 17 años."


Mi curiosidad me ha llevado a consultar también las cifras de otro país, del que he escuchado alguna vez decir que desde hace unos años es democrático. Afganistán debería serlo; hace muchos años que fue "liberado"; copio asimismo de la wikipedia:


"El Presidente Hamid Karzai y su Gobierno (instaurados por la comunidad internacional y posteriormente refrendados por el órgano legislativo elegido por voto popular en 2005).

"En muchos aspectos Afganistán es un estado tan sólo nominalmente, habiéndose convertido en un protectorado de EE.UU., la OTAN y las Naciones Unidas. 

"En materia de derechos humanos, respecto a la pertenencia en los siete organismos de la Carta Internacional de Derechos Humanos, que incluyen al Comité de Derechos Humanos (HRC), Afganistán ha firmado o ratificado:




"Las mujeres deben taparse la cara para poder ver a un hombre que no es su marido ni su hijo. Para ello se cubren con el burka (pieza de tela que cubre la cabeza y deja sólo una rejilla de tela para ver). No pueden salir solas de casa. El 80% de las mujeres sufre violencia doméstica, conducta que no está penada en Afganistán.
"Durante los últimos años, Afganistán se ha mantenido fuera de la lista de países ordenados según su Índice de Desarrollo Humano elaborada por la ONU, debido a que no es posible recopilar datos suficientes para una correcta clasificación. En todo caso, cabría esperar que Afganistán fuera el último en dicho ranking, dado su escaso desarrollo económico y social.
"En 2007, Afganistán tenía una población de 31.889.000 habitantes. La esperanza de vida es de 43 años. El 36% de la población está alfabetizada."

En el fondo no puedo creer que la realidad sea ignorada por todos nosotros ingenuamente.  De algún modo debemos tener conciencia de la verdad. ¿Qué semilla convierte a los hombres en perros de presa? ¿Cómo se puede, sin necesidad imperiosa, celebrar la destrucción y la muerte? Ayer leía yo a Quevedo en la Política de Dios buscando la respuesta.


"La justicia se muestra en la igualdad de los premios y los castigos, y en la distribución, que algunas veces se llama igualdad. Es una constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le toca. Llámese idiopragia, porque sin mezclarse en cosas ajenas, ordena las propias: aprosopolepsia, cuando no hace excepción de personas. A los hipócritas llama Cristo acceptores vultus. -Esta virtud, que entre todas anda con mejores compañías, o con menos malas, pues sólo ella no está entre dos vicios, siendo la que gobierna y continúa y dilata el mundo, quiere ser tratada y poseída con tal cuidado y moderación, como aconseja el Espíritu Santo cuando dice: Noli nimium esse justus: pecado en que incurren los que tienen autoridad en la república, y son vengativos; que hipócritas, de la justicia de Dios hacen venganza, afrenta y arma ofensiva. Éstos son alevosos, no jueces; traidores y sacrílegos, no príncipes. San Agustín lo entendió así, cuando dijo: Justitia nimia incurrit peccatum; temperata vero justitia facit perfectionem. No se desdeñó esta verdad de las plumas de los idólatras; pues Terencio, en la comedia que llamó Heautontimorumenos, dijo:
Jus summum summa saepe malitia est."

lunes, 5 de mayo de 2008

AVENTURAS EN UN MOCKBHY. TRES REGALOS FALLIDOS


En la casa de Playa donde solía quedarme en la Habana vivía una familia encantadora, compuesta por un matrimonio, dos hijas y una abuela. La abuela me sorprendía con su comprensión, su ternura, su discreción y su perfecto pronóstico del tiempo. Cada día, por la mañana temprano, me decía: cuidado, a tal hora lloverá. Y matemáticamente llovía a la hora prescrita.
Un día la mamá, a la que yo me había ofrecido mil veces para traerle de España lo que necesitara, me abordó con una petición. Me explicó las dificultades para obtener ropa interior. Además, me dijo, con el lavado constante estas prendas, que son muy frágiles, se deterioran rápidamente, y ya me puedes imaginar buscando por toda la Habana un nuevo juego de ajustador y blúmer que me convenga, y que sé que se romperá enseguida. ¿Tú podrías traerme de allá uno de la talla 105?
Cuando tengo las ideas claras soy concienzudo, así que en España examiné a fondo la corsetería. En cuanto a la talla, no había problema, pero mi premisa de encontrar algo realmente resistente no era tan fácil de cumplir. Yo había asimilado la imagen de esa rotura casi inmediata que los lavados producen en las prendas, y me había propuesto burlar al tiempo, que nos deteriora a nosotros también. A todos los sujetadores que me sacaban les encontré un defecto u otro: los corchetes se oxidan, las flores cosidas en el cruce de las dos copas se descoserán; los rasos y las muselinas pueden rasgarse, nada hay más triste que ver un elástico que ya no ciñe. La corsetera no comprendía que yo necesitaba algo totalmente irrompible. Hasta que por fin, una dependienta más anciana se acercó a nosotros dispuesta a terciar y al escuchar mis necesidades, guiñándome un ojo, me dijo que ella sí que había comprendido lo que yo necesitaba y que lo sacaría de la parte arquelógica del inmenso almacén. Efectivamente, a los pocos minutos apareció con una sonrisa de complicidad, con un juego de ropa interior color carne que verdaderamente colmó todas mis aspiraciones. La tela era de fuerte algodón, en triple capa; sus hojas estaban cosidas en infinitas puntadas minúsculas, perfectamente paralelas. Para que mi goce fuera mayor, se amarraba con unas gruesas cintas que se entrelazaban en quíntuple nudo, de las que la vendedora y yo razonamos que en todo caso siempre podrían reponerse, mientras siguieran existiendo en el mundo cordones de zapatillas de deporte. Con ojales de latón, que no se oxida, apenas tuve que examinar el blúmer; estaba a juego, y se anudaba también, lo que eliminaba la posibilidad de rotura del siempre dudoso y contingente elástico. Ni un gramo de lycra en la composición, ni poliéster ni nylon. Sólo algodón egipcio, de la mejor calidad. Me costó caro, pero valía la pena, ya que pude imaginar cómo mi querida patrona usaría, agradecida, mi regalo al menos durante los próximos cincuenta años.
Ay, al regresar a Cuba, lo primero que hice fue buscar, triunfante, mi regalo, esperando ver los ojos de admiración que mi perfecto trabajo merecía. Sin embargo, me asombró encontrar solamente una frase cortés de agradecimiento y unos ojos cuyo inicial brillo se apagó de inmediato. ¿Qué habría pasado? Una frase, escuchada más tarde por casualidad, me aclaró mi error. Ella me había hecho el encargo pensando secretamente en las lujuriosas artes del capitalismo; soñaba con un ajustador frágil, de encaje, como los que aparecían en las revistas extranjeras, no un "Matapasiones" como el que yo había comprado. Esa palabra, "matapasiones", fue la que por fin me sacó de mi error. Y comprendí que su razonamiento acerca de la fragilidad había sido la excusa que se le ocurrió para justificar su petición. Nunca termina uno de aprender.
Su marido celebraba el cumpleaños durante el mes de Agosto, que yo pasaba siempre en su casa. Así que otra vez también creí haber descubierto la pólvora cuando aparecí con un flamante faro para su bicicleta, acompañado de la dinamo correspondiente. Enseguida me explicaron que todas las bicicletas vienen con faro, pero que hay que quitarlo si se quieren recorrer distancias con un esfuerzo razonable. Ese fue mi segundo regalo fallido.
Un año más, me levanté ese mismo día del cumpleaños, para encontrar la casa desierta. Todos se fueron a celebrar, temprano, al parque Lenin. Pero escucho unos ruidos. Desierta, no. Estaban dos trabajadores picando los azulejos del cuarto de baño. Era, casualmente, el primer día de trabajo. Frente a la casa había un agromercado, así que me acerqué para recolectar el desayuno; una frutabomba y unos cuantos coquitos, dulce que estaba riquísimo. Ofrecí mis manjares a Fico y a su compañero. Fico era el trabajador mayor de los dos, un hombre delgado y risueño, con un gran sentido del humor. Ambos aceptaron la invitación, pero se extrañaron también de que yo desayunara esas cosas tan raras. "Con lo buena que está esa pierna de puerco asada del agromercado, es extraño verte desayunando los coquitos". Entendí la indirecta, y al poco rato aparecí con una libra de carne. Allí fue el gozo, la alegría, solamente empañada por la falta del líquido elemento con que pasar las viandas. Ahí si que estamos embarcados, dije, lo único que tengo a mano son dos botellas de ron, y por la mañana temprano... ¡No importa, tú sácalas, nosotros nos arreglamos con cualquier cosa!, me indicó Fico enseguida. Ya podéis imaginar cómo pasamos el día; la mujer del otro compañero se quedó con la comida puesta; entre cuentos y anécdotas se nos fueron las horas y como a las seis de la tarde, habíamos dado fin a las botellas de ron. En ese momento, Fico vuelve en sí, como de un sueño y, golpeándose la frente, dice: "¡Dios mío, están a punto de volver del parque Lenin, y no hemos trabajado nada en todo el día!" "¡Dale, vamos a recuperar en un momento el trabajo, antes de que se den cuenta de lo que hemos estado haciendo!" Entonces comenzó un frenético ritmo de maza y martillo; los azulejos caían hechos pedazos, sin orden ni concierto y por todas partes a la vez. Y lo peor, en medio del ruido infernal, una tubería se colocó en el lugar inadecuado y sucumbió a los temibles golpes. En eso llegan los dueños de la casa; era el momento álgido de la inundación; un brazo de mar salía del cuarto de baño, mezclado con restos de barro y cal, entre intentos, ya infructuosos, de taponar la brecha, cosa que, después de algunos esfuerzos, y de cerrar la llave general, más tarde se logró hacer. Al final, Fico no perdió el trabajo, pero todos sufrimos una reprimenda justa.
Y este fue mi tercer regalo equivocado y el que más desastres produjo, sin lugar a dudas.

domingo, 4 de mayo de 2008

AVENTURAS EN UN MOCKBHY. LAS CIUDADES SUPERPUESTAS

El venado y la jicotea no pueden caminar juntos.
Lydia Cabrera

Cuando yo vivía en Madrid, la ciudad era para mí otra ciudad superpuesta a la real. Madrid era un museo, una brisa húmeda y fresca que se siente en la cara al entrar en motocicleta al Parque del Oeste en las noches de verano, quince o veinte habitaciones, doscientas calles, ochenta o cien personas. En una ciudad inmensa, habitábamos una pequeña aldea superpuesta. Todo lo demás era invisible para mí, y tengo la seguridad de haber sido invisible yo también para millones. Nadie se inmutaba frente a esa ausencia. Nuestra sociedad nos instaba a desarrollar los corolarios de la frase "no es mi problema", "no me incumbe a mí".
En La Habana, la primera sorpresa es ver su irreductibilidad. La Habana es una aldea inmensa y no es posible reducirla a otra menor. Lo desconocido no es invisible, no se puede eludir. No hay ese barrio al que no apetece entrar, esa calle que no duele no recorrer, ese animal de fondo que ignorar. ¿Cómo, acostumbrados a nuestra pequeña aldea, vivir de pronto en una conurbación?
La opción típica del turista es, en La Habana, aborrecible desde el primer día. El turista en La Habana vive una opción irreal, inventada por uno mismo. La primera sorpresa del turista se produce al comprobar que no es invisible ya para quien él quiera serlo. Todos lo ven, todos le hablan, todos lo señalan. Y el turista, que no sabe ver, tiene la sensación de que se ha acercado a una colmena y las abejas lo atacan. De modo que el pánico lo bloquea y sólo sabe esconder la cabeza bajo los brazos y correr con la imaginación.
Hay que comprender también que, por circunstancias, al turista le resulta muy difícil relacionarse, de primeras, con la inmensa mayoría de cubanos, porque muchas veces, los pocos que están siempre en la calle lo acaparan. He escuchado muchos relatos de turistas contando lo que vieron en Cuba; a mi modo de ver, casi todo lo que vieron no es real. No consiguieron acercarse a la Cuba secreta. Los bien intencionados creen que dejaron allá amistades duraderas, pero no se han dado cuenta de lo difícil que es establecer una verdadera amistad desde una distancia mental tan grande.
Para qué contar tantas anécdotas de turistas que vi en La Habana. Lo menos que se puede decir es que intenté alejarme de la interpretación de ese papel, y no siempre con éxito. Lo cierto es que tal posición al menos ni me atrae ni me divierte.
Naturalmente, mis amigos en Cuba sabían quién soy en realidad. ¡Pero cuántas mentiras habré contado por la calle, para intentar saltar del lado de allá! Lo que a primera vista parece "lumpen" en Cuba muchas veces es gente inocente, divertida y leal, si uno acierta a situarse en el lugar adecuado. Intentando eso, muchas veces quise dejar de hacer el papel de la miel y convertirme en un terrible y peligroso libador.
Ese era en realidad el motivo por el que, para mis compadres callejeros, yo casi siempre volvía, no de España, sino del tanque. El mismo motivo por el que me quejaba otras veces de que el gobierno solamente me ofrecía pasar tres días gratis en una casa de protocolo (en vez del dinero que yo pedía) a cambio de mi maravillosa propuesta de entretener a toda la Habana pasando sobre un cable que se tendería entre las cubiertas del Habana Libre y del Focsa, cosa que yo sabía perfectamente hacer por mi profesión verdadera de trabajador del alambre, equilibrista de circo. Ya Maykel comprenderá con esto mis alusiones a Mazorra; y por si tiene dudas todavía de mi capacidad de interpretación, contaré la anécdota del mayor de mis éxitos.
Estaba yo paseando con uno de esos "elementos" que se encuentran por la calle, propietario de una maldad de juguete, visitante del verdadero "tanque" algunas veces, compañero de divertidas conversaciones donde inventábamos nuevas formas de defensa y ataque frente a los turistas. Yo presumía de mi capacidad de entrar libremente a los hoteles para recoger al descuido, discretamente, centenares de cabos de cigarrillos de la inmensa mina de los ceniceros de la yuma, con los que alimentar de materia prima mi industriosa producción de tupamaros. Tupamaros que en verdad conocía porque una vez me los vendieron, un 31 de diciembre en que los populares se pusieron por las nubes y yo me empeñé en encontrarlos al precio del día anterior. Me inventaba medios de vida surrealistas para intentar colarme en ese ambiente. Se nos acerca otro "elemento", tal vez diabético que se cuidaría mal, con cuarenta pesos en la mano y una herida terrorífica en la pierna. Me dice que sabe que soy de fiar y que le traiga, en mi siguiente viaje a Cuba, no sé qué medicamento milagroso que se vende allá; fuera o no una ilusión el nombre o el efecto del medicamento, en ese momento me conmoví, y a riesgo de perder todo mi prestigio, tan arduamente ganado, instintivamente le alargué veinte dólares diciéndole: toma y búscalo por ahí. Y aquí viene el motivo de mi alegría: cuando el enfermo se marchó, sin comprender demasiado, mi amigo, el compañero "antisocial", me da con el codo en mi costilla, mientras me dice, con una sonrisa cómplice: "Compadre, le diste el falso". Se refería a uno de esos billetes "falsos", indistinguibles del original, que yo tan fácilmente conseguía, claro, en el banco que está en la esquina de mi casa. Os aseguro que en ese momento me imaginé cómo debió sentirse Napoleón en Jena.
No te voy a recomendar yo, Jueves, que te metas en ciertas calles nocturnas, ni que asumas ningún riesgo, del poquísimo que verdaderamente pueda haber en Cuba. Yo nunca me he sentido en peligro, y mira que me he metido en lugares extraños, siempre buscando la perfecta zona donde el único extranjero fuese yo. Pero lo que a veces parece lo peor, en Cuba, es tal vez mejor que nosotros. De lo que se trata es de no huir, sino de saltar "del lado de allá" al "lado de acá", como decía Cortázar. Y de divertirse practicando el superrealismo.
Una cosa que aprendí en Cuba fue a aceptarme como verdaderamente soy, porque hasta que llegué allá tenía una imagen idealizada de mí mismo. Cuba es, para los extranjeros como yo, una piedra de toque, porque precisamente encontrarse un pueblo bondadoso e inocente, que en otras partes no existe, pone de relieve las propias maldades, como un contraste. Los turistas hemos hecho daño a Cuba, ya lo advirtió Fidel en su día. Tenemos una malicia muy diferente de la de los cubanos y, muchas veces, me hubiera gustado advertir a quien se cree que está engañando a un turista que es al revés, que lo que verdaderamente pasa es que el turista se está dejando engañar con mucho gusto. Lo intenté alguna vez, pero nunca me creyeron.
Nota sobre la fotografía: la tiré en Camagüey, a una desconocida, que se percató de mis intenciones y se acercó a mirar a la cámara. Nos intercambiamos una sonrisa, pero jamás cruzamos una palabra, jamás nos volvimos a ver. Desde aquí le envío mi saludo junto con mis mejores deseos.

lunes, 28 de abril de 2008

AVENTURAS EN UN MOCKBHY


Un Mockbhy es un coche sencillo, relativamente frecuente en Cuba. Es un cuatro cilindros, fabricado en la Unión Soviética, con cuatro velocidades, refrigerado por agua. Los neumáticos son diagonales, no radiales. Es un coche espartano, sencillo y fiable una vez que se reparan los errores más graves de su construcción, como por ejemplo la calidad del termostato que abre y cierra el paso del refrigerante hasta el radiador.
La propiedad de los Mockbhy no puede intercambiarse libremente, porque se trata de un bien propiedad del estado, cuyo uso se encuentra cedido a un ciudadano como estímulo y premio al trabajo que realizó. No puede usarse por ciudadanos extranjeros, por tanto; si la policía detecta este uso fraudulento, el propietario se arriesga a perder el vehículo. Mucho se fiaba de mí la persona que me cedió el suyo durante miles de kilómetros, años atrás. Desde aquí le agradezco la confianza, a la que, afortunadamente, pude corresponder devolviendo siempre el vehículo en un estado algo mejor del que tenía al recibirlo yo (el dichoso termostato).
No me hicieron falta muchos viajes a Cuba para darme cuenta de que el uso de los vehículos que se alquilan a los turistas no era viable para mis fines. ¿Te imaginas, Jueves, recibir la visita de un amigo querido que aparcó su jet en la puerta de tu casa? Los coches de Turismo llaman la atención al igual que la llamaría caminar con taparrabos y plumas de guerra. Atraen justamente a lo que tú no deseas atraer. Dificultan a las familias normales su relación contigo. Andar sin transporte tampoco es muy práctico si pretendes conocer desde Punta Maisí al Cabo de San Antonio. Alquilar con conductor conlleva una servidumbre aceptable en algunos casos, pero no para aquél que considera la vida un curso acelerado de cubanidad. Yo fingía vivir en la Habana, en un denodado esfuerzo porque los cubanos me consideraran uno de los suyos. Un Mockbhy beige, de los más pequeños, es perfecto, dentro de lo que cabe.
Como hay que camuflarse con los colores del ambiente, conducir un Mockbhy es lo más fácil del mundo, Jueves: cuarta velocidad y de siete a diez kilómetros a la hora, con un punto de gas para que no tironee. Si reduces a tercera o das un acelerón, tu acompañante pensará: "Dios mío, cómo tú gastas gasolina". Eso hay que evitarlo a toda costa. Piensas el trayecto; buscas el camino más corto; arrancas; metes la cuarta velocidad.
Hoy contaré el día que sudé una tinta más fría con mi Mockbhy. Debajo de la bahía de La Habana hay un túnel, a trece o catorce metros de profundidad y de unos 750 m. de longitud. Empezaba a cruzar el túnel. El motor empieza a dar falsas explosiones, petardazos. Justo en la mitad se para. Se acerca un guardia con el arma reglamentaria (parecía una ametralladora, no sé qué sería). "No se puede parar aquí" (y tanto, dos carriles en cada sentido, que no siempre funcionan). Me mira. Me remira: "¿Usted es extranjero? ¿De quién es el carro?". "De mi suegro" (era la respuesta convenida), contesto yo con una voz que no me sale del cuerpo. "Su suegro va a perder el carro". Denodadamente, intento arrancar. Arranco. Ya arrancó, le digo, me voy. Le digo adiós. Me dice adiós. Siento agradecimiento y le alargo, antes de marchar, dos dólares al policía. Me pone mala cara. El motor se para de nuevo. "Intento de soborno", me dice. "Eso ya no se lo puedo resolver yo, habrá que ir para la estación de policía". Le razono que no fue intento de soborno sino intento de agradecimiento. El motor había arrancado, yo me disponía a partir, nos habíamos despedido, yo ya no necesitaba su ayuda. Me acepta el razonamiento. "De todas formas, no tengo otra que avisar a la grúa", me dice. "Dispone usted del tiempo que tarde en llegar".
Le pido permiso para reclamar ayuda de otros coches que pasen. Me repite que dispongo del tiempo que tarde en llegar la grúa. No puede hacerse otra cosa.
Hago alto al primer coche que pasa, con cinco cubanos dentro. Les cuento el problema. Tardan unos cinco segundos, después de abrir la cubierta de chapa, en mirarse y decir: "Se tupió la bomba de la gasolina". Me miran. Se miran. Me dan el diagnóstico: "La única solución es que baje la gasolina por gravedad hasta el carburador". Arrancan el depósito del líquido limpiaparabrisas. Lo llenan de gasolina. Lo apoyan encima de la cubierta del filtro del aire. Lo empalman con el carburador. El motor arranca. Salgo de allí. Total, cinco o seis minutos.
A un kilómetro más allá del túnel, paramos de nuevo. Me limpian la bomba y reparan la avería. Todo como nuevo. Nos despedimos. Yo, con el corazón a doscientos veinte v., decido irme para la playa a despejar.
A la vuelta, al ver el túnel, tomo carrerilla por lo que pueda pasar y lanzo el coche. Un policía me da el alto, gritando: "Exceso de velocidad". Cuando estoy casi parado, me mira: es el mismo policía de por la mañana. Sonriendo, me indica con la mano que siga mientras me dice: "Ya te salvé dos veces, ¡aprende!". Y sí, procuré aprender.
Otro día, más de mi Mockbhy.

martes, 4 de marzo de 2008

BUSCANDO LIBROS DE MARÍA ZAMBRANO


A propósito de un artículo de Maykel González Vivero sobre María Zambrano, he visitado tres librerías a la busca de sus libros. No me he dirigido directamente a internet porque no la conozco como escritora y me apetecía echar un vistazo antes de comprar. La verdad es que en una de las librerías conseguí "El hombre y lo divino", pero, desgraciadamente, parece ser que no lo entiendo.
Aprovechando el viaje, me interesé por Lezama Lima (por Cintio Vitier, ni se me pasó por la cabeza). Nada, por supuesto, absolutamente nada. Diré que entre las tres librerías se acumulaba un total de más de veinte mil libros, estoy seguro. Es difícil precisar, y me equivocaré tal vez en un cien por cien, pero el caso es que he visto miles y miles de libros.
Y de esos veinte mil libros, la mitad, para ser caritativo, están en una página que descubrí hace tiempo en internet. Al parecer, los antiguos fondos de librería, clásicos griegos, latinos, siglo de oro, etc, es más rentable destruirlos y volverlos a imprimir a la demanda. 
Bueno, la página es esta:
La verdad es que conocerla es un ahorro.