martes, 12 de febrero de 2008

ARTE ABSTRACTO: UN RESUMEN PARA EVITARLE A JUEVES LA LECTURA DE 9500 PÁGINAS Y QUE PUEDA VOLVER PRONTO AL MUSEO DE CUENCA



Bueno, la intención es esa, veremos qué sale. Las 9500 páginas hay que leerlas, multiplicadas por diez, claro, pero bueno, un empujoncito de un amigo nunca viene mal. Por supuesto, la conversación está dedicada y abierta a todos, aunque las palabras de jueves y el deseo de ayudarle hayan sido el estímulo. Empezamos.
Pensemos en Velázquez. Pensemos en el retrato de Felipe IV y en el retrato de Calabacillas. Cualquiera de los dos retratos nos puede interesar; cualquiera de los dos retratos nos interesa. Dependerá de nuestra situación el que en un momento determinado nos decantemos por uno o por el otro. Aunque la distancia entre los retratados es enorme, los dos cuadros pueden tener para nosotros el mismo valor. Esto es así porque lo que nos interesa no es el retratado sino el que lo retrata. Lo que nos interesa no es Felipe IV ni Calabacillas; lo que nos interesa es Velázquez.
Cojamos ahora al mismo Felipe IV, por Velázquez y por Rubens. Aquí veremos que hay una diferencia abismal entre lo que sentimos por uno u otro cuadro; aunque el retratado es el mismo y en ambos casos está excelentemente retratado, eso no quiere decir nada. La diferencia entre los dos retratos no es la que hay de un Felipe IV a otro. Es la diferencia que va de Rubens a Velázquez. Otra vez advertimos lo mismo: lo que nos interesa de la pintura no es lo pintado, sino el que lo pinta; si no fuera así, la imagen del oro valdría más que la del barro.
Todo esto que llevamos dicho es muy elemental, sí, pero nos sirve para confirmar que la pintura es el vehículo para una relación entre dos seres humanos, el pintor y el espectador.
¿Podremos afirmar que todo el arte es eso? Tal vez, pero cada medio de expresión impone sus condiciones a la comunicación: hace posible unos comunicados, es transparente a ellos y hace imposible otros, es opaco a ellos. Para no liarnos, de momento, con otros medios expresivos, vamos a ver para qué es transparente la pintura y para qué es opaca.
Pues la pintura es transparente para las emociones y es opaca para los contenidos. Intenta expresar, pintando, lo siguiente:
[(3x4)+(2x5)]/5
No se puede, la pintura es opaca para las matemáticas, que son contenido puro.
Ahora, intentemos expresar con dígitos la emoción que sentimos tras un abrazo. No podemos, es imposible, lo que hacemos con un abrazo es relación pura, con contenido cero; los dígitos (el lenguaje se forma con dígitos) son opacos a las emociones.
[Nota marginal: El sentido en el que estoy usando contenido y relación es el que se define en la parte de la semiótica desarrollada por los discípulos de Barthes Bateson que se llama pragmática. Esta semiótica americana en nada se parece a la semiología europea de Saussure y seguidores, que, al contrario de la semiótica americana, se ha estudiado con mucho afán en España, aunque, al parecer, sin grandes resultados.]
Si bien los dígitos son apropiados para expresar relaciones sintácticas complejas, como hemos visto en la expresión anterior, son muy pobres en significado; en cambio, las analogías son muy ricas en significado y muy pobres en capacidad de sintaxis. Por eso para expresar nuestras emociones pintamos y para hacer un discurso político o filosófico escribimos. Dejemos de lado que hay muchas formas mixtas, y por esas formas mixtas la poesía no puede prescindir tan fácilmente de la música de la rima, la métrica y los acentos, jueves, pero ciñámonos de nuevo a la pintura.
El pintor hace analogías con nuestras emociones. Nosotros expresamos nuestras emociones con signos que nos hablan de las
relaciones entre seres humanos: abrazos, apretones, miradas, roces, brillos en los ojos, actitudes, tonos de voz, entonaciones, relaciones basadas principalmente en el sentido del tacto. El pintor hace con la luz y los colores transiciones análogas a los modos corrientes que tenemos de expresar esas emociones humanas. Lo que se siente al cogerse de la mano, solamente se puede transmitir mediante analogías, expresiones análogas a eso que nuestro sentido del tacto ha podido percibir al cogernos de la mano. Las transiciones que nuestras manos hacen y sienten respecto a la presión, las brusquedades más o menos suaves de nuestras transiciones, pueden expresarse con analogías mediante un lienzo, transiciones entre colores y formas, presiones y suavidades de la luz. En definitiva, situaciones que no podemos vivir porque no tenemos con quién vivirlas, podemos congelarlas en un congelador que es el arte, esperando que esa persona que nos entenderá y que nos falta, descongele nuestro mensaje, nuestra obra, algún día, y ese mensaje pueda ser vivido; entonces nuestra emoción no será inútil. Entonces, aunque hayamos vivido en un desierto, nuestra vida no habrá sido en vano.
Por eso toda la pintura es un Helado de Fuego. Quiero decir toda la buena pintura; la demás no es nada.
También se puede decir que toda la pintura es, y siempre ha sido, abstracta. Como en nuestras relaciones reales, lo definitivo son las transiciones, los ritmos, la composición, el manejo de la escala cromática, la modulación de las capacidades expresivas; todo esto en un entorno cerrado y limitado, en la vida o en el lienzo. Lo figurativo siempre es, o una excusa para desplegar nuestros encantos sin que se den cuenta, o un medio expresivo más que, como tal medio expresivo, es en sí abstracto. Yo creo que los primeros pintores abstractos comprendieron que sin la figura la pintura va directamente al grano de la conversación, sin distracciones. Pero habla de lo mismo que siempre ha hablado y, si alguien no comprende la pintura abstracta, tampoco es posible que comprenda la figurativa. Interpretará la pintura igual que interpreta las figuritas de porcelana o los cacharritos que algunas personas colocan en estanterías. Esas personas nos dirán, claro, que sobre gustos no hay nada escrito, pero nosotros no tendremos más remedio que contestarles que sobre gustos hay muchísimo escrito, lo que ocurre es que ellos no lo han leído.
Vete al Museo de Cuenca; encima del guarda de la entrada verás el "corazón latidor". Tomas las dos hojas de hierro y las juntas con tus pulgares; las sueltas para que se acerquen y se separen como un péndulo; entonces el corazón de hierro empezará a latir y tú te darás cuenta de lo que Sempere te dejó dicho allí, a ti, y que allí está esperándote. Y cuando veas cualquiera de los otros cuadros, no lo mires como una cosa decorativa que puede ser bonita o fea. Allí hay también corazones humanos, como en el corazón latidor. Tú verás algunos; otros se te escaparán; será defecto del pintor o defecto de tu vista o de tu formación, pero en cada cuadro que valga la pena hay una emoción humana muy honda y muy fuerte esperando. Un cuadro tiene que servir para vivir, de hecho es una máquina de transmitir emoción. Y si no es eso, no es nada, no vale nada, es abominable.
Por eso nunca tendremos dinero, las personas normales, para pagar buenos cuadros, salvo excepciones de pintores de mucho talento que empiezan. Porque un buen cuadro es una cosa tan útil, tan refinada, tan valiosa, que siempre hay alguien asesorando a un rico que se lo dice. Pero bueno, dejemos el tema de comprar cuadros para otro día. Compremos aguafuertes, serigrafías.
Bueno, yo creo que como primera parte ya basta, tú me dirás, jueves, si te puede servir de algo, si seguimos, si quieres que desarrollemos más alguna de las partes... lo de la semiótica está brutal, pero tendría que releerlo; hace muchísimos años que no lo leo y a lo mejor lo que te acabo de decir no tiene ya nada que ver con lo que leí...tú me dirás.
Nota sobre la Ilustración: Desde siempre, cuando voy al Prado, hay un cuadro que nunca dejo de ver. Por un tiempo breve, ese cuadro fue el Retrato de Federico Gonzaga, Duque de Mantua; más tarde, ese cuadro fue el Retrato de Lucrecia Baccio del Fede; desde hace más de veinticinco años, ese cuadro es Noli me Tangere. Misterios ¿...? de la pintura.

domingo, 10 de febrero de 2008

FERRÁN, BÉCQUER, BERGAMÍN. PRIMERA PARTE: AUGUSTO FERRÁN

Yo no sé lo que yo tengo
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.

No puede decirse, por muy excéntrico que uno pretenda ser, que Ferrán es un poeta de los de primerísima línea. Pero tampoco merece el olvido en el que siempre se le tiene. En Augusto Ferrán comienza una de las formas de hacer poesía más interesantes de la literatura española. Solamente por su influencia en Bécquer, Ferrán debería ser un poeta más y mejor considerado. Y es que sin él, tal vez Bécquer no existiría y de Bécquer sí que no podemos prescindir; y sin Bécquer y sin Ferrán, tampoco existiría Bergamín, y ese es otro de los que tampoco podemos prescindir, porque ambos, Bergamín y Bécquer son dos poetas inolvidables, que quedarán con el paso de los siglos.

Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!

Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!

Estamos en 1860; ¿podemos reprochar a Ferrán el no ser Bécquer, el no ser Rosalía? Yo creo que no, y que sus versos no merecen tanto el olvido como el agradecimiento y la ternura

La flor que me diste en tiempo
de amorosa intimidad,
la arrojo al mar, y se pierde
entre las olas del mar.

Y este rizo que tu mano
cortó con amante afán,
lo arrojo al fuego, y el fuego
cenizas lo vuelve ya.

Y tus continuas promesas
de eterna felicidad,
las doy al viento que pasa
y se las lleva fugaz.

Pero el recuerdo angustioso,
¡ay!, de tu engaño, por más
que se lo entrego a la tierra,
ella otra vez me lo da...

Viento y fuego y mar se duelen
compasivos de mi mal,
y solamente la tierra
de mí no tiene piedad.

¿Se puede comprender a Bécquer sin conocer a Ferrán? Se puede comprender a Bécquer por él mismo, porque no necesita nada, aparte sus palabras, para ser comprendido. De acuerdo; ¿pero se admirará menos a Bécquer por conocer a Ferrán? ¿Perderá algo nuestro Bécquer por tener un compañero como Ferrán, que no es perfecto, que no es elevado, que es humano? ¿No podremos acercarnos a Bécquer, a nuestro Bécquer, con más familiaridad, con más afecto, con más comprensión, si conocemos a Ferrán?

Pasé por un bosque y dije:
"aquí está la soledad...",
y el eco me respondió
con voz muy ronca: "aquí está"

Y me respondió "aquí está"
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.

jueves, 7 de febrero de 2008

FERNANDO ZÓBEL

 
Mirando las que parecen acuarelas-aguadas de Odette Farrell he recordado a Fernando Zóbel, que siempre me ha parecido un paradigma de inteligencia a la hora de racionalizar una carrera como pintor. Empecé a conocer su pintura en el museo de Arte Abstracto de Cuenca cuando un compañero de Colegio Mayor, José María Cerezo Arillo, me habló, con admiración, de él. Allí pude ver cómo, después de una inicial y relativamente larga etapa, Zóbel elige volver a partir de cero, como Juan Ramón Jiménez. Y partir de cero significaba comenzar por el empleo de los más reducidos medios expresivos, a saber: el blanco y el negro.
 Con blanco y negro se puede hacer pintura, no solamente dibujo, como podría parecer. Y en las manos y en la inteligencia de Fernando Zóbel es asombroso cuánta y cuán expresiva pintura se puede hacer. El Ornitóptero del Museo nunca deja de provocar nuestra ternura cuando lo miramos apenas levantarse del suelo para caer y no obstante seguir aleteando inútilmente viendo y no creyendo su imposibilidad de volar.
 
  
Incrementar los medios de expresión solamente cuando la paleta anterior está agotada para nuestra capacidad, podría ser una opción si nos supiéramos eternos. Como Fernando Zóbel se sabía, en cambio, contingente, distribuyó en una supuesta escala vital el despliegue de dichos medios, reservándose la paleta más extendida para los últimos años de su carrera.
Visité, mientras estudiaba, todas las exposiciones que Zóbel hizo en Madrid. Recuerdo la de La Vista, en Rayuela o en la Juana Mordó, sí, seguro, Juana Mordó; eran unas exposiciones arrolladoras, donde se veía pintar a un sabio, donde la palabra clave era siempre la misma: economía. Siempre: "En pintura, lo que sobra, estorba".
Pude ver también la exposición de sus acuarelas, con la tinta parker haciendo diabluras con el agua y los colores Schmincke y el papel Arches grain fin (nunca Fabriano -lo digo por hacer rabiar-) o el otro papel que hacían a mano en Cuenca y del que conservo unos pliegos todavía, escondidos en una carpeta grande, de tapas duras, con los restos de los dibujos que un día quemé.
 
  
Conocí a Zóbel en su última exposición; estaba junto a los cuadros permanentemente, se veía que quería conocernos a todos, porque se dirigía a nosotros, no le importaba hablarnos, tocarnos. No recuerdo en qué galería, pero sí que nos quedamos solos y que hablamos unas palabras. Me preguntó que si yo era pintor, porque me vio mirando sus cuadros a cinco centímetros de distancia, como siempre he hecho con todos los cuadros; lo que me interesa, es a esa distancia a la que se ve; como me retrató Maria Victoria Gutiérrez Guitián, que fue profesora y amiga mía, de Estética y Composición, la única persona en el mundo que me ha descubierto al primer vistazo: "a ti lo que te gusta es la pornografía espiritual", me dijo. Es verdad; no lo puedo evitar, lo que me gusta es verle las vergüenzas al alma. Pero bueno, lo que quería decir era que ya Zóbel y yo sabíamos que se estaba muriendo en aquélla exposición, cuando nos hablamos, con cierto afecto, yo, aquejado de juventud, expresé bastante menos del que de verdad sentía. Me ha extrañado ver ahora en la Wikipedia: "murió inesperadamente, ataque al corazón..." el caso es que yo siempre he supuesto que fue cáncer. Primero por la respuesta que le leí al entregar su colección a la Fundación Juan March: "No se puede dirigir un museo desde la tumba". Segundo, porque en la última exposición de Zóbel estaban los colores de la muerte, los que todavía no tocaban. Me explicaré: como he dicho antes, Zóbel iba graduando su paleta y abriéndola pausada y paulatinamente 
 
 
Y en aquella exposición aparecieron de pronto todos los colores saltándose su turno. Era evidente que Fernando había querido usarlos al menos una vez:

Así que en este caso es, a mi juicio, despedida de vivir (gallarda despedida) lo que parece simplemente (y sería en otro) alegría de vivir. Misterios ¿...? de la pintura.