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miércoles, 8 de julio de 2015

BÉCQUER


¡Qué poco se comprende a Bécquer todavía en la sociedad española! Unos días atrás ayudé a mi hija mayor a repasar un examen de literatura para cuarto curso de la Enseñanza Secundaria Obligatoria. Los mismos tópicos de los libros de texto de mi juventud siguen vigentes. Como ejemplo se muestra: “¿Qué es poesía, dices...”. No es un mal poema, pero los versos que se manosean durante décadas quedan heridos y pierden su capacidad de transmitir la idea original.
Hace mucho pensé que me gustaría escribir sobre Bécquer pero pronto me di cuenta de que no tengo el talento suficiente para hacerlo, así que intenté aproximarme a él a través de Augusto Ferrán, su maestro, y de Bergamín, su discípulo. Bécquer destila una esencia demasiado sutil como para que mis palabras sepan describirla. Me limitaré a esbozar algunas consideraciones superficiales.
Cuando yo era un adolescente, las personas de mi entorno se avergonzaban de su gusto por Bécquer. Las amigas de mi madre solamente confesaban que lo habían leído después de expresarles yo mi admiración por él y lo hacían en secreto y bajando la voz. Todavía lo recuerdo: “pues a mí me gusta, soy así de tonta...”. Les enseñaron que ser sensible era ser cursi.
Siempre he sido inmune, por fortuna, a esos engaños. Desde niño me propuse conservar los dones que recibimos en la infancia: la ternura, la inocencia y la bondad. Los habré perdido a mi pesar, pero nunca tuve intención de mutilarme a mí mismo. Mutilaciones son esas dolorosas extirpaciones que a veces los varones se infligen, por miedo a no ser lo suficientemente hombres a ojos del mundo.
Bécquer refleja esa ternura y esa trepidación íntima de la adolescencia alumbradas por la complicidad y el saber del adulto ya hecho. En Bécquer la destilación condensada de las emociones no es ya un don, sino una afinidad electiva. Nada tan maravilloso como la sencillez que es fruto del conocimiento. “Las personas que no conocen el dolor/ son como iglesias sin bendecir”, escribía Luis Rosales. Y después del dolor, catado en la madurez, elecciones como las de Bécquer son las que nos alumbran.
Bécquer y Rosalía, dos obras del último tercio del siglo XIX, todavía capaces de llegarnos a lo más hondo del espíritu.
Y para que mi hija tenga un ejemplo distinto de “Qué es poesía...”, vayan otros versos aquí:

Su mano entre mis manos,
Sus ojos en mis ojos,
La amorosa cabeza
Apoyada en mi hombro,
¡Dios sabe cuántas veces
Con paso perezoso,
Hemos vagado juntos
Bajo los altos olmos,
Que de su casa prestan
Misterio y sombra al pórtico!
Y ayer... un año apenas
Pasado como un soplo,
¡Con qué exquisita gracia,
con qué admirable aplomo,
Me dijo, al presentarnos
Un amigo oficioso:
“—Creo que en alguna parte
He visto a usted.—” ¡Ah! bobos,
Que sois de los salones
Comadres de buen tono,
Y andais por allí á caza
De galantes embrollos;
¡Qué historIa habeis perdido!
¡Qué manjar tan sabroso
Para ser devorado
Sotto voce en un corro,
Detrás del abanico
De plumas y de oro!
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Discreta y casta luna,
Copudos y altos olmos,
Paredes de su casa,
Umbrales de su pórtico,
Callad, y que el secreto
No salga de vosotros!
Callad; que por mi parte
Lo he olvidado todo:
Y ella... ella... ¡no hay máscara
Semejante a su rostro!

Observad la tensión de los versos de siete sílabas. Sobra decir la multitud de erratas, correcciones y variación de los signos de puntuación que he encontrado al buscar el poema por internet. He usado como fuente la Reproducción digital de la edición de Madrid, Imprenta de Fortanet, 1871. Localización: Biblioteca Nacional (España). Sig.R/33922. 

La obra de Bécquer es breve; sus contemporáneos no lo apreciaron. Y sin embargo, hemos olvidado a otros famosos poetas de su tiempo mientras con él hemos podido mantener una estrecha comunicación íntima. Estrecha, aunque no la sabemos describir. Pero de algún modo la lectura de sus versos nos ayudó, nos ensanchó, nos afinó. Nos hizo reconocernos en sus emociones, nos descubrió que era humano lo que sentíamos, nos dio la oportunidad de no empobrecernos. A mi juicio, pasarán los siglos y los seres humanos seguiremos sintiendo, casi sin decirlo: Gracias, Bécquer.
Y como los clásicos siempre nos hablan de la actualidad, terminemos con unas palabras del propio Bécquer que parecen escritas en el periódico de ayer por la tarde: "Francamente hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan."
Vale.

sábado, 26 de mayo de 2012

AZORÍN, MELANCÓLICO: UN KANTISMO SIN LA COSA EN SÍ


Al igual que en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en el ejemplar que yo poseo del tomo VIII de las Obras Completas de Azorín, figura el libro Con Cervantes. Y en ese libro, en tal ejemplar, hay uno de los más bellos artículos que yo haya leído jamás. En ese artículo se expresa toda la melancolía de nuestra vida fugaz. Tras leer ese artículo, se desmoronan los restos que nos pudieran quedar de vanidad y de hidalguía.
Hace mucho que yo quiero transcribir en este blog ese texto y, por la pereza de teclearlo, más de una vez lo he buscado en internet. Pero no solamente no está en la edición de "Con Cervantes" de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes; tampoco está en mi propio ejemplar de ese libro de la editorial Losada. Hoy me decido a compartirlo con vosotros. Creo que no os defraudará. Esta es la copia:

LAS LAGUNAS DE RUIDERA

En una tesis doc­tor­al so­bre un filó­so­fo aus­tría­co, Ernesto Mach, en­cuen­tro la sigu­iente frase con ref­er­en­cia a Berke­ley: “ Un kan­tismo sin la cosa en sí.” La imag­inación se echa a volar; más que to­dos los li­bros de ca­ballerías sus­ci­tan en­sueños es­tas pocas palabras; más que to­dos los li­bros que leía Don Qui­jote es­tas pocas pal­abras nos ha­cen en­trar en el reino de lo ir­re­al. Imá­genes todo, pro­duc­to to­do de nue­stro sub­je­tivis­mo. Por los in­men­sos es­pa­cios cam­ina dan­do vueltas una boli­ta; nos parece grande, pero es aca­so pe­queña co­mo un gra­no de mostaza. Con un microscopio lo­graríamos di­vis­ar en su so­bre­haz man­chas azules co­mo agua; otras man­chas grises parece que son tier­ras; son, en efec­to, con­tinentes, is­las. En la in­men­si­dad in­sondable de los es­pa­cios in­fini­tos es­ta es­feri­ta va rodan­do sin rum­bo fi­jo; nosotros creemos cono­cer su ru­ta; en re­al­idad no la tiene: si la tiene es tan es­con­di­da, tan mis­te­riosa, que no pode­mos de­cir cuál sea. Ya hace mu­cho tiem­po que en lo in­fini­to rue­da la mi­croscópi­ca es­fera; so­bre su re­dondez parece que al­go se re­mueve: plan­tas y animales; seres vivientes. Des­de el fon­do del tiem­po han ido surgien­do to­dos es­tos or­gan­is­mos vivos; cubren ya la es­fera; for­man los hom­bres pueb­los y na­ciones. Co­mo una masa amor­fa que se mueve, poco a poco ha ido con­cen­trán­dose el mun­do de la vi­da. Las imá­genes se han he­cho in­tel­igi­bles; comen­zamos a com­pren­der las leyes a que obedece es­ta muchedum­bre de or­gan­is­mos. Surge la His­to­ria. En­tre los cen­tenares de pueb­los, na­ciones y razas desta­ca algo que se va en­cam­inan­do a un ob­je­ti­vo que to­davía de­scono­ce­mos. Fuerzas del es­píritu y de la ma­te­ria con­fluyen en un pun­to de­ter­mi­nado; des­de la le­janía remotísi­ma de lo fu­turo to­do se com­bi­na­rá para que un hom­bre y un para­je —so­bre la faz de esta boli­ta— conver­jan en un pun­to; por el hom­bre será cono­ci­do en la His­to­ria este lu­gar mis­te­rioso. Des­de los ar­canos del tiem­po to­davía in­crea­do, si es posi­ble hablar así, mil­lones de moléculas se han puesto en movimien­to para crear a este ser vi­vo y este para­je. En tanto, por los es­pa­cios in­men­sos va gi­rando y gi­ran­do la boli­ta mis­te­riosa.
Cervantes y las lagunas de Ruidera; las lagunas de Ruidera, que han sido creadas desde la eternidad para Cervantes. En la llana­da que lla­mamos la Man­cha, un hombre que es pro­duc­to de la fan­tasía de Cervantes y en la es­fera que rue­da por la inmen­si­dad otro hom­bre que es produc­to, a su vez, de un ser que no pode­mos ni conocer ni definir. Dos imá­genes en una ter­cera. La ter­cera es la de este mun­do en que vivi­mos. De la Man­cha, al­lá en la le­janía tam­bién del tiempo, guar­da el que es­cribe un ac­er­vo de imá­genes ya de­bil­itadas, casi desvaneci­das. Surge inquietante, an­gus­tiosa, la frase leí­da: “ Un kan­tismo sin la cosa en sí.” Imá­genes de una cue­va, de un castillo, de unas la­gu­nas.
La serenidad de es­tos claros cristales de qui­etas lin­fas. En torno a los es­pe­jos lu­cientes, aca­so unos esbel­tos álamos: no fal­tan los grá­ciles álam­os ni en la Man­cha ni en Tier­ra de Cam­pos, la otra Man­cha de León. Pro­fun­do si­len­cio que avi­va la med­itación, paz no ro­ta en ningún in­stante.
El cielo en los días limpios re­fle­ja su azul en las la­gu­nas; si pasan nubes por la bóve­da ce­leste, las nubes cor­ren por la ter­sura de las aguas. ¿ Habrá es­ta­do en es­tas rib­eras Miguel de Cer­vantes? La nubecita blan­ca que dis­curre por el cielo es co­mo la im­agen de su vi­da y del mun­do. En la histo­ria de un pueblo, Es­paña, es­tas bel­las la­gu­nas ex­is­ten por Cer­vantes; el gran es­critor ha puesto en sus cristales un poco de mis­te­rio y de poesía. To­da la poesía an­te­ri­or se hu­biera desvaneci­do sin Cer­vantes.
Con las la­gu­nas de Ruidera  em­parejamos  en  este  min­uto  de  med­itación to­da una vi­da de ensueños y de tra­ba­jos. En el correr de los sig­los, en­tre el tráfa­go ver­tigi­noso de las cosas, un momen­to de qui­etud; la vi­da del gran es­critor se inmov­iliza en las rib­eras de es­tas la­gu­nas. Un se­gun­do que va a pare­cer un cen­te­nar de años. En si­len­cio Cer­vantes tiende la vista por la superfi­cie de las la­gu­nas. Con­cen­tración del tiem­po y del es­pa­cio en este min­uto. Con­centración de nue­stro es­píritu —pasa­dos sig­los— para sen­tir co­mo ac­tu­al este mo­men­to en que el es­critor medi­ta. To­do des­de la eternidad he­cho para este in­stante único. Por los es­pa­cios in­men­sos va corrien­do la es­feri­ta que lla­mamos Tierra.
Ha pasa­do un siglo, han tran­scur­ri­do seis sig­los; ya nosotros, que aho­ra nos imag­inamos a Cervantes, no ex­is­ti­mos; otras gen­era­ciones han suce­di­do a la nues­tra; las la­gu­nas de Ruidera con­tinúan lo mis­mo que antes, en los días nue­stros y en los días del gran es­critor. Más sig­los y sig­los,  más  sig­los  de sig­los,  más  mil­lones y mil­lones de sig­los. Ya las la­gu­nas no son las mis­mas; ya la faz de esa boli­ta que rue­da por el éter ha cam­bi­ado. ¿Quién sabe ya lo que er­an las la­gu­nas famosas? Un es­fuer­zo para imag­inar una eternidad que cae co­mo una ater­rado­ra losa de plo­mo so­bre  la  es­feri­ta Tier­ra;  un es­fuer­zo  para  lo­grar  imag­inarnos  a este plan­eta gas­ta­do, viejo, inservi­ble. To­do ha pasa­do ya co­mo en un sueño; por los es­pa­cios in­fini­tos, mil­lones de mun­dos que gi­ran ince­santes. Del nue­stro ya no hay noti­cias. Co­mo surgió de lo pro­fun­do del tiem­po, ha vuel­to a lo pro­fun­do de la na­da. No  ex­istía  la  cosa en sí;  er­an imá­genes que se han desvanecido.
Im­agen, Cer­vantes; im­agen, las la­gu­nas de Ruidera; imá­genes, nosotros mis­mos que ve­mos las imá­genes. Y es­ta es la supre­ma lec­ción que nos ofrece el ter­so y límpi­do cristal de las bel­las lagunas; lec­ción que es un en­sueño, al igual que lo era to­do lo que imag­in­aba Don Qui­jote. Imágenes del amor, del heroís­mo, de la amis­tad,  de la dicha,  de la es­per­an­za.  Imá­genes  a  que  nos  afer­ramos con to­da nues­tra al­ma. Tal es el consue­lo y la razón de vivir de los mor­tales. En tan­to que el gran­ito de mostaza corre por la que nos parece in­men­si­dad —in­mensidad que tal vez no sea may­or que la pal­ma de la mano— y que nues­tra vi­da du­ra un tiem­po que aca­so no ex­ce­da de una milési­ma de segundo.

martes, 3 de noviembre de 2009

EL LICENCIADO VIDRIERA, ENSAYO DEL QUIJOTE



Hace unas semanas publicaba un excelente profesor de literatura un artículo contándonos sus esfuerzos por acercar El Quijote a los escolares: La vida al tablero. Este escrito me hizo reflexionar sobre la conveniencia de dar a leer una bebida fuerte, como es el Quijote, a personas que por su edad no pueden estar lo suficientemente maduros para comprenderlo. Habrá excepciones, pero esas excepciones ya buscan el texto de Cervantes por sí solos. Además, en su artículo, Joselu, que así se llama nuestro querido profesor, nos cuenta que el texto asignado en la selectividad no incluye todos los capítulos del Quijote, sino solamente una selección, inevitablemente arbitraria.
He visto siempre con horror todas las manipulaciones de la obra de Cervantes. Textos resumidos, textos simplificados, textos cambiados, películas, series, dibujos infantiles... ¡Qué poco se respeta en España la verdadera propiedad intelectual, la del espíritu! A todos los poderes públicos les preocupa que alguien pueda leer un libro sin pagar; prueba de ello es que en Google Books es preciso vivir en los Estados Unidos para poder leer muchos de los volúmenes de la BAE, de Rivadeneyra, editados en el Siglo XIX. En España solamente se puede acceder a una ridícula vista de fragmentos, limitada a menos de ¡un párrafo!, como hace unos días pude comprobar con la edición de D. Adolfo de Castro de las Obras Escogidas de Filósofos. Claro, mediante algunos trucos se puede acceder a la lectura de la obra, fingiendo que se lee desde los Estados Unidos. Digo todo esto porque, en cambio, a nadie le importa que se desfigure el Quijote, ni que meta mano en sus páginas el primer animal que piense que así podrá hacer algo de dinero. Baste ver que el Ministerio de Educación piensa que con leer unos capítulos sueltos de lo que la ministra del ramo supondrá es un plomazo aburrido, es bastante para cualquier alumno.
Pues yo pienso que lo mejor que se podría hacer con el Quijote es prohibirlo. Gracias a estar prohibido, leí yo con devoción la Antología Rota de León Felipe, que se compraba en las trastiendas de las librerías cuando yo era adolescente. Ojalá solamente se pudiera acceder al Quijote en esas trastiendas; tal vez mejor suerte le depararía al libro de Cervantes.
Si el Quijote no ha sido nunca entendido en España (sería presunción que lo dijera yo, pero en mi descargo, lo dice Azorín y lo dijo Cajal), si nunca se ha puesto en obra las consecuencias del reproche general de Cervantes a los españoles, ¿por qué se da a leer a los escolares? ¿Por qué no se enseña en su lugar El Licenciado Vidriera? El Licenciado Vidriera es un ensayo del Quijote. Ese sí es un buen Quijote preliminar, resumido y compendiado. Claro, no puede Cervantes ni nadie podría expresar en unas pocas páginas lo que luego expresó en El Quijote. No puede estar en El Licenciado Vidriera toda la maravillosa riqueza de matices del Quijote. Pero basta para un escolar con comprender esta obrita de Cervantes. Comprendiendo bien El Licenciado Vidriera se conoce mucho mejor el espíritu de Cervantes que leyendo deprisa y mal, sin comprenderlo a fondo, El Quijote.
 ¿Qué repercusión tienen hoy en España las Novelas Ejemplares? Ninguna. Sospecho que, hoy en día, nadie las lee. Y sin embargo, son una obra elevada, son una obra bellísima, respetuosa, limpia, clara. ¿Os habéis fijado en que Cervantes no ha escrito nada que pueda ofender a un niño, a un joven? No conozco una sola página en su obra que no pueda darse a leer al ser más inocente del mundo. Siempre, desde que me di cuenta de esto, aspiré yo a escribir así lo que escribiera. Ya que no con talento, sin maldad. Y no es fácil hacerlo, os lo aseguro. Toda la obra de Cervantes es la de un hombre, desengañado, sí, de los poderes mundanos, pero de un hombre sensible que quiere tener la conciencia tranquila con respecto a lo que sus palabras hayan podido hacer en el alma de los que lo lean.
En el Licenciado Vidriera Cervantes encuentra su forma de decir verdades comprometidas sin que pueda acusársele de ello; y aunque pueda acusársele, al menos de modo que pueda disculpársele. Cervantes utiliza el recurso de que sea un loco quien dice la verdad. Así se ofrece ésta para que el que quiera entenderla la entienda. Y al que le moleste verse reflejado en las palabras de Tomás -el licenciado- puede pensar que son disparates de loco.
Disparates de loco, pensarían los editores cuando leyeran que su falta consiste en "los melindres que hacen cuando compran un privilegio de un libro, y la burla que hacen a su autor si acaso le imprime a su costa, pues en lugar de mil y quinientos, imprimen tres mil libros, y cuando el autor piensa que se venden los suyos, se despachan los ajenos." Disparates de loco, pensarían los cortesanos, al escuchar al licenciado decir que "yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear." Disparates de loco, pensarían los médicos, al escuchar que "solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay descubrirse sus delictos, porque al momento los meten debajo de la tierra." Disparates de loco...
El licenciado Tomás Rodaja, que ya se llama Tomás Rueda, se ha curado. Y si antes llevaba detrás una turba escuchando sus sentencias, ya no le interesa a nadie. Cuando loco, se ganaba el sustento; cuando cuerdo, y licenciado en Leyes por Salamanca, ya no tiene con qué comer. La España de la risotada y la burla sangrienta le echaba de comer a Vidriera. Al hombre honrado y sabio lo desprecia.
"Castilla miserable,
ayer dominadora,
envuelta en sus harapos
desprecia cuanto ignora."

De nada le vale a Tomás Rueda decir: "Lo que solíais preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado". De nada le vale tampoco a Cervantes. Lo que España destina a sus mejores hombres es pobreza y nada más.
"Y viéndose morir de hambre -dice Cervantes-, determinó de dejar la corte y volverse a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio. Y poniéndolo en efecto, dijo al salir de la corte:
"-¡Oh corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!"
¿No veis que en Tomás Rueda está, como decíamos al principio, la mejor preparación para el Quijote? Y en las demás Novelas Ejemplares está también lo mejor de Cervantes. Condensado, menos sutil, menos dificultoso que El Quijote. Y para que España siga despreciando a Cervantes, ya que desprecio es no poner en práctica la curación de los vicios que él denunció, esas alforjas bastan.
Adiós, Tomás Rueda; adiós, La fuerza de la sangre; adiós, La española Inglesa; otros días vendrán, si vienen, en que también hablaremos de vosotras.

martes, 27 de octubre de 2009

ESPAÑOLES EN PARÍS



No había leído yo el libro de Azorín Españoles en París. Estoy aprovechando estos días para dar un repaso a las Obras Completas de Azorín, en la edición de nueve tomos de Aguilar. Esta edición es lo más valioso, materialmente, que tengo en mi biblioteca. La compré a Abelardo Linares con mis primeros ingresos profesionales. Estuve un año pensando si la compraría o no, con motivo de su precio. ¿Quién sería el anterior poseedor de esta edición que yo leo ahora? Tenemos sin duda este hombre, que ya habrá muerto, y yo, una especie de comunión íntima. Por las manos de los dos han pasado estas páginas, de un grosor ideal. Son finas, pero no dejan traslucir el revés de la tinta. ¿Quién será el siguiente poseedor de estas obras completas que ahora son mías, cuando yo muera también?. Espero que sienta el mismo placer que yo he sentido con ellas.
Españoles en París. Ningún libro hasta ahora me había comunicado un dolor tan agudo sobre la guerra civil española. Azorín no habla de la guerra en él, no hace mención a ninguno de los dos bandos. Solamente una vez dice que, en medio de un bombardeo, en Madrid, se encerró en su cuarto, con las ventanas clausuradas y estuvo leyendo la Odisea. Nada más. En Españoles en París no se habla de España. Y, sin embargo, Azorín consigue que, al no nombrarla, la guerra española esté presente en todas las líneas del libro. ¿Qué es más trágico? ¿La expresión del dolor vivo mediante una descripción de ese dolor junto con un análisis de sus causas? Estamos acostumbrados a ver el dolor por la guerra española así. Estamos acostumbrados a que nos relaten con datos, con mapas, con testimonios, con documentos, lo que ocurrió entre españoles. Y sin embargo toda esa copia de fotografías, de documentos verídicos nos dejan fríos. Comprendemos lo que ocurre, pero a una gran distancia emocional. ¿Será más trágico el silencio? ¿Podrá el silencio conmovernos más hondamente?
La prosa, los sentimientos de Azorín en este libro no son los de siempre. En este libro Azorín parece perder algo de su ingenio y de su maestría. Y yo, que soy un buen amigo suyo, creo haber descubierto la causa. ¿Habéis sentido alguna vez un dolor fuerte, inquebrantable, que no podemos asimilar ni comprender? Nuestra condición de adultos nos permite, según relató Sigmund Freud, elaborar nuestros sentimientos. Mediante esta elaboración, encontramos las razones de los sucesos y podemos integrarlas en el curso normal de la vida. Las situaciones traumáticas, que dejan cicatrices, a veces para siempre, en el corazón, suelen producirse en la infancia. Los niños no tienen desarrollada esta capacidad de elaboración que los adultos sí tenemos. Y Azorín, como un niño, siente en su alma que no puede encontrar razones que justifiquen el horror de la guerra española. Y como ocurre con las cosas que nos han herido en la infancia, las aparta del primer plano de su atención. Pero este apartarlas del primer plano no hace sino mantenerlas vivas y luchando por seguir a flote en el inconsciente. La prosa de Azorín cambia en Españoles en París. Azorín va al Louvre continuamente. Quiere interesarse en los cuadros que ve, cuadros que sabe que son bellísimos, cuadros que él ha conocido a través de postales, estampas y otras reproducciones. Pero no puede ver los cuadros tan claramente como los veía en su cuartito de Madrid. En Madrid, Azorín podía concentrarse en lo que veía y extraer la esencia del cuadro por medio de la reproducción. En París, ante el original querido, Azorín es incapaz de verlo libremente. Mira el cuadro pero la guerra, el dolor de la guerra de España le empaña la mirada, le impide ver con claridad. Un día piensa que le gustan unos cuadros. Otro día, ya no son esos cuadros los preferidos por él. Un día admira la sobriedad de Corot. Al día siguiente piensa que Corot es demasiado gris, que tiene poco color. Lo mismo le pasa en las Iglesias. Azorín entra en las iglesias buscando distraerse. Pero lo que antes le resultaba fácil de analizar y disfrutar ahora le resulta difícil. La pluma que antes se deslizaba vertiginosa sobre el papel en blanco, ahora se detiene en las primeras palabras. Por primera vez en su vida, a Azorín le cuesta trabajo escribir.
A quien no conozca profundamente a Azorín es difícil que le emocione la lectura de Españoles en París. Yo no se la recomiendo; hay multitud de libros de Azorín más brillantes, más profundos, más lúcidos. Pero en Españoles en París está, a mi juicio, el Azorín íntimo, el Azorín que sufre un dolor tan grande que le produce estupor, el Azorín niño que no quisiera sino que lo que ocurre no estuviera ocurriendo. El Azorín que desearía sencillamente que alguien que estuviera más desarrollado que nosotros le cogiera la mano y le dijera: No te preocupes, esto ya no va a pasar, esto que ocurre nunca ha ocurrido en realidad; era un sueño, una pesadilla.
En Españoles en París, un matrimonio, ya anciano, ha dejado a su hijo en España. No ha sido posible que su hijo salga de España y los acompañe a París. Con el dolor de su separación y entre la pobreza de su falta de medios, lo que mantiene con esperanza a estos ancianos son las cartas que les llegan puntuales de su hijo. Un día se interrumpen las cartas. El mundo se ensombrece definitivamente. Este matrimonio espera, al principio, que sea una interrupción circunstancial. Pasa el tiempo y las cartas siguen sin llegar. Ya ellos se han hecho a la idea de que ha sucedido lo peor que podía suceder. Pero pasa mucho tiempo y, al cabo de ese mucho tiempo, llega una sola carta. No pueden ellos abrir esa carta. No se atreven a abrirla. Después de pensar lo que van a hacer, deciden llamar a un amigo para que sea él quien abra la carta. No pueden resistir la presencia del amigo mientras va a abrir la carta. Así que bajan a la calle. Su amigo está en el cuartito modesto leyendo la carta. Ellos dos están en el parque, frente a ese cuartito. Los dos tienen la vista fija en la ventana.

martes, 20 de octubre de 2009

SÉNECA, O CÓMO SER AMIGO DE UNO MISMO



Siempre admiré el modo en que Marco Aurelio comienza sus Meditaciones: "Aprendí de mi abuelo Vero...". Este comenzar agradeciendo es una característica natural en el equilibrado escritor, acaso el hombre más sereno que hayamos conocido. De él pienso escribir otro día. Y qué suerte para Marco Aurelio poder citar en primer lugar a su abuelo. Muchos de nosotros también hemos tenido esa suerte de poder aprender de nuestros mayores. Baste hoy decir que si tuviera que confesar quién me enseñó lo más relevante -tal vez- para mi vida posterior, en los momentos confusos de la última adolescencia, diría sin dudarlo que me lo enseñó Séneca.
Me pregunto, al comenzar a escribir sobre Séneca, si debería primeramente defenderlo de las ingratas acusaciones que he leído con frecuencia que se vierten sobre él, en nuestros días. Considero que Séneca está demasiado por encima de mí para hacerlo; al menos diré que pienso que quien sea capaz de expresar por Séneca otra cosa que una rendida admiración será sin duda porque no lo conoce, porque no lo ha leído, porque habla de oídas. Y que yo me limito a hacer con él lo mismo que hago con mis amigos: lo quiero porque lo conozco; lo que yo veo de primera mano no puedo dejar que me lo empañen las habladurías. Diré, como siempre digo: Conmigo se ha portado bien. Por eso merece mi agradecimiento.
De Séneca aprendí en qué consiste la amistad y quién sabe si, sin su enseñanza, hubiera logrado tener un amigo. La amistad, como el amor, no es cosa que nadie nos pueda garantizar que estemos predestinados a vivirla. Siempre pensé que tanto la amistad como el amor son bienes demasiado altos como para que nos propongamos conseguirlos a lo largo de la vida. Ambos requieren de una preparación, de una afinación del propio espíritu, a menudo larga y que muchas veces se frustra. Aún en el caso de que consiguiéramos el estado de gracia que se precisa aportar, es preciso que coincida con nosotros, en el espacio, pero también en el tiempo indicado, la persona que sea capaz -y que tenga la voluntad de hacerlo- de entretejer ese lazo con nosotros. Más razonable será no exigir a la vida lo que en muchas vidas no suele alcanzarse. A cambio, a nuestra disposición y accesibles están muchas relaciones cordiales, respetuosas, afectuosas. Eso sí se puede conseguir, eso sí es accesible a cualquiera que esté dispuesto a prestar su esfuerzo a la tarea, que tampoco es fácil ni llana. Por eso, si la amistad o el amor nos llegan seremos, sin duda, unos seres privilegiados por la vida. Pero si no nos llegan, y es lo común, no los echaremos de menos si ya desde el principio comprendimos que no estaría en nuestra mano tenerlos y que la vida, sin ellos, puede ser también suficientemente plena y esforzada. No obstante, si la probamos, la verdadera amistad es una de las emociones más fuertes y más puras que podamos sentir los seres humanos. Que dos hombres se comprendan desde la soledad propia y puedan mirarse limpiamente a los ojos está tal vez unas pulgadas por encima de nuestra condición natural y de nuestras infinitas y miserables limitaciones.
Pero escuchemos a Séneca, que es a lo que hemos venido:
"Medita durante largo tiempo si alguien tiene que ser admitido en tu amistad; y en cuanto llegues a complacerte en admitirlo, acéptalo de todo corazón y háblale con tanta libertad como a ti mismo. Procura vivir de manera que no haya en ti cosa secreta, nada que no puedas confiar hasta a tu enemigo; pero, atendiendo a que ocurren ciertas cosas que la costumbre nos manda mantener ocultas, comparte con tu amigo todos tus afanes, todos tus pensamientos. Si le tienes por fiel le forzarás a serlo, pues algunos han enseñado a engañar temiendo ser engañados y con sus sospechas conceden derecho a ser infiel."
Diré que muchas veces he comprobado, a lo largo de mi experiencia, lo verdadero de este consejo. Y que cuando elevamos a la altura de la dignidad a quienes nos rodean los forzamos, como dice Séneca, a comportarse dignamente. Casi nunca, cuando me he dirigido a otro de esta forma, me ha defraudado después. Y es que la mirada de los demás sobre nosotros mismos es con frecuencia capaz de cambiarnos. Hasta en la misma enseñanza, según leí no hace mucho en un libro de pedagogía, la mirada y las esperanzas que el maestro pone en cada uno de sus alumnos se cumplen casi siempre. Es que la emulación da paso a querer cumplir estas esperanzas que los demás proyectan en nosotros. ¡Qué distinta la emulación de la torpe competencia, que es lucha de un hombre contra otro hombre,  lucha indigna de ambos, que ahora pretenden enseñarnos!.
"Pero si tienes a alguien por amigo y no confías en él tanto como en ti mismo, te equivocas gravemente y no alcanzas a conocer bastante la fuerza de la verdadera amistad."[...]
"¿Por qué contraer una amistad? A fin de tener por quien poder morir, de tener alguien a quien seguir en el destierro, a quien salvar la vida a expensas de la nuestra. [...] el amor puede definirse como una amistad enloquecida."
No sé si estas concepciones del amor y de la amistad estarán muy en uso, en nuestros días. Seguramente se dará también lo que Séneca desaprobaba: "Quien no mira más que a sí mismo, y, según este criterio, contrae una amistad únicamente en interés propio, piensa indignamente. Acabará tal como haya comenzado. Ha querido prepararse un amigo para que le socorra en el cautiverio, y este amigo, en cuanto ha percibido ruido de cadenas, se ha apartado. Estas son aquellas amistades que el pueblo llama temporeras. Quien haya sido admitido por utilidad, placerá mientras sea útil. De ahí aquella muchedumbre de amigos en derredor de las fortunas florecientes; en derredor de los arruinados sólo hallaremos soledad, ya que los amigos huyen de aquellos lugares donde son puestos a prueba. [...] Quien comience a ser amigo por conveniencia, acabará de serlo también por conveniencia. Llevará la ventaja a la amistad cualquier recompensa si en la amistad preferimos cualquier cosa distinta de ella misma."
También aprendí de Séneca a ser amigo de mí mismo, enseñanza que me ha servido para vivir en paz y para no estar solo. No sé si a alguien podrá parecerle esto poco; para mí ha sido mucho, ha sido la base sobre la que descansó mi vida desde entonces. También a esto me enseñó María Victoria Gutiérrez, como ya dije un día aquí, a quien tampoco he olvidado.
Dice Séneca: "¿Me preguntas qué progresos he realizado? "He comenzado a ser amigo de mí mismo". Grande fue el progreso que hizo: nunca más se encontraría solo. Puedes estar cierto que este hombre es amigo de todos."
Nada más y nada menos. Esta simple frase ha sido uno de los determinantes de mi vida. Ahora la leo y hasta me produce extrañeza que diez o quince palabras hicieran un efecto tan fulminante en mí. Pero como lo hicieron y como es verdad que nunca más me he encontrado solo desde el día en que la leí, os la ofrezco desde la perplejidad que hoy provoca en mí su nueva lectura, treinta  y tantos años después. A quien da lo que tiene no se le puede pedir más.
Terminaré por hoy con otra frase de Séneca que siempre he llevado en la memoria. Me parece que, a día de hoy, no puede ser más políticamente incorrecta. Pero como me ha servido para distinguir muchas cosas en mí mismo, como una piedra de toque ante la que ningún metal se ha resistido a dar su verdadero valor, la copiaré aquí. Quienes me leen sabrán que considero a la libertad de elección una acepción impropia que confunde el valor de la verdadera libertad. Me gusta la libertad que consiste en la facultad de contemplar la verdad, casi siempre a costa de uno mismo. Es que uno mismo me parece el obstáculo más relevante frente al objetivo de ser libre. ¿Me perdonaréis si la escribo en latín y también en castellano? La traducción española es de José M. Gallegos Rocafull, una bella traducción, a mi juicio, de un bello libro editado por la Universidad Autónoma de México en 1953. ¿Por qué me gustan tanto las traducciones mexicanas? ¿Será porque hasta que dí con la de Pablo Simón, de Friedrich Nietzsche, no podía entender a este filósofo?
Dice así Séneca: "Uoluptatem natura necessariis rebus admiscuit, non ut illam peteremus, sed ut ea, sine quibus non possumus uiuere, grata nobis illius faceret accesio; suo ueniat iure, luxuria est." Y la traducción: "Mezcló la naturaleza el deleite con las cosas necesarias, no para que lo buscáramos, sino para que esas cosas sin las cuales no podemos vivir, nos las hiciera gratas el placer que llevan; si viene éste por su propio derecho, es lujuria."
Siempre he sentido a Séneca como educador y le estoy agradecido. Eso me ha impedido traspasar el umbral de respeto con que lo contemplo. Así que no puedo considerarlo amigo en el sentido en que siento esta amistad cómplice con otros muchos escritores. Como a todos los que han intentado enseñarme algo, no puedo dejar de quererlo. ¡Ojalá tú, joven lector, puedas traspasar esta barrera que yo siento distante y hablar, escribir un día, de Séneca como de tu verdadero y cercano amigo!

martes, 6 de octubre de 2009

VOLVAMOS A LA TUMBA DE LARRA


¿Qué podrá decirse en este apartado blog de Mariano José Larra? En España, todo el mundo sabe que uno de sus artículos se llama "Vuelva usted mañana". Seguramente se piensa que ya el título es lo suficiente expresivo y describe, con toda probabilidad, la esencia de su contenido lo bastante como para que valga la pena leerlo. Tal vez haya leído el artículo algun antiguo estudiante, algún opositor, por haberlo incluido tal vez alguien en un remoto plan de estudios. Del resto de la obra de Larra, dudo mucho que en la actualidad, se lea nada por parte del público en general. ¿Habrá algún feo estudioso que lea a Larra en nuestros días? Seguramente lo habrá, y será estudioso por ese motivo, porque el ser feo no le dará opción a otra cosa. ¡Pobrecillo!
Es que si el uno por ciento de los españoles leyera hoy a Larra, la situación nacional sería insostenible. Es que ese uno por ciento armaría una revolución. Por eso, más vale que no se hable de él, que no se edite su obra, que no tenga un lugar permanente en las librerías. En cambio, estudiemos el diccionario secreto de C. Cela. Allí aprenderemos las acepciones de las palabras malsonantes, con objeto de que puedan ser incorporadas mejor a los mensajes de texto a través de los teléfonos móviles que es a lo que está reducida la actual literatura, para mayor honra de nuestros ministros de "cultura".
¿Cuál es, a juicio del autor de este escrito, la peligrosidad que encierra la obra de ese tal Larra? ¿Es autor incendiario, que anima la quema de nuestros montes? ¿Es autor terrorista, que enaltece la violencia en nuestras comunidades? No, no sería ese el peligro de que leyéramos a Larra, nada más alejado de su intención. El peligro verdadero de leer la obra de Larra en nuestros días sería ver que su descripción de España y de los españoles es exacta.
¿Qué mal hay en que Larra vea a los españoles tal cual somos? ¿No es acaso esto prueba de que lo que dicen los manuales de literatura es en este caso verdad, en contra de lo que usted sostiene con frecuencia, Animal? Ay, Larra ve con exactitud el origen, la forma y el modo de ser de nuestro carácter y de nuestros problemas, tan exactamente que nos parece que ha escrito sus artículos ayer mismo, ayer por la tarde. Pero la tragedia que supone todo esto es que Larra murió el 13 de febrero de 1837. Y si, en sus escritos del primer tercio del siglo XIX,  describe con exactitud la sociedad española de 2009, ¿Qué es lo que hemos avanzado desde entonces? Si Larra, por conocernos bien, conoce hasta el talante y la intención de los periódicos de esta mañana, resulta que todo lo que nos han dicho en la escuela que ha pasado, no ha pasado realmente. Y que desde María Cristina de Borbón hasta Juan Carlos de Borbón no ha sucedido nada. Revoluciones, Restauraciones, Repúblicas, Guerras, Dictaduras. Si han existido (lo que dudaría tal vez Berkeley) o no da igual. No han servido para nada.
La cortísima vida de 27 años de Larra, en cambio sí ha existido y existirá. Existirá mientras siga revelando nuestro ser, mientras siga mostrándonos cómo somos, mientras no cambiemos para bien. Tal vez pueda escribirse otra entrada semejante a esta que escribimos ahora en el año 2109, si es que para entonces hay blogs, castellano y teclas para hacerlo. Tal vez sí, tal vez no.
En 1901, en la tarde del trece de febrero, un grupo de jóvenes armados de ramos de violetas se dirigió desde la Puerta del Sol de Madrid hasta Atocha, hasta el cementerio de San Nicolás donde estaba enterrado Larra. Allí leyeron un breve discurso, "Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra". Los jóvenes eran Ignacio Alberti, Camilo Bargiela, Pío Baroja, Ricardo Baroja, José Fluixá, Antonio Gil y J. Martínez Ruiz. Su escrito decía así:
"Amigos: consideremos la vida de un artista que vivió atormentado por ansias inapagadas de ideal; y consideremos la muerte de un hombre que murió por anhelos no satisfechos de amor. Veintisiete años habitó en la tierra. En tan breve y perecedero término, pasó por el dolor de la pasión intensa y por el placer de la creación artística. Amó y creó. Se dió entero a la vida y a la obra; todas sus vacilaciones, sus amarguras, sus inquietudes están en sus vibradoras páginas y en su trágica muerte.
Y he aquí porqué nosotros, jóvenes y artistas, atormentados por las mismas ansias y sentidores de los propios anhelos, venimos hoy a honrar, en su aniversario, la memoria de quien queremos como a un amigo y veneramos como a un maestro.
Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra. Sincero, impetuoso, apasionado, Larra trae antes que nadie al arte la impresión íntima de la vida, y con Larra antes que con nadie llega a la literatura el personalismo conmovedor y artístico. La lengua toda se renueva bajo su pluma: usado y fatigado el viejo idioma castellano por investigadores y eruditos en el siglo XVIII, aparece vivaz y esplendoroso, pintoresco y ameno en las páginas del gran satírico.
La vida es dolorosa y triste. El desolador pesimismo del pueblo griego, el pueblo que creara la tragedia, resurge en nuestros días. "¡Quién sabe si la vida no es para nosotros una muerte y la muerte no es una vida!", exclama Eurípides. Y Larra, indeciso, irresoluto, escéptico, es la primera encarnación y la primera víctima de estas redivivas y angustiosas perplejidades. El constante e inexpugnable "muro" de que Fígaro hablaba, es el misterio eterno de las cosas. ¿Dónde está la vida y dónde está la muerte?
"Tenme lástima, literato", le dice a Larra, en uno de sus artículos, su criado, "yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia". Ansioso e impotente cruza Larra la vida; amargado por el perpetuo no saber llega a la muerte. La muerte para él es una liberación: acaso es la vida. Impasible franquea el misterio y muere.
Su muerte es tan conmovedora como su vida. Su muerte es una tragedia y su vida es una paradoja. No busquemos en Larra el hombre unilateral y rectilíneo amado de las masas: no es liberal ni reaccionario, ni contemporizador ni intransigente: no es nada y lo es todo. Su obra es tan varia y tan contradictoria como la vida. Y si ser libre es gustar de todo y renegar de todo —en amena inconsecuencia que horroriza a la consecuente burguesía—, Larra es el más libre, espontáneo y destructor espíritu contemporáneo. Por este ansioso mariposeo intelectual, ilógico como el hombre y como el universo ilógico; por este ansioso mariposeo intelectual, simpática protesta contra la rigidez del canon, honrada disciplina del espíritu, es por lo que nosotros lo amamos. Y porque lo amamos, y porque lo consideramos como a uno de nuestros progenitores literarios, venimos hoy, después de sesenta y cuatro años de olvido, a celebrar su memoria.
Celebrémosla, honrémosla, exaltémosla en nuestros corazones. Mariano José de Larra fue un hombre y fue un artista: saludemos, amigos, desde este misterio de la vida a quien partió sereno hacia el misterio de la muerte."
Y termino yo: si queremos saber si son los clásicos de actualidad o no, leamos a Larra, volvamos a la tumba de Larra.

martes, 29 de septiembre de 2009

LOS CLÁSICOS CASTELLANOS


 Tengo entre los libros de mi biblioteca un ejemplar de "Ciencia del lenguaje y arte del estilo", de Martín Alonso. Este libro es una especie de compendio de lengua y literatura en castellano que va desde la descripción de la génesis y evolución de nuestro idioma hasta estudios de morfología y sintaxis castellanas sin descuidar la estilística, una interesante relación de bibliografía básica y hasta una antología de escritores y un pequeño diccionario ideológico. Siempre me gustaron los libros de preceptiva y atesoro un magullado libro de texto, en la tradición de "Agudeza y Arte de Ingenio" de Baltasar Gracián, del comienzo de los años cuarenta.
En este magnífico libro de Martín Alonso, en su parte bibliográfica, podemos contemplar la existencia de un cuerpo fundamental de ediciones de clásicos castellanos que se creó y estuvo vigente a lo largo de poco más de un siglo. En esta relación de textos, ocupaban, en mi opinión, un lugar destacado la colección de Clásicos Castellanos de la editorial Espasa-Calpe, la Biblioteca de Autores Cristianos, de la Editorial Católica y, sobre todo, la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra, propiedad de la Real Academia Española.
Una parte de la BAE puede encontrarse digitalizada. No se comprende que cuando esta digitalización la realiza Google Books, la lectura sea fácil y rápida, mientras que cuando la digitalización la hace la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, la lectura de un libro se realice incómoda y farragosamente, ya que tal libro se ha convertido, para el visitante, en una adición sin más de una serie de archivos jpg.
Ya dijimos, al hablar de la obra de Azorín, que nos parece incontestable que en el cuerpo de nación de España se encuentra insertado, como parte fundamental, su cultura, su lengua, sus tradiciones y su literatura. Tendrá todo esto más o menos interés para unos y otros, según el interés que despierte esta nación, pero es curioso que para alguien que se denomine a sí mismo Gobierno de España, la literatura española no tenga importancia. Digo ésto, porque, si la tuviera, con una millonésima parte de los recursos que ese tal Gobierno de España dedica a fruslerías podría editarse y mantenerse accesible un cuerpo fundamental de literatura española.
¿Para qué sirve tener editado este cuerpo fundamental? Si se piensa que para nada, como así parece que lo piensa el Gobierno de España, esto significa que estamos de vuelta al pleno siglo XIX, exactamente al año 1846, año en que empieza a publicarse la biblioteca de Rivadeneyra, año hasta el cual la situación era parecida a la de ahora. Era entonces y es ahora difícil leer, compilada en un libro, la obra de nuestros escritores esenciales.
Conformémonos con Google Books, ya que no tenemos otro remedio. Y en Google Books veremos que la lectura de las obras de la BAE conlleva muchas ventajas, a mi entender, frente a las pocas ediciones actuales, siempre parciales, que puedan competir con ella.
La tipografía de la BAE es magnífica; el formato del texto a dos columnas, el ideal; es sabido que si se distribuye un texto de modo que podamos abarcar cada línea de un solo golpe de vista es más fácil la comprensión en la lectura rápida. Parece que en esto de la lectura rápida sabían más los impresores del siglo XIX que algunos de los actuales. Además de todo esto, en los tomos de la BAE suele encontrarse la obra completa del autor en cuestión, por lo que resulta fácil navegar por ella, así como un pequeño estudio preliminar, en algunos casos de interés. Para terminar, la BAE no lleva notas al margen, bibliografía ni estudios críticos. ¿Considero que suele ser mejor una edición sin notas que una con notas? Sí; desgraciadamente, lo considero así. Si las notas tuvieran la intención de aclararnos las intenciones oscuras del autor, caso de existir esta oscuridad, comprendería su utilidad. Pero si las notas tienen, como suelen, la intención de poder apropiarse de los derechos de autor de una obra cuyos derechos han caducado, las notas me parecen un abuso y un engaño y un estorbo y una distracción al lector. Las mejores notas, para mí, consisten en tener un buen diccionario a mano. Y la mejor edición del Quijote, una vez que fue puntuado, es la de Cervantes. La prefiero a las que figuran como "edición de fulano de tal, catedrático" o "edición de mengano de cual, de la Real Academia". Tampoco la Academia es lo que era.
Como primera recomendación para la lectura de los volúmenes de la BAE tengo que daros la que me di a mí mismo, ya que fueron los primeros tomos que adquirí, hace ya muchos años. Son los correspondientes a los Poetas líricos de los siglos XVI y XVII.
En estos dos volúmenes de la BAE, los correspondientes a los tomos I y II de los Poetas líricos de los siglos XVI y XVII está el cuerpo fundamental de la poesía lírica española. Allí están, ordenadas por D. Adolfo de Castro, nada menos que las obras de Garcilaso, de Gutierre de Cetina, de Hurtado y de Castillejo, de Fernando de Herrera, de Medrano, de Céspedes y de Pacheco, de Francisco de Rioja, de Juan de Arguijo, de Baltasar del Alcázar, del doctor Juan de Salinas, de Pedro de Quirós y de D. Luis de Góngora. De Pedro de Espinosa, de Trillo y Figueroa, de Juan de Jáuregui, de Felipe IV y del infante D. Carlos de Austria, de Villamediana, de Miguel Moreno, de Polo de Medina y de Agustín Salazar, de Alonso de Varros, de Pérez de Herrera, de los Argensola, Lupercio Leonardo y Bartolomé,  de Enríquez Gómez, del conde de Rebolledo, de Setanti, de Juan Rufo, de Mirademescua, de Velasco, de Solís, de Valenzuela, de C. de Figueroa y de Nieto y Molina, además de la Floresta de varia poesía.
 Para terminar, algún ejemplo de la poesía, hoy olvidada, que podemos encontrar allí. No citaré a ninguno de los autores principales, harto sabido el placer de su lectura. Pero sí podemos ilustrarnos con algún poeta que sea hoy medio desconocido, con el objeto de intentar despertar vuestra curiosidad. Vayamos pues con una pequeña muestra de los epigramas de Manuel Moreno.
"Dicen, Pedro, que dispones
la retórica estudiar,
y que cuidas de hallar
maestro y buenas lecciones.
Yo, a tu provecho inclinado
(y porque menos te inquietes),
diré que estudies billetes
en que se pide prestado."
... ... ... ... ... ...
"Sacando a Pedro a ahorcar,
dije que animoso fuera,
y respondió: "Yo lo hiciera
si me fuera yo a matar;
pero en tan bajo sufrir
de que a mí jamás me plugo,
ponga el ánimo el verdugo,
baste poner yo el morir."
... ... ... ... ... ...
"Pedro, mientras militares
debajo de superior,
será muy nocivo error
si a esta advertencia faltares:
Del manejo nunca a ti
los aciertos te atribuyas;
muestra ser acciones suyas,
y corra el daño por mí."

martes, 22 de septiembre de 2009

AZORÍN, ANECDÓTICO


Azorín es autor de una obra esencial y por ella perdura. Pero tal vez no esté de más dar un breve paseo por lo que son sus alrededores; tal vez pequeñas anécdotas, junto con algún juicio crítico de autoridad de más valor que la mía, puedan servir para acercarnos a ese hombre tan desconocido hoy en día como es Azorín, con el ánimo de atraer a alguien hacia el inmenso gozo que da la lectura de su obra.
Al día siguiente de su muerte se escribe, en la necrológica del periódico La Vanguardia, el sambenito de siempre: "El hombre que exaltó lo vulgar en primorosa creación artística, [...]". Ya se ve que el periodismo no ha cambiado tanto desde entonces, 3 de marzo de 1967. Es imposible decir un disparate mayor acerca del significado de la obra de Azorín, y lo peor es que ese disparate se repite y se repite y se repite.
Un año antes de su muerte, el 23 de marzo de 1966, escribe en una carta: "¡Cuántas cosas se ven por el mundo! El Presidente de los Estados Unidos está haciendo efectivo un pensamiento de Pascal. Este: No pudiendo hacer que lo justo sea lo fuerte haremos que lo fuerte sea lo justo". Para los que piensan que el mundo cambia y que los clásicos no saben nada de la actualidad, queda esta frase anecdótica de Azorín, frase que no será posible encontrar explícita en su obra publicada, ya que, como hemos dicho, en lo que publicó Azorín hay que leer siempre entre líneas.
Otro ejemplo, otra anécdota de la actualidad de nuestros clásicos. Copiemos de un sencillo artículo de Azorín, publicado el primero de octubre de 1896 y que puede ser consultado...nada menos que en Amsterdam:
"La explotación del socialismo.
Desde Valencia
"Mentira tras mentira. Después de la explotación democrática, la explotación republicana y tras ella la explotación del socialismo. Es una farsa más. Necesítase una idea que alucine al obrero y le desvíe de la persecución de sus verdaderos derechos[...]
"Eso es el socialismo autoritario: una buena forma de distraer las fuerzas del pueblo, un nuevo sistema de medro personal, una flamante fábrica de actas. ¿Por qué los que se dicen amigos de la verdad, defensores de la justicia, amantes de la lógica, no renuncian a los procedimientos de los partidos monárquicos y republicanos? ¿Por qué mantener con nombres diversos los mismos resortes políticos, la misma organización social? ¿Qué me importa a mí, obrero que con mis manos he de ganar el pan diario, que me imponga la ley un monarca, un presidente o una junta?
"No se hable de la conquista del poder por el obrero. Eso es absurdo. Un obrero ministro de la Gobernación, un obrero gobernador de provincia, un obrero en fin, disponiendo de la autoridad con el nombre que se le quiera dar al cargo, hará siempre exactamente lo mismo que un aristócrata desempeñando las mismas funciones.[...]
"Que no piense el obrero en la conquista del poder; que no sueñe con una representación parlamentaria. Rechazad, si sois honrados y de buena fe, a los que eso os aconsejan. Porque os lo aconsejan por su conveniencia, porque es el encumbramiento propio lo que persiguen.[...]"
Vayamos ahora a buscar el testimonio de autoridad que anunciamos. Es Julián Marías. El artículo que vamos a citar, pone el dedo en la llaga; se titula "El eclipse de Azorín".
Empieza diciendo Marías: "Es frecuente que se despoje a una sociedad -a un país en una época determinada- de algunos de sus bienes principales, de sus mayores riquezas, aquellas en que propiamente consiste: su lengua, su historia, su arte, especialmente su arquitectura y sus ciudades, y, por supuesto, sus autores, aquellos que han dado expresión, a lo largo de los siglos, a la más profunda realidad de un pueblo.[...]
"Lo que aquí me interesa es el despojo "solapado" que no se lleva con tanques, metralletas, campos de concentración o prisiones, sino por procedimientos más suaves, sinuosos o disimulados.[...] Pero otras veces el despojo es planeado, "inflingido a los posibles lectores, a los que se "disuade" de llegar a serlo mediante un sistema de silencios, hostilidades, sarcasmos.[...] Inmediatamente después de la guerra, un manual de Literatura decía de Azorín "que había sido un anarquista y ahora puede decirse que es un comunista"[...]
"Donde la voluntad de despojo ha sido más eficaz ha sido en el caso de Azorín. Algunos estudios eruditos -hay cariños que matan- han contribuido a su pérdida de prestigio, sobre todo entre los casi jóvenes. Una combinación de ignorancias, envidias y rencores, puesta en juego con machacona insistencia -que sería inexplicable si Azorín fuese tan poca cosa, tan deleznable, tan lamentable-, ha consumado el despojo para las dos últimas generaciones de españoles (y temo que de todos los que hablan español). Han encontrado aliados en los editores que, por seguir la corriente, o por temor a perder dinero, han dejado agotar los libros de Azorín, de manera que muchos son inencontrables y, por supuesto, no existe nada parecido a unas obras completas de uno de los mayores escritores de nuestro siglo.[...]
"Los dos ensayos deliciosos que Azorín dedicó al Persiles [otro de los grandes despojos de nuestra literatura, novela la mejor de Cervantes, en opinión del propio Cervantes, novela que ningún español lee] son lo más penetrante que se ha escrito sobre la admirable novela cervantina, pero como no tienen notas al pie de página, y encima son deliciosos, los eruditos ni siquiera los citan, y no sé si los leen. Esa manera de escribir de Azorín, tan sencilla, que parece al alcance de cualquiera, no se perdona fácilmente por los que están convencidos de que ninguna página propia quedará.[...]
"Pero hay algo más: en las páginas de Azorín va España entera. En ningún otro autor de nuestra lengua hay encerrada tanta España y, en forma tan inmediata y accesible.[...] He hablado muchas veces de la "descapitalización" de realidad, que es la pobreza mayor de estos decenios en casi todo el mundo. Azorín fue el gran "capitalizador". Por eso es, para muchos, el enemigo. Todos los que quieren que España carezca de espesor, que no sea poseída por los españoles, que se reduzca a una imagen plana y sin brillo, hecha de tópicos, consignas y fórmulas abstractas, los que pretenden que España sea desdeñada, mirada con despego, tienen el mayor interés en que Azorín no sea leído, y no lo nombran a no ser para lanzarle algún sarcasmo impregnado de ignorancia.
"Azorín es la mayor posibilidad general para todos los españoles, cualquiera que sea su formación intelectual, de saber qué es España, de poseerla, amarla, mirarla con dolor, con ojos críticos, pero con apego y, lo que es más, con ilusión."
Nada me queda, pues, que añadir a mí por hoy.

martes, 15 de septiembre de 2009

AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS


No he leído un libro más bello ni más acertado con respecto al tema de que se ocupa que Al margen de los clásicos, de Azorín. Azorín es un escritor dificilísimo de entender, en cuanto escritor. Es dificilísimo, porque, sin conocerlo a fondo, uno piensa que lo ha entendido a la primera. Sus libros están escritos en un lenguaje meridianamente claro, con una corrección absoluta y, a mi juicio, insuperable. Azorín lleva al extremo, importándola de Francia y de Montaigne, la construcción sustantiva del pensamiento y de la frase, en oposición a la construcción verbal clásica del castellano. Si en lo mejor de nuestro Siglo de Oro se encadenan unas oraciones subordinadas con otras, Azorín implanta una arquitectura coordinada, limpia, transparente. Según sus propias recomendaciones, "poner una cosa detrás de otra y no mirar a los lados". Tanta belleza formal ha hecho que la mayoría de los manuales de literatura yerren al enjuiciar a Azorín. Ya se sabe: "Primores de lo vulgar", se ha dicho con desprecio. Y esto hace patente una de los primeros problemas con que ha de enfrentarse quien quiera acercarse a la literatura española: la ausencia de buenos manuales de literatura.
He rebuscado bastante, a lo largo de mi vida, entre los manuales de literatura. Y pronto descubrí que generalmente toman sus opiniones de otros manuales más antiguos que a su vez las han tomado de otros. Pero la triste realidad es que muchos no han leído las obras que comentan. Esto se puede comprobar viendo cómo las erratas evidentes y las confusiones claras se reproducen una y otra vez a lo largo de los siglos. La gente supone que Fernández Guerra conoce a fondo a Quevedo, pero tal vez Fernández Guerra pensó que nadie lo comprobaría. Para poner un ejemplo, cuando yo estudiaba el curso preuniversitario, el último de bachiller antes de ingresar en la universidad, ya conocía bastante la obra de Borges. No había hecho lo mismo el autor del libro de texto, Gonzalo Torrente Ballester, que en la página 414 del primer tomo dice de Borges: "De raíz intelectual es su poesía, como lo son sus novelas y cuentos. Su obra es tan varia como vasta." No quiero expresar con esto que Torrente no sea un escritor respetable, que creo que lo es; pero como Borges no escribió ni una sola novela, género del que descreía, ni puede considerarse a su obra con el adjetivo de varia, ya que se trata de la repetición de una serie brillante de variaciones sobre casi el mismo tema (la imagen de su cara, que explica, creo recordar, en El Hacedor), podemos concluir que, en el momento de escribir su manual, el autor, como es comprensible, no conocía directamente la literatura de Borges. No he anotado las docenas de contradicciones parecidas que he detectado a lo largo de mi vida, pero es lógico que se produzcan. No es lo mismo escribir un libro por vocación de hacerlo que para ganarse uno la vida.
Pero volvamos a Azorín. Detrás de toda la maravilla de la prosa de Azorín hay un hombre; conocer a ese hombre es lo que nos importa de su obra. Porque es un hombre de bondad e inteligencia extremas, que dice callando lo que piensa con objeto de que no armen revuelo sus opiniones. No hay otro caso más sutil de la aplicación de la frase: "el que pueda entender que entienda". Y acaso no sea desde la inteligencia sino desde la sensibilidad como pueda entenderse a Azorín. Sensibilidad e intuición que tiene que advertirnos, en algún momento de su lectura, cuando nos estamos acercando a él, que allí hay algo más de lo que parece haber. No sabremos de momento lo que es, pero solamente los que confíen lo suficiente en su propio olfato podrán descubrir al verdadero Azorín, tendrán el tesón de rebuscar hasta que encuentren la fuente más limpia de toda la literatura española. Eso es lo que es Azorín.
Quien conozca la obra de Azorín sabrá que para comprenderlo hay que destilar de lo que dice lo que calla en cada momento, siendo evidente que podría decirlo. Hay que observar lo que hace y lo que no hace, como, por ejemplo, no tomar posesión de su sillón en la Academia, concedido antes de la guerra civil española, en 1924, y en el que nunca se sentó ni leyó su discurso de ingreso (aunque sí lo publicó). Azorín explicó su falta de asistencia a ese organismo con una caritativa argumentación acerca de la incompatibilidad de horarios que le imponía su trabajo. Baste saber que esa no era la explicación verdadera y que quien la quiera descubrir la tendrá que buscar, porque Azorín nunca, como tantas otras cosas, la dijo.
Pero para leer Al Margen de los Clásicos no hace falta tanto. Al Margen de los Clásicos es un libro escrito con tanto amor y tanta devoción, ante el lector y ante los escritores, que es al mismo tiempo el mejor manual de literatura española que se haya escrito jamás. Quien quiera conocer de verdad esta literatura española, quien quiera saber cómo enfrentarse al Quijote y al Persiles, a Góngora y a Garcilaso, a Fray Luis de León y a Fray Luis de Granada, a Rosalía y a Bécquer, tiene en Al Margen de los Clásicos una ayuda inapreciable e insustituible. Y después de Al Margen de los Clásicos, Los valores literarios, Leyendo a los Poetas, Con Cervantes, Rivas y Larra, Lecturas Españolas, Clásicos y Modernos...
Termino. Y para el lector en quien haya conseguido encender una llamita de interés por la obra de Azorín, otra recomendación: el libro de Bejarano Galavís, el libro Un pueblecito: Riofrío de Ávila. Y para el lector que desee que la llamita, si es que la ha sentido nacer, se le convierta en incendio inagotable, otra recomendación: Tomás Rueda, el protagonista de la novela de Cervantes El licenciado Vidriera visto desde dentro. Y que se acuerde de mí cuando se encuentre, en Salamanca, con El muro blanco. Vale

miércoles, 9 de septiembre de 2009

LOS VALORES LITERARIOS. MIGUEL ESPINOSA

Por una sugerencia de nuestra amiga Jueves, voy a intentar escribir una pequeña serie hablando de algunos valores literarios que aprecio. Relaciones con la literatura puede haber muchas. La mía es un tanto particular. Siempre he usado la literatura para establecer un vínculo de amistad íntima con otros seres humanos, los autores de las obras que admiro. Poco me importa, por tanto, la cualidad o la importancia histórica de un texto. Lo que me interesa de un escrito es su capacidad de comunicarme con lo más íntimo del espíritu de otro, en una suerte de intercambio inmaterial que me permita establecer la amistad que busco.
He traído a colación en el título de esta entrada a Miguel Espinosa. Miguel Espinosa no es autor digerible para todos los estómagos y, por tanto, se aleja de los escritores a los que pretendo recomendar, que serán escritores llanos, sin recovecos y a los que, sin la menor duda, cualquier joven pueda amar. Mala cosa es empezar con una excepción y si lo hago es porque Miguel Espinosa aclara perfectamente esta necesidad de tratarse con gentes extrañas, alejadas en el espacio y el tiempo, que he confesado en el primer párrafo es el origen de mi pasión por la literatura.
En un libro un tanto particular, Asklepios, Miguel Espinosa se confunde con un espíritu griego nacido en nuestra edad. Como Miguel, ha de haber algunos otros griegos contemporáneos a nosotros, pero, a diferencia de Miguel, no creo que lo sepan a ciencia cierta. Ser un griego de la época clásica en nuestra España acarrea no pocas dificultades sobre todo afectivas; tal vez la obra de Miguel, asombrosamente lúcida y tal vez un poco amarga refleje las contrariedades de esta circunstancia.
Veamos cómo cuenta Miguel Espinosa el descubrimiento de su condición:
"Durante la infancia experimenté confusas intuiciones de mi origen, principalmente a través de sensaciones y por el habla de las cosas en reposo; también los sueños me mostraron entonces la luz de mi patria, como dije. Pero solamente al alcanzar la adolescencia pude saber mi condición con certeza. En efecto: conforme me diferenciaba del mundo, y me apartaba a la reconcentrada interioridad, me advertía distinto de quienes me rodeaban, y, sobre todo, configurado de otra sustancia, tanto en el sentir como en el enjuiciar y querer. ¿Qué podría hacer entre bárbaros un adolescente de esa condición? Indudablemente, nada de marchar al son del tambor, en fila guerrera, si horror para muchos, indecible tormento para un griego; nada de imitar la estúpida utopía espartana, inventada por Plutarco como mito antitético de Atenas; nada de militar en las logias y sus tortuosidades, que ahogan toda espontaneidad; nada de profesar a maestro alguno, transformándome séquito en espera de porvenir; nada de asentir y alabar al que dispone, ni secundar griteríos de aplausos y mansedumbre, ordenados y estructurados por el Poder Político; y nada, en fin, de colaborar, participar ni intervenir. [...]
"Entre los males del exilio, amén del exilio mismo, tuve que conocer y soportar la agresividad de las gentes, que no podían soportar la existencia de mi mundo aislado y tranquilo. Un resucitado nunca es bienvenido, y yo parecía ciertamente un resucitado. Algunos me llamaban inadaptado, por creerlo preciso; otros, soberbio, por considerarlo más de acuerdo con la ortodoxia de pasados siglos; y otros, extravagante y loco. Muchos me inculpaban de enemigo de la utopía; otros, de antagonista del Poder constituido; otros, de adversario de los eclesiásticos; y otros, finalmente, de nihilista y malvado. Todos parecían decir: "Quien no está conmigo, está contra mí". Y tenían razón; estaba en verdad contra ellos, aunque no sabían que me movía por naturaleza, y nunca por intereses y conveniencias de novicio o conjurado, como creían desde su fe. Yo les era impermeable, y ellos a mí, como animales de distintas especies. No había posibilidad de concierto."
Comprendo muy bien el sentir de Miguel Espinosa. Yo también crecí en una sociedad que sentía como extraña. Recuerdo, en el colegio, una repugnancia insuperable hacia el espectáculo de la crueldad gratuita y superflua, que a veces sucedía en mi tiempo. Me enorgullezco a solas de que jamás desprecié a nadie, tuviera vidrios espesos delante de sus ojos o tartamudeara al hablar, fuera alumno compañero o profesor. Los motes a los maestros, que revelan la inseguridad de quienes los usan, pretendiendo ridiculizar a quien, evidentemente, por su condición y su circunstancia, nos supera en ese momento en todo, nunca fueron de mi agrado, nunca los usé. La adulación, siempre alrededor nuestro en la vida, me pareció despreciable desde la infancia. Siempre tuve amor a quien se esforzaba por enseñarme algo.
Plebe hubo en tiempo de los clásicos y no ha desaparecido aún. Difícil compaginar a veces el amor natural hacia la humanidad con el desprecio a los comportamientos plebeyos que, aunque no queramos juzgar, nos apartan de nuestros semejantes y nos irritan. Baste decir que la literatura fue y puede ser aún un medio para tratarse con seres más nobles que los que, por azar, nos circundan. Sirve también, y me sirvió a mí, para comprender que uno no es tan bicho raro como puede parecernos en la tormentosa adolescencia, cuando nos sentimos descubrir nuestra desigualdad, aclarándonos nuestra condición y haciéndonos ver que, en definitiva, nuestra naturaleza es la común a todos, aunque por un momento en la vida no nos lo parezca.
Baste por hoy como preámbulo, con la intención de que sigamos hablando de valores literarios en la siguiente entrega.
PD. Hay una página sobre Miguel Espinosa donde puede escucharse su voz, en una entrevista de 1981, además de ofrecer algunos fragmentos de su obra: Miguel Espinosa