
En recuerdo de la entrada de Maykel, adelantaré unos versos de Kavafis. Pensaba escribir en el título: Kavafis, o el poeta; pero esa idea me ha llevado a buscar el libro de Emerson "Hombres Representativos", que hace veintiocho años que no leo y que es una lectura ideal para los veintiocho años de la edad. Claro, Emerson escribe "Shakespeare o el poeta", así que ya no puedo otorgarle ese atributo a Kavafis. Mejor así, porque Kavafis sería un maravilloso poeta secreto, incluso ganaría más aún como poeta prohibido; ojalá no fuera posible leerlo mas que tras un largo viaje, rico de experiencia, en una trastienda de una librería, con el agitado palpitar de un corazón, el nuestro, que casi lo leyera de corrido, en un momento, con miedo a ser descubiertos. Y luego recordar toda la vida esos versos entrevistos, lamentando no haber podido leerlos más despacio, no haber tenido dinero suficiente para comprarlos, no haber tenido memoria bastante para aprenderlos.
Como hoy va de Jónicas, leamos
JÓNICO
Aunque hayan derribado sus estatuas
y estén proscritos de sus templos,
los dioses viven siempre,
oh tierra de Jonia, y es a ti a quien aman,
a ti a quien añoran todavía.
Cuando sobre ti surgen las mañanas de agosto
el temblor de sus pies atraviesa la atmósfera;
y a veces la imagen de un efebo,
inasible como una sombra alada,
sobre las colinas te toma.
Y sigamos leyendo
UNO DE SUS DIOSES
Cuando uno de ellos atravesó el ágora
de Seleucia, al caer de la tarde,
en el cuerpo de un hombre joven, alto y hermoso,
con la alegría de la inmortalidad en sus pupilas,
perfumada la negra cabellera,
los que al pasar lo contemplaban
preguntábanse uno a otro si acaso alguno lo conocía,
si era tal vez griego de Siria o un extranjero. Pero otros
que más atentos lo miraban
comprendían y se apartaban;
y mientras él bajo los pórticos desaparecía,
entre las sombras y la luz del crepúsculo,
hacia los barrios que despiertan en la noche
sólo para la orgía y la embriaguez
y la lujuria y todo género de vicios,
admirados se preguntaban cuál de todos era éste,
y por qué equívoca sensualidad
hasta las calles de Seleucia descendía
desde la alta majestad de sus moradas.

