lunes, 14 de enero de 2008

MISCELÁNEA Y ALFONSO REYES

A propósito de traducciones, me he puesto a buscar el texto de Plutarco en la versión de Quevedo en el Marco Bruto. Siempre he pensado que el mejor castellano que he leído está escrito como resultado de traducir latín y tengo un recuerdo brillante de esas palabras del Marco Bruto. Mira que Quevedo tiene una prosa deslumbradora; pues cuando traduce latín, para mí, se contagia de no sé qué rigor y claridad de espada vibrante, separando el mundo en dos lados. Pero, mientras lo buscaba, se me ha ido la mano a Alfonso Reyes, del que tengo el tomo X de sus obras en el FCE, un ejemplar precioso encuadernado en tela tela color de tela con tipos Bodoni. Cuando me lo compré estaba estudiando todavía y la obra completa era demasiado cara, no digo que la hubiera comprado toda, porque por Alfonso Reyes no he sentido esa devoción apasionada, como por Azorín o KQX (JRJ). Sin embargo, Alfonso Reyes tiene una serenidad tranquila y una sencillez muy difícil de conseguir, hay que ser un maestro para hacerlo. Y, aunque no sé nada apenas de su vida, ya se le ve una bondad extraordinaria, esa que siempre da envidia y qué consiste en no condescender al chascarrillo, no hablar más que de lo admirable, ser constante en no bajar hasta la crítica maliciosa, respetar lo ajeno; qué difícil, mantener esa postura toda la vida, cuando tantas ocasiones hay de hacer brillar el ingenio (quien lo tiene, claro, pero es que Alfonso Reyes lo tenía).
Desde el Marco Bruto he pasado a las cartas en la prisión al Conde-Duque y he recordado esa fatalidad que persigue a Quevedo y que descansa en el brillo de su obra de adolescente. Pero casi nunca se hace alusión al resto, que es tan hermoso. Siempre he admirado en Quevedo que no publicara su poesía en vida y que esos poemas tan brutalmente buenos fueran "papeles que se encontraron a su muerte". Y qué diferente se lee la poesía de Quevedo ahora, siempre ordenada por criterios eruditos y no repartida al tuntún por las nueve musas como siempre estuvo. Yo tengo la edición de Rivadeneyra, con encuadernación holandesa, porque ya la compré cuando trabajaba, pero además es la que conocí primero; estaba al alcance de la mano en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional. Me imagino que eso ya no será así y que habrá que desinfectarse para tocar algún papel del siglo XIX.
"Señor: Un año y diez meses ha que se ejecutó mi prisión, a 7 de diciembre, víspera de la Concepción de Nuestra Señora, a las diez y media de la noche. Fui traído con el rigor del invierno sin capa que poner y sin una camisa que mudar, de sesenta y un años, a este convento real de San Marcos de León, donde he estado todo este tiempo en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera se me han cancerado, y por falta de cirujano, no sin piedad, me las han visto cauterizar con mis manos [...]"
Y en la otra carta: "No es del tiempo de vuestra excelencia que la hambre y desnudez justicien. Más gozara de los alimentos de la caridad en el calabozo de una cárcel pública que aquí. Dos años y dos meses ha que todos me ven padecer, solo, lo que aún no pueden mirar. [...]Pido mudanza de lugar; ésta dice el Evangelio que Cristo se la concedió a gran número de demonios que se la pidieron [...]"
Para terminar, con Alfonso Reyes:
EL LLANTO
"AL DECLINAR la tarde, se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.
No sabemos de dónde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.
-¡La noria que chirría!- dicen los más agudos-,
Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Qué cosa singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando mudos,
porque la vocecita no deja de llorar.
Ya es franca desazón lo que antes era risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.
Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos sin embozo,
porque la vocecita no deja de llorar.
19-10-58

sábado, 12 de enero de 2008

MÁS DE CÉSAR VALLEJO

Hemos pasado unos días de emociones intensas y tal vez a alguien de entre los amables comentaristas que han hablado de esas emociones le guste recordar algún poema más de Vallejo. Borges dijo que en su juventud le gustaban los atardeceres, los arrabales y la desdicha, mientras que en su madurez prefería las mañanas, el centro y la serenidad. Pero siempre se puede hacer una excepción.

De Poemas Humanos:
"Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar luego el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar en la academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?"


miércoles, 9 de enero de 2008

POR QUÉ NO ADMIRO LA INTELIGENCIA Y SÍ ADMIRO LA BONDAD

En mi pubertad admiraba la inteligencia. En aquellos años nos hacían test de inteligencia en los colegios; hasta en algunas asociaciones juveniles nos hacían test de inteligencia. Enseguida leíamos a José Luis Pinillos y nos enterábamos qué significaba el percentil que nos habían asignado, que se nos antojaba muy importante. Esos libros decían que un coeficiente de inteligencia de 100 era normal. Que un coeficiente de inteligencia de 140 era superior. Que un coeficiente de inteligencia de 80 era un poco inferior. Nos preocupaba nuestra capacidad de razonamiento abstracto, nuestra visión espacial, y consiguieron hacernos creer que todo ello afectaría a nuestro desarrollo profesional y, singularmente, a nuestra vida.
Leímos que Napoleón tenía un coeficiente de inteligencia de 190 y a mí empezó a extrañarme que la mezcla de los sucesos del 18 brumario con la autocoronación como emperador, con cientos de miles de muertos sacrificados en pos de una bella idea produjera un resultado espectacularmente brillante, según los parámetros de medida estándar. Así que empecé a sospechar. Después vi que una especie supuestamente normal se había dedicado a lo largo de los siglos a destruir, torturar, conquistar. Que los dirigentes de la tal especie construían sus dominios generalmente sobre cadáveres, desgracia, horror. Así que decidí desconfiar de tales parámetros de normalidad y sustituí la idea de que un coeficiente de inteligencia de 100 significa normal por la consideración de que un coeficiente de inteligencia de 100 significa más bien habitual.
Desde entonces creo que un coeficiente de inteligencia de 2500 o 3000 tal vez sería el parámetro de normal en la especie humana. Y visto, por nuestro comportamiento a lo largo de la historia, que nos debatimos entre una subnormalidad más o menos profunda, creo que el hecho de que seamos unas décimas más o menos subnormales no es relevante para nuestras vidas, en contra de lo que suelen enseñarnos. No solamente a lo largo de la historia; basta contemplar cualquier suceso de la actualidad para que podamos poner en tela de juicio nuestra cordura. La apreciación es evidente en los grandes sucesos; guerras sin más fundamento que la codicia, países enteros donde la falta de alimentos es la norma, sociedades opulentas que se devoran a sí mismas. Pero en las pequeñas anécdotas de cada día podemos verlo también: Como no seguimos el consejo de Quevedo de pagar a los médicos porque estamos sanos, seguimos creyendo que nos curarán el tabardillo que les da de comer.
Pero si no podemos llegar a ser inteligentes, ¿por qué no aspirar a la bondad? La inteligencia no está a nuestro alcance, pero la bondad sí, y el mundo está lleno de ejemplos. La bondad es lo único que puede salvarnos de la desgracia de nuestra mediocre inteligencia. Mediante la bondad, podemos acceder a una guía segura que nos impele a comportarnos como si fuéramos inteligentes. Ya que si tuviéramos ese coeficiente de 3000 seríamos, sin duda, buenos -porque querríamos ser felices-, ser buenos es la única oportunidad que tenemos de vivir como si no fuéramos tan tontos.
Por eso, poco después de aquella pubertad, dejé de admirar la inteligencia y decidí admirar la bondad que, según creo, es lo único medianamente inteligente que puede hacerse.